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infobae.com · hace 3 horas · Luis Almagro

La dulce debilidad de la paz

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Los sistemas políticos constituyen dinámicas de funcionamiento del poder, en ese marco se desarrollan procesos en los cuales actúan los diferentes actores políticos y existe una causalidad de sus acciones; entonces, se puede aprovechar la interacción sistémica de estos elementos que tienen que enfrentar al presente los desafíos de un mundo inalámbrico, en que el ejercicio del liderazgo y de la participación política cambian en forma sostenida. El poder, el proceso y la causalidad política determinan las diferentes capacidades de adaptación cultural humana en el contexto de la transformación de la realidad procedimental del poder. La realidad del liderazgo político, en constante puja, crea situaciones procedimentales cambiantes, que a su vez moldean la realidad humana, y se retroalimentan sucesivamente. La diversidad social y económica se transmite constantemente dentro del sistema determinando niveles de inteligencia colectiva y a partir de ello de desarrollo (o subdesarrollo económico). Cuando el sistema está en paz, con pleno ejercicio de libertades y de Derechos Humanos, es natural que funcione mejor, pero esa paz sistémica pocas veces está basada en condiciones sustentables y la propia adaptación/ajuste del sistema (sea interno o externo) produce disfuncionalidades y conflictos. La dulce debilidad de la paz es algo a preservar. Por ello es necesario sostenerla en sus vulnerabilidades y fortalecer su estructura así como cada uno de sus procesos de funcionamiento y de responsabilidades.

Curiosamente, sin embargo, la disrupción procedimental se propaga a través del vacío político en un sistema autoritario, en ese caso no se requiere de sistema de transmisión política para desplegar la energía necesaria, sino que la misma es impuesta por la lógica jerárquica del sistema, que determina cuales son los principios y valores del sistema, así como la intensidad que puede tener la acción política. El vacío político está determinado por la ausencia de Derechos. El dinero implica poder, es herramienta de poder y expresa ejercicio del poder. El dinero saca y asigna Derechos en una sociedad, coloca a unos en una posición y a otros en otra. El poder y el dinero dan al ser humano la posibilidad de hacer el mal con menos limitaciones.

El ejercicio del poder de forma pura en un sistema autoritario no implica sumar voluntades sino controlarlas. La forma más disfuncional de ejercicio del poder de forma autoritaria en cuanto a la gestión de los Derechos Humanos es esencialmente cuando un régimen dictatorial en sus prácticas represivas comete crímenes de lesa humanidad, cuando la tortura, las detenciones arbitrarias y las ejecuciones extrajudiciales son esenciales al ejercicio del poder. Ello implica crear un vacío político en el sistema, ya que un sistema sin Derechos Humanos está vaciado completamente de contenido y de acción política, pues los mismos constituyen la sustancia de la gestión eficiente, llevar a la gente Derechos económicos, sociales, políticos y culturales, hacer realidad el Derecho a la vivienda, a la salud, a la alimentación y a la seguridad. El sistema de Derechos da poder aun al más vulnerable.

Cuando el poder está en disputa, por el contrario, se acelera la carga de la energía política dentro de un sistema, la confrontación política por el poder define cambios en la realidad humana por la propia confrontación de ideas de cómo asegurar el mejor goce y disfrute de los Derechos Humanos por la gente y por las opciones a las que eventualmente accede la gente para lograrlo. Una forma inteligente de acelerar la eficiencia política es alternar regularmente el poder, el sube y baja en la política crea condiciones de interacción y de intensidad. La alternancia significa alternativas y significa que no existen verdades ideológicas absolutas, por otra parte, esto permite la búsqueda de constantes institucionales, como ser un estable y sostenido funcionamiento de la justicia. Si la justicia no se afirma en instituciones estables/fuertes y fluctúa constantemente en relación con los cambios de poder, pierde su capacidad debido a la debilidad inherente que se genera a cada cambio de poder. La justicia por sí misma puede crear una dinámica de poder relacionada con el deber de brindar justicia dentro del sistema, siempre y cuando sea independiente y no sea corrupta o influenciable por amenazas. Así, los cambios políticos crean nuevas capacidades dentro del proceso de poder y eliminan las antiguas, estos procesos mismos demandan especial energía política. Por ejemplo, también interactúa energía del poder mismo para materializar la causalidad de los procesos y las acciones políticas, económicas y sociales.

En consecuencia, cuando el poder se basa en instituciones fundamentales y sostenibles, como puede ser la justicia misma, las fluctuaciones de poder en todo el sistema son controladas y logran un balance en el control cruzado. Dado que el poder es como una energía política sistémica, si estas fluctuaciones son condicionadas por posiciones jerárquicas específicas, las mismas crean nuevas relaciones causales dentro del proceso político, o incluso un fenómeno político que podríamos denominar “anti-causalidad” que ocurre cuando el resultado es impuesto al sistema y esto es algo que puede ocurrir incluso cuando los procesos no están regulados. De manera similar, cuando la justicia centra su atención en acumular poder dentro del sistema ello se percibe en el impacto de la incertidumbre social que genera, que a su vez crea relaciones causales dentro del proceso de poder. La búsqueda de certezas es crucial para el desarrollo de la justicia como valor dentro del sistema.

Esto se aplica imperfectamente si prevalecen compromisos y corrupción, y el mismo fenómeno de imperfección ocurre dentro de un proceso que se intensifica cuando los problemas políticos escalan hasta generar energía social y económica negativa. La respuesta sistémica a esto conduce a la regeneración de diversas relaciones causales dentro de la ética de la justicia, lo que a su vez puede conducir a respuestas idealistas. Por supuesto, para que esto sea posible, debe existir la presencia del idealismo en el sistema, si el sistema se halla completamente lumpenizado esta clase de respuestas no son posibles. Cuando los principios y valores están ausentes del sistema, o se han neutralizado, los problemas persisten como parte estructural del mismo.

La diferencia entre estas condiciones de funcionalidad o disfuncionalidad de principios fundamentales radica en los distintos tipos de relaciones causales dentro del proceso de tensión política del sistema. Para comprender estas diferencias, necesitamos entender algunas características claves de la causalidad en el proceso político y asumir que la estructura de poder impone restricciones tanto a la naturaleza humana como a la realidad del sistema. Es posible presentar simultáneamente las fallas inherentes a las restricciones de la realidad humana (esencialmente la conculcación de sus Derechos Humanos) y la estructura disfuncional y sin reglas que den garantías al funcionamiento. La dulce debilidad de la paz que el poder autoritario transforma en represión sistémica.

Claro que en un sistema democrático existen estructuras con restricciones muy bajas y otras con restricciones mucho mayores. Cabe destacar que, cuando se produce un fallo en una institución determinada, la responsabilidad recae en el liderazgo, la responsabilidad es del ser humano pero la visible falla humana puede simplemente esconder problemas de tejido e interacción colectiva. Hay instituciones que en determinado momento dejan de funcionar inteligentemente, que pierden capacidades y en las cuales la interacción procesal entre los recursos humanos, materiales, tecnológicos de la institución es inoperante y defectuoso. La propia institucionalidad funcional hoy está haciendo en algunos casos procesos de adaptación a liderazgos más emocionales en algunos casos y en otros está saliendo de la tiranía de los expertos como fuera definida por William Easterly a la tiranía de la inteligencia artificial cada vez más asumiendo ese papel asesor y semi-decisor. Las dinámicas de poder ejercidas externamente se apoyan cuando la estructura institucional es funcional en dinámicas de poder interno o compite cuando no es precisamente tan funcional.

Por otro lado, las restricciones asociadas a los Derechos Humanos constituyen la “fuerza mayor” o la realidad inherente al proceso de gestión de la humanidad por el poder. Otro elemento estructural importante se encuentra en las “etapas” que son parte del proceso, si esas etapas se rompen es fácil comprender que ello corresponde a las restricciones que se imponen a las personas dentro del sistema. Se deben comparar, pues, las responsabilidades asociadas a estos desarrollos jerárquicos que a medida que estos movimientos se desplazan ideológicamente observamos que el marco comienza a desestabilizarse y se mueve hacia la defensa de intereses político-partidarios o esquemas de poder de auto-satisfacción. En consecuencia, la justicia puede amparar los derechos humanos, pero los mismos deben ser parte integrada del sistema político en su expresión de principio; pero si estos derechos están inmersos en ciclos de incertidumbre social y cultural, y no se corresponden entre sí y no se retroalimentan con el sistema su vigencia estará especialmente limitada. Los patrones culturales de incertidumbre son los problemas más difíciles de resolver porque son parte inherente del sistema y de las personas que se sienten amenazadas; cuando se produce la incertidumbre o incluso se sugiere un cambio en las garantías del sistema estos patrones impiden la evolución del sistema hacia el desarrollo, dado que el mismo como hemos señalado antes depende de la más plena vigencia o evolución hacia la más plena vigencia de los Derechos Humanos. Pero lamentablemente estas restricciones son producidas en virtud de la generación de oportunidades para el ejercicio autoritario del poder.

En tal caso se debe sacudir la estructura y crear condiciones institucionales para su más plena vigencia. No hay incertidumbre cuando la justicia funciona correctamente, y el control que produce la alternancia —cuando uno asciende, el otro desciende del poder— proporciona un control sobre la arbitrariedad dentro del sistema. Por lo tanto, si la cultura política no pierde su equilibrio, la certidumbre pasa a formar parte integral del sistema. De hecho, se puede perfectamente argumentar que la incertidumbre surge de la institucionalidad desfasada con respecto a la finalidad justa del sistema político y social. Es una característica importante de la estructura que ejerce el poder la necesidad o la falta de necesidad de justicia. Podemos concebir los derechos humanos como una estructura secuencial de procesos evolutivos y sucesivos. Por ejemplo, si se asume una estructura secuencial de evolución de los Derechos Humanos, esta necesidad se transforma en una necesidad de justicia que es una “necesidad estructural”, que puede representarse mediante una finalidad ética del sistema. Así, si la justicia se relaciona con la estructura del sistema, pasa a representar tanto la necesidad estructural a corto como a largo plazo en el ejercicio del poder.

La disfuncionalidad autoritaria de vínculos políticos genera procesos “anticausales” que atraviesan relaciones entre el poder y los elementos del sistema y determina el nivel de (in)justicia, que a su vez determina el nivel de incertidumbre social. En particular por la arbitrariedad contra el pleno goce de los derechos humanos pero la falta de certezas políticas, económicas y sociales también pueden medirse a través de las relaciones causales de la institucionalidad a la persona y la satisfacción de sus necesidades estructurales, ya que la justicia de la incertidumbre se mide con respecto a la forma en que se respetan los derechos humanos y se satisfacen los servicios sociales que son funcionales a los mismos. La incertidumbre es, por lo tanto, generada por relaciones causales que son contrarias al respeto y el cumplimiento, estas incertidumbres son producidas en oleadas de poder y presión que operan en el sistema. Puede ser desde crimenes de lesa humanidad hasta asesinato de periodistas o activistas sociales, pasando por inhabilitar partidos o candidatos para elecciones subnacionales, o nacionales, o reprimir o cooptar jueces o tribunales.

Por ejemplo, si la incertidumbre se debe a una ola de ciertos comportamientos humanos negativos, significa que las relaciones causales creadas por estos comportamientos humanos también se transmiten en términos de necesidades estructuralmente altas y una injusticia/insatisfacción elevada. Si un poder justo define la necesidad estructural y la certeza, entonces también puede indicar la eficiencia de la estructura. Pero si el poder desprovisto de justicia limita las necesidades estructurales genera la incertidumbre propia de necesidades humanas y desigualdades dentro del sistema. La causalidad incierta sistémica funciona en toda la estructura de la humanidad, de arriba abajo, culminando en la estructura del juego político de poder. La incertidumbre nos aleja de una vida plena, como la falta de derechos definitivamente nos aleja de una vida feliz y plena. La mejor vida que podamos llevar tiene que ver con ejercer nuestros derechos sin sufrir ni amenazas ni presiones ni violencia al respecto. Tiene que ver también con ejercer esos Derechos sin que nadie sufra por ello. El odio es una limitante al ejercicio de los Derechos Humanos, y el odio desde el poder del sistema es un impedimento al ejercicio de esos Derechos. Sentir el odio de los demás es un recurso del alma para sentirse valioso. Sentir el odio del poder es un sentimiento aún más fuerte y que define de mejor manera a la persona, la cual lo absorbe, lo necesita. El odio crea un centro y hace que las cosas graviten a su alrededor, cuando el poder destila odio contra un periodista, contra un activista, contra un opositor demuestra el valor especial que tiene esa persona. Esa sensación de odio sobre uno debe experimentarse —bien y profundamente; no se debe permitir que abandone tu cuerpo una vez que ha entrado en ti. Algo que sucede tanto si se expresa hacia ti o si lo estás incubando. Lo ideal sería que ninguna persona exprese su odio hacia nadie, hacia ningún grupo, o persona o comunidad o raza o religión. La gente no te odia porque seas malo con ellos, sino porque los has herido de alguna manera, generalmente debido a algún tipo de éxito que puedes alcanzar o porque constituyen algún tipo de amenaza. El odio del poder surge por lo mismo y, por ello, es grandioso sentir el valor especial que nos otorga el odio del poder.

La estructura de poder básica y la estructura de poder que energiza el sistema pueden funcionar en paralelo o sobreponiéndose. Todo puede suceder en un solo contexto que determina niveles de jerarquía y que produce cambios con eficiencia. Así que la jerarquía que determina la eficiencia en función de los requisitos y funcionamiento de la estructura está determinada por los niveles de justicia que puede alcanzar y los Derechos Humanos se promueven y protegen, que se representan en la eficiencia de la estructura y las relaciones entre las estructuras de poder.

La flexibilidad dentro del sistema de poder ofrece la oportunidad de explorar diferentes resultados y dado que la necesidad estructural de la gente es la medida de la interacción, mientras que por su parte la energía moral genera causalidad, la jerarquía general del poder que aquí se presenta es, por cierto, una dinámica ajustable y evolutiva. Por lo tanto, la eficiencia operativa de la estructura determina el umbral de la eficiencia y de lo que es realizable, en esta ecuación, debemos tener especial cuidado que la eficiencia estructural del sistema esté por encima de la satisfacción de las propias necesidades de la estructura, de lo contrario se terminan consolidando una burocracia que se retroalimenta o un poder auto satisfactorio. Las presiones que surgen son complejas, sean internas o externas, ya que dependen de la estructura específica en cuestión y de las necesidades específicas existentes en un momento determinado. El concepto del magnetismo del poder es absolutamente esencial, ya que resulta que para los procesos causales de la energía política que surge del poder la eficiencia sigue siendo una necesidad constante, mientras que el carisma y el magnetismo dependen de la reducción o satisfacción de las necesidades de los componentes del sistema.

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