La seguridad en el siglo XXI: el dominio del territorio físico y digital
Hace muchos años que trabajo en seguridad pública e inteligencia. Participé en más de mil allanamientos, operativos de saturación, procedimientos contra organizaciones criminales y despliegues en los barrios más complejos. Esa experiencia me dejó una convicción que nunca cambió: la primera regla de la seguridad es el dominio del territorio.
Lo que sí cambió fue mi comprensión de qué significa hoy “territorio”. Durante muchos años lo entendimos únicamente como el espacio físico: calles, barrios, rutas, fronteras, edificios estratégicos y espacios públicos. Allí se disputaba el control entre el Estado y quienes buscaban desafiarlo. La presencia, la información y la capacidad de respuesta definían quién ejercía realmente la autoridad.
En el siglo XXI, el territorio tiene una segunda dimensión, tan importante como la primera: el territorio digital.
Las organizaciones criminales, los grupos terroristas, las redes de espionaje y quienes buscan influir sobre una sociedad ya no necesitan ocupar una esquina para ejercer poder. Pueden coordinarse mediante aplicaciones cifradas, financiarse con activos digitales, reclutar personas a través de las redes sociales, manipular la información o atacar infraestructura crítica desde cualquier lugar del mundo, o complicarnos la vida al infinito con el robo de nuestro celular.
Al mismo tiempo, millones de ciudadanos desarrollan buena parte de su vida en ese nuevo espacio. Trabajan, estudian, compran, se comunican, administran su patrimonio y construyen relaciones en un entorno digital que ya forma parte de la realidad cotidiana.
Si el Estado solo comprende el territorio físico, inevitablemente llegará tarde.
Cuando una fuerza de seguridad recupera un barrio dominado por organizaciones criminales, controla un acceso estratégico o ejecuta un allanamiento exitoso, está enviando un mensaje inequívoco: la ley volvió a ocupar ese espacio.
El territorio físico continúa siendo donde viven las personas, donde funcionan las escuelas, los hospitales, las empresas y la infraestructura crítica.
Cada teléfono celular, cada cámara conectada, cada servidor, cada red social y cada sistema informático forman parte de un territorio donde también se ejerce poder.
En ese espacio circulan datos, dinero, información sensible, operaciones de influencia y órdenes criminales.
Un ataque puede comenzar con una campaña de desinformación, continuar con un ciberataque contra un servicio esencial y terminar generando consecuencias en las calles.
Durante décadas, organizamos nuestras instituciones separando funciones. Había quienes patrullaban las calles y quienes trabajaban detrás de una computadora.
La inteligencia, la ciberseguridad, el análisis de datos, la videovigilancia, la investigación criminal y el despliegue operativo deben integrarse en un único sistema. Que trabaje en la prevención sin alterar nuestras libertades individuales.
Dominar el territorio significa comprender qué ocurre simultáneamente en ambos planos y tener la capacidad de actuar con rapidez sobre los dos.
No alcanza con tener patrulleros si no se entiende cómo se organizan las bandas en el entorno digital.
Pero tampoco alcanza con desarrollar excelentes capacidades tecnológicas si el Estado pierde presencia en la calle.
Durante años repetí una idea sencilla: “Quien domina el territorio, domina la seguridad.” Hoy, ese concepto tiene dos dimensiones: la física y la digital. Si no abordamos ambos, no hay seguridad posible.