El domador
Nunca supe su nombre. Otalepo; así se presentaba, susurrando el apellido con una inclinación de cabeza que apenas se adivinaba. Era más bien como si parpadeara. Boina negra; bombachas sostenidas por el tirador; pañuelo al cuello y chaleco oscuro; una rastra de monedas, como único adorno. Calzaba dos cuchillos en la cintura: un facón desmesurado, de cabo de madera y un verijero, que cortaba el cuero como si fuera papel. Apenas alto, de pelo y ojos oscuros. Era el domador del campo.
Poco sé sobre su destino personal. Andrés Holzmann, mi amigo y contador de Espartillar, cree recordar que era oriundo de Pasman y aún guarda un recibo de sueldo que lleva su apellido, fechado en 1966. Un antiguo puestero me contó que Otalepo supo tener una tropilla de un solo pelo y que fue el jinete más conocido de la región. Más jinete que domador, afirmó; me pareció menos un halago que un reproche, pero yo sé que nunca sacudió de un golpe a un caballo. No era pendenciero ni dado a la ginebra; sí, un solitario cuyo vicio secreto era escuchar los partidos de Boca cada domingo, con una radio portátil Spica. No estaba casado, aunque declaraba un hijo en el pueblo, que frecuentaba de tanto en tanto. Cuando tenía que recorrer algún potrero distante, dormía en el descampado, acostado sobre el recado y con el caballo maneado a su lado.
Nada nos daba más felicidad que acompañar a Otalepo a recorrer el campo apenas despuntaba el alba
Promediaba la década del 60 y con mi hermano Álvaro acompañamos a mi padre al campo durante las vacaciones de invierno. Era más aventura que viaje; la ruta 33 era nueva entonces, pero en algún momento el paisaje cambiaba: caminos de tierra, tranqueras, molinos. No había tantos montes de eucaliptos como ahora. Nos recibían las lámparas de kerosene, anunciando que habíamos cruzado un umbral. Los días eran cortos y fríos en aquellos julios de nuestra infancia, pero nada nos daba más felicidad que acompañar a Otalepo a recorrer el campo apenas despuntaba el alba. Recuerdo que lo copiábamos en todo; a mí me fascinaba cómo liaba los cigarros con una mano, pero nunca me invitó a fumar y se lo agradezco.
Aquella mañana, Otalepo montaba un alazán robusto, que era casi potro; lo había enfrenado con una brida de cuero para ablandarle la boca; nosotros ensillamos a la Azuleja y la Minifalda (así se llamaba el caballo de Álvaro) para acompañarlo. Era el último sábado antes de regresar a Buenos Aires y cierta tristeza nos embargaba. Rumbeamos al tranco seguidos por Carajo; así se llamaba su perro negro, que nos parecía enorme. Era un día ventoso y Otalepo marchaba en silencio; Álvaro le habló largamente sobre las bondades del cine (que no conocía) mientras yo explicaba las ventajas de aprender inglés. Los dos tratábamos de impresionarlo. Otalepo escuchaba, más divertido que resignado, nuestra conversación: inocente, porteña e interminable. Eso lo distrajo.
Todo ocurrió sin aviso mientras recorríamos la ternerada. Una liebre se levantó y Carajo le saltó atrás, como si le fuera la vida en ello. El alazán de Otalepo se asustó y cimbró curvándose. Furioso. Casi lo arrancó del recado. Nunca volví a ver algo parecido. El animal recuperó su estado salvaje. No se erguía sobre sus patas, sino que se arqueaba con una fuerza atroz y quedaba suspendido en el aire. Una vez, dos, no sé cuántas. Las venas hinchadas, el corazón palpitando fuerte. Otalepo se sostuvo, equilibrando los corcoveos del alazán; su cuerpo parecía parte del animal. Estribado firme; la mano izquierda enrollada con fuerza en las riendas. La derecha revoleando el rebenque para sostenerse, sin golpearlo. No gritó; en las malas hay que administrar el aire. Nosotros lo seguimos al galope, sin saber muy bien qué hacer, pero cerca. Galopale al lado, decía nuestro tío Fernando cuando alguien tenía un problema. Eso hicimos. De a poco, el alazán se fue cansando y Otalepo comenzó a hablarle bajito para tranquilizarlo, como a un chico. Carajo, dijo cuando todo se calmó y no supimos si llamaba a su perro o era un insulto. Después sonrió, como si nada hubiera pasado, aunque su corazón temblara como el del caballo. No hay que mostrarle miedo, porque te tira, dijo. Nada más. No sé si hablaba del alazán o de la vida, pero esa enseñanza me sirvió a lo largo de los años, cuando tuve al miedo por delante.
Medio siglo después, pienso que Otalepo encarnaba una tradición que inventamos los argentinos, pero que apenas conocemos. Aquel domador pudo ser un granadero anónimo que cargó contra los realistas en la pampa de Junín a órdenes del coronel Suárez. O el Martín Fierro, que imaginó José Hernández encerrado en un hotel de Buenos Aires. Una tradición de coraje tan necesaria en esta Argentina, que cada tanto nos da miedo.
Otalepo partió poco después y no lo volvimos a ver. A veces me pregunto si no lo habré soñado.
© Copyright 2026 SA LA NACION | Todos los derechos reservados. Dirección Nacional del Derecho de Autor DNDA - EXPEDIENTE DNDA (renovación) RL-2023-95334553-APN-DNDA#MJ.Queda prohibida la reproducción total o parcial del presente diario.