EE.UU., China y la erosión del orden global
Hay algo llamativo en la conversación global sobre el estado del mundo. Se habla de aranceles, Inteligencia Artificial, minerales críticos y semiconductores, pero bastante menos acerca de quién está dispuesto a sostener el sistema del que todos pretenden beneficiarse.
Durante décadas, Estados Unidos obtuvo enormes ventajas de un mundo organizado en torno a sus preferencias. El dólar se convirtió en la moneda global, Wall Street en el centro de las finanzas internacionales, el poder naval en la garantía de libre navegación y las instituciones creadas después de 1945 ampliaron el alcance del poder norteamericano mucho más allá de sus fronteras.
Washington asumió una parte importante de los costos, pero también capturó una parte desproporcionada de las ganancias. China hizo un uso extraordinario de ese ecosistema. Aprovechó mercados abiertos, inversiones extranjeras, transferencia tecnológica y reglas relativamente estables para protagonizar el mayor proceso de crecimiento de la historia contemporánea. Lo hizo mientras preservaba un capitalismo de Estado y construía instrumentos destinados a reducir su dependencia de Occidente.
Las dos potencias han llegado ahora a una pregunta parecida. El gobierno de Donald Trump experimenta con una forma más directa de monetizar su poder. El acceso al mercado, las garantías de seguridad, las excepciones arancelarias y hasta el trato diplomático se vuelven materia de negociación bilateral. Las instituciones ceden espacio al regateo. El largo plazo se diluye ante el ciclo electoral. Y la gobernanza global es desplazada por contratos imperfectos entre aliados.
Washington se pregunta cuánta renta puede extraer de cada vínculo sin destruir el ecosistema que convierte su poder en influencia duradera. China enfrenta su propia versión del dilema. Su ascenso fue posible en un entorno abierto y relativamente predecible. Sin embargo, buena parte de su estrategia apunta a reducir la centralidad de las instituciones occidentales, debilitar algunas de sus reglas y construir alternativas bajo mayor influencia china. Beijing parece preguntarse cuánto puede erosionar el ecosistema que hizo posible su crecimiento sin comprometer su continuidad.
Curiosamente, ambas potencias perciben que todavía queda suficiente capital institucional acumulado en el orden global para seguir obteniendo beneficios de él.
En plena Guerra Fría, el teórico internacional Adam Watson utilizó la expresión raison de système para describir la capacidad de los Estados, en especial de los más poderosos, de reconocer que preservar el sistema constituye un interés en sí mismo. Las potencias deben comportarse también como custodias del terreno sobre el cual compiten.
Durante buena parte de la posguerra, Estados Unidos combinó su razón de Estado con cierta “raison de système”. Sus instituciones nunca fueron neutrales ni altruistas, más bien organizaron y disciplinaron su poder. La raison de système alargó lo que Robert Axelrod llamó “la sombra del futuro” en la que los actores cooperan hoy porque esperan volver a interactuar mañana.
Bajo esa sombra, los estados podían contribuir hoy sin exigir equivalencia inmediata ni contraparte identificada, confiando en que el sistema retribuiría, como una suerte de crédito contra el porvenir que sólo se extiende cuando el porvenir no está descontado.
Hoy abundan las razones de Estado y escasea la raison de système. Estados Unidos contempla el orden como una inversión cuyos rendimientos ya no justifican sus costos. China lo contempla como una estructura que todavía necesita para crecer, pero de la que procura depender cada vez menos. Washington quiere cobrar más por aquello que antes proveía de manera relativamente general. Beijing quiere modificar el sistema sin asumir plenamente la responsabilidad de mantenerlo.
El problema fundamental es que el regateo es un mecanismo de extracción mucho más intensivo y menos escalable. Funciona como un terrateniente que cobra peaje en cada puente, mientras que las instituciones son como una empresa que posee toda la red ferroviaria. El regateo, además, erosiona la confianza y previsibilidad. Si los aliados empiezan a pensar que cada interacción con Washington será renegociada permanentemente, comienzan a invertir en diversificar monedas, construir capacidades militares propias, y desarrollar cadenas de suministro alternativas.
En otras palabras, el regateo erosiona la base sobre la cual puede sostenerse. El académico Hedley Bull recordaba que una sociedad internacional depende de instituciones y reglas que los Estados consideran dignas de preservación. Esa disposición importa tanto como la distribución material del poder. Ningún orden sobrevive demasiado tiempo cuando sus principales actores lo tratan únicamente como una reserva de beneficios disponibles.
La situación afecta especialmente a los países medianos. Sus márgenes de acción dependen de que existan reglas generales, mercados previsibles y alguna distancia entre poder y privilegio. Cuando todo se convierte en objeto de regateo, cada relación queda subordinada a la asimetría del momento. Los grandes pueden negociar una excepción. Los demás se enfrentan al desafío de construir sus propias capacidades o aceptar el precio.
La historia internacional ofrece numerosos casos de transición de poder. Tiene menos experiencia con una situación en la que la potencia dominante y la potencia ascendente comparten, por razones distintas, la misma tentación de consumir el capital institucional sin reponerlo.
Robert Gilpin señalaba que las potencias dominantes suelen confundir el poder para alterar las reglas con la capacidad para sobrevivir sin ellas. Estados Unidos debe descubrir cuánto puede regatear sin destruir el sistema que creó. China debe descubrir cuánto puede erosionarlo sin perder el sistema que la ayudó a crecer. Mientras tanto, ambas parecen asumir que alguien seguirá pagando la cuenta.
Licenciado en Relaciones Internacionales, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad San Andrés
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