El algoritmo no necesita odiarnos
Vivimos en una época en la que la reputación internacional de un país puede fortalecerse o deteriorarse en cuestión de horas. Un episodio deportivo, un video viral o una declaración desafortunada pueden redefinir la conversación global mucho más rápido que décadas de política pública, diplomacia o construcción institucional.
Los sistemas de social listening muestran, en algunas redes sociales, una tendencia a hablar con sentimiento negativo sobre el país. En ese contexto, el Mundial 2026 dejó una pregunta que apareció con fuerza en las redes sociales: ¿existe un sentimiento antiargentino?
Más que un fenómeno unidimensional, lo que observamos es la interacción entre identidad nacional, estereotipos históricos, competencia deportiva, lógica mediática y algoritmos digitales. Quizás el verdadero interrogante no sea por qué algunos “odian” a la Argentina, sino por qué Argentina provoca emociones particularmente intensas —positivas y negativas— en buena parte de la conversación digital y mediática.
La idea de una Argentina diferente no nació con el fútbol ni con las plataformas digitales. Durante buena parte del siglo XX, el país se narró como una excepción dentro de América Latina: una sociedad de inmigración europea, con una temprana expansión educativa, una capital comparada con las grandes ciudades del Viejo Continente y una economía que, a comienzos del mismo siglo, se encontraba entre las más prósperas del mundo. La literatura sobre el “excepcionalismo argentino” estudia precisamente esa trayectoria: el contraste entre una posición inicial de privilegio y la posterior pérdida relativa de ese lugar.
Esa narrativa no desapareció con el tiempo. Continuó influyendo en la forma en que Argentina se percibe a sí misma y también en la forma en que es percibida desde el exterior.
Walter Lippmann explicó que las personas no reaccionamos ante la totalidad inabarcable de la realidad, sino ante imágenes simplificadas de ella. Esas “imágenes mentales” —los estereotipos— funcionan como atajos cognitivos. No describen una sociedad completa; organizan la manera en que interpretamos sus acciones.
En el caso argentino, uno de los atributos más persistentes es la supuesta arrogancia. No existe evidencia que permita concluir que los argentinos sean, como población, más arrogantes que otros pueblos. Lo relevante es que esa percepción circula y opera como un marco previo.
Así, un mismo festejo puede ser leído como pasión o como soberbia; la misma seguridad, como confianza o como prepotencia. Los hechos nunca llegan completamente desnudos: llegan encuadrados.
El deporte no creó ese estereotipo, pero lo volvió visible a escala global. El fútbol es una poderosa máquina de narrar identidades nacionales: condensa símbolos, memorias, rivalidades y estilos supuestamente propios. Argentina no solamente juega al fútbol; también se representa a sí misma a través de él.
El éxito sostenido incrementa la exposición y vuelve más intensas las reacciones. Aquí aparece un concepto especialmente útil: schadenfreude, palabra alemana que designa el placer ante la desgracia ajena. En el deporte, ese placer puede aparecer cuando cae un rival poderoso o percibido como dominante.
Un estudio de Lea Boecker sobre el Mundial de 2018 analizó por qué los aficionados disfrutan la derrota de determinadas selecciones. Encontró que ese placer no responde a una única causa: intervienen la antipatía previa hacia el equipo, la percepción de que “merecía perder” y también la sensación de que se trata de un actor dominante.
En ese trabajo, los principales objetos del schadenfreude fueron Alemania e Inglaterra, dos selecciones que llegaban al torneo con una fuerte percepción de poder deportivo.
El caso argentino no fue medido en esa investigación, pero la hipótesis resulta sugerente: cuando un equipo despierta antipatía y además es percibido como dominante, su caída puede transformarse en una fuente de satisfacción compartida. El rechazo no siempre nace de una ofensa concreta; a veces surge simplemente del deseo de ver caer a quien ocupa demasiado tiempo el centro de la escena.
Las plataformas digitales recompensan la capacidad de generar interacción. Y pocas emociones producen más comentarios, compartidos y tiempo de permanencia que la indignación.
Una polémica arbitral, un gesto provocador o una declaración desafortunada circulan mucho más que miles de comportamientos cotidianos sin conflicto. El resultado es un conocido sesgo de disponibilidad: cuanto más vemos un determinado tipo de contenido, más tendemos a creer que representa la realidad completa.
Cass Sunstein y Timur Kuran desarrollaron un concepto complementario: la availability cascade. Una idea puede volverse cada vez más creíble simplemente porque circula una y otra vez. La repetición produce familiaridad y la familiaridad suele aumentar la credibilidad. Los algoritmos aceleran ese proceso al privilegiar aquello que genera mayor interacción.
El schadenfreude encuentra allí un entorno ideal. La caída del campeón, la eliminación del favorito o la derrota del rival permiten construir comunidades instantáneas unidas no por la admiración hacia un equipo propio, sino por el placer compartido ante la derrota ajena.
No hace falta una conspiración para explicar ese fenómeno. Basta la combinación de dominancia percibida, rivalidad deportiva y una arquitectura digital diseñada para amplificar aquello que genera emociones intensas.
Por su parte, los medios tienen también un espacio en esto. La teoría del agenda-setting mostró hace décadas que los medios influyen menos sobre qué pensar que sobre qué temas pensar.
Hoy, esa capacidad de selección convive con la economía de la atención. Un titular que enfrenta países, sugiere favoritismos o alimenta controversias suele generar más tráfico que una explicación técnica y equilibrada.
No hace falta imaginar una coordinación internacional. Basta con comprender los incentivos.
Los medios compiten entre sí, pero también con plataformas, creadores de contenido y millones de usuarios. En ese escenario, la polarización posee una ventaja estructural: simplifica, moviliza identidades y mantiene viva la conversación.
Quienes trabajamos en gestión de reputación sabemos que la discusión rara vez gira únicamente alrededor de los hechos. Gira, sobre todo, alrededor de cómo esos hechos son interpretados, amplificados y conectados con narrativas preexistentes.
Lo que durante décadas observamos en las organizaciones, hoy puede verse también en los países.
Toda crisis reputacional comparte una lógica similar: un hecho puntual deja de ser interpretado como una excepción y comienza a utilizarse como evidencia de una supuesta característica estructural del actor involucrado. En las empresas, ocurre con frecuencia. En las naciones, también.
El verdadero riesgo no reside únicamente en el episodio original, sino en el momento en que ese episodio empieza a explicar todo lo demás.
Desde el punto de vista comunicacional, allí se produce un salto metonímico: una conducta individual pasa a representar a un equipo; el equipo, a una sociedad; y la sociedad, a una nación completa. La parte comienza a operar como si fuera el todo.
El debate reciente sobre supuesto racismo en Argentina ilustra bien este mecanismo. Algunos episodios vinculados al fútbol tuvieron una enorme repercusión internacional y dejaron de ser percibidos únicamente como hechos deportivos. Para una parte de la conversación pública internacional, comenzaron a funcionar como un marco de interpretación más amplio sobre la sociedad argentina.
El problema no es que esos episodios sean irrelevantes o que no deban ser cuestionados. El problema aparece cuando hechos específicos, protagonizados por actores determinados y ocurridos en contextos concretos, se convierten en una explicación totalizante sobre una nación.
Las reputaciones internacionales a veces no coinciden exactamente con las trayectorias históricas de los países. No funcionan como una auditoría moral del pasado ni como un balance objetivo de virtudes y responsabilidades. Se construyen también a partir de acontecimientos recientes, símbolos, narrativas mediáticas y marcos interpretativos que seleccionan algunos hechos y dejan otros fuera del foco.
La lógica algorítmica acelera ese proceso. Un episodio aislado, un video viral o una declaración desafortunada pueden transformarse, en cuestión de horas, en la lente a través de la cual miles de personas interpretan a toda una sociedad.
Como ocurre con las reputaciones corporativas, la reputación de un país ya no se construye únicamente durante décadas: también puede fortalecerse o erosionarse en cuestión de horas. La historia aporta contexto; los algoritmos deciden qué parte de esa historia se vuelve visible.
Si por antiargentinismo entendemos una estrategia internacional organizada, la evidencia disponible no permite afirmarlo.
Si, en cambio, hablamos de una disposición negativa alimentada por estereotipos, rivalidades deportivas, dominancia simbólica, schadenfreude y amplificación algorítmica, entonces sí existe un fenómeno digno de análisis.
La pregunta relevante no es solamente cuánto rechazo existe, sino cómo se produce y cómo se vuelve visible. Las percepciones internacionales nunca dependen exclusivamente de los hechos. También dependen de los relatos previos que permiten interpretarlos.
Argentina no se enfrenta únicamente a la imagen que otros construyen sobre ella. También convive con la imagen que históricamente produjo de sí misma. El excepcionalismo, el orgullo cultural, la centralidad del fútbol y la seguridad con la que el país suele narrarse forman parte de su capital simbólico. Y todo capital simbólico genera tanto adhesiones como resistencias.
Por eso, hablar exclusivamente de antiargentinismo puede resultar tranquilizador, pero analíticamente insuficiente. Desplaza toda la explicación hacia el exterior y transforma una red compleja de percepciones, comportamientos e incentivos en una acusación unilateral.
Quizás la pregunta más fértil sea otra: ¿cómo se construye hoy la reputación internacional de una nación cuando los medios compiten por atención, los algoritmos premian la polarización y millones de personas participan activamente en la producción y difusión de narrativas?
El espejo no devuelve una imagen objetiva. Ningún espejo social lo hace. Devuelve una composición hecha de historia, estereotipos, admiración, rivalidad, schadenfreude y economía de la atención.
Comprender ese mecanismo exige algo más difícil que defendernos o acusar a otros: exige reconocer cómo una conducta se transforma en símbolo, cómo un símbolo se convierte en relato y cómo ese relato termina condicionando la percepción de una sociedad entera.
Quizás el desafío para las sociedades contemporáneas ya no sea únicamente construir una buena reputación, sino comprender cómo esa reputación es reinterpretada de manera permanente por sistemas que premian la emoción antes que el contexto.
El algoritmo no necesita odiar a Argentina; solo necesita comprobar que el conflicto produce interacción.