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lanacion.com.ar · hace 17 horas · Basilio A. Kotsias

No pagar por el pito...

LA NACION

Las frases populares suelen sobrevivir durante siglos, atravesando generaciones, muchas veces sin que nadie se pregunte de dónde provienen. Las repetimos con naturalidad, convencidos de que siempre estuvieron allí, aunque su verdadero origen se haya perdido en el tiempo. Una de ellas es “no pagar por el pito más de lo que el pito vale”, expresión que advierte contra el exceso, el desmesurado afán o la falta de sensatez al valorar las cosas.

Hasta hace muy poco no había encontrado un registro que remitiera con claridad a una idea semejante, pero ahora lo descubrí, casi por azar, en la autobiografía de Benjamin Franklin (EE.UU., 1706-1790), uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, científico, hombre público, impresor, diplomático y escritor.

Casi al final de la obra aparece una carta de noviembre de 1779 dirigida a una dama, madame Brillon su nombre. En ella recuerda un episodio de su infancia cuando un día recibió unas monedas de cobre (coppers) y, fascinado por el sonido de un silbato, decidió comprar uno, entregando todo el dinero que llevaba. Ya con su instrumento recorrió su casa una y otra vez haciéndolo sonar con entusiasmo, hasta que su familia le hizo notar, entre bromas y reproches, que había pagado varias veces más de lo que el silbato realmente valía.

A lo largo de la carta enumera numerosos ejemplos de personas que terminan pagando un precio desmesurado –material o emocional– por aquello que desean alcanzar

Aquella sencilla experiencia dejó una huella profunda en su memoria. Décadas después, mientras residía en la localidad francesa de Passy, evocó en esa carta mencionada la anécdota para extraer de ella una enseñanza mucho más amplia. A lo largo de la carta enumera numerosos ejemplos de personas que terminan pagando un precio desmesurado –material o emocional– por aquello que desean alcanzar.

Franklin, más conocido por muchos por ser el inventor del pararrayos y demostrar que los rayos eran descargas eléctricas, resume esa reflexión de esta manera: “En pocas palabras, creo que gran parte de las desgracias de la humanidad son consecuencia de las falsas estimaciones que las personas hacen del valor de las cosas y de pagar demasiado por sus silbatos”.

La distancia entre esa frase y nuestro conocido refrán parece muy corta. Sin embargo, más allá de cualquier discusión sobre el origen de la expresión, lo verdaderamente valioso es la generalización que propone Franklin. El “silbato” deja de ser un simple juguete para convertirse en el símbolo de todas aquellas cosas por las que terminamos pagando mucho más de lo que realmente valen.

Dinero, poder, prestigio, ambición, reconocimiento o incluso afectos: con demasiada frecuencia invertimos en ellos tiempo, esfuerzo, tranquilidad y hasta la felicidad, sin advertir que el precio supera ampliamente el valor de aquello que perseguimos. Quizá por eso, más de dos siglos después, la vieja lección de Franklin conserva intacta su vigencia: buena parte de nuestras frustraciones comienza cuando pagamos por el pito mucho más de lo que el pito vale.

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