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perfil.com · hace 7 horas · Nieves Zuberbühler

Dos mundiales: la gloria y el rechazo

Argentina Mundial 2026

Hay dos Mundiales que se jugaron en paralelo estas semanas. En uno, ciudad por ciudad, las calles se tiñeron de celeste y blanco antes de cada partido de Argentina, y un mundo que no pudo dejar de mirar se rindió ante la garra de un equipo que nunca bajó los brazos. No hubo sede que la hinchada argentina no tomara por completo, cantando desde horas antes del partido y mucho después de terminado, sin importar el resultado. En el otro, ponerse la camiseta del rival de turno se volvió casi un deporte propio: personas de países que ni siquiera jugaban contra Argentina se vieron en las tribunas, en los grupos de WhatsApp, en las redes, adoptando por una noche los colores de Cabo Verde, Egipto, Suiza o Inglaterra, con tal de ver perder a Argentina.

Los dos Mundiales son el mismo. Y esa es, quizás, la clave para entender lo que se vivió: pocas selecciones generan una reacción tan dividida entre fascinación y rechazo —casi en las mismas proporciones y muchas veces en las mismas personas— como la Argentina. Lo que pasó el domingo, después del pitazo final de la definición ante España, no inventó esa división. Pero le dio a la mitad más crítica algo que hasta entonces le faltaba: una razón concreta.

España se consagró campeón del mundo por segunda vez en su historia, venciendo 1-0 a Argentina en el alargue de la final disputada en el MetLife Stadium, con un gol de Ferrán Torres. Fue el cierre de una campaña casi perfecta para la Roja: siete victorias, un empate y apenas un gol recibido en todo el torneo.

Pero hay un dato que buena parte de la cobertura internacional dejó pasar: España, con más posesión y más llegada durante los 90 minutos, no pudo quebrar el cero en tiempo reglamentario — ni siquiera jugando con un hombre más, tras la expulsión de Enzo Fernández en el descuento. Necesitó el alargue, y a una Argentina diezmada, para finalmente resolverlo. Incluso el diario alemán Bild, nada tierno con Argentina en su balance de la final, reconoció que sin las atajadas de Emiliano "Dibu" Martínez el partido se habría resuelto mucho antes.

Lo que sí quedó grabado fue lo que pasó cuando terminó el partido. Mientras los jugadores españoles corrían a festejar, se produjo un cruce entre Nahuel Molina y Rodri que escaló rápido: Eric García y Leandro Paredes terminaron enfrentados cara a cara, Paredes lo tomó del cuello, y Gavi se sumó a la gresca antes de que Scaloni, Thiago Almada y Walter Samuel lograran separarlos. Minutos más tarde, Nicolás Otamendi le negó el saludo a Rodri y le recriminó en la cara que había estado "llorando toda la semana". Y Roberto "Ratón" Ayala, ayudante de campo de Scaloni, le dio un golpe a Dani Olmo.

La reacción de los medios extranjeros fue inmediata, y en su gran mayoría arrasó con Argentina. En Estados Unidos, un columnista de Los Angeles Times lo resumió con ironía pura: "Qué clase, Argentina". The Athletic, por su parte, dedicó un extenso análisis a la actuación argentina: el periodista Adam Crafton pintó a un equipo sin sustancia ni estilo, que se apoyó en la provocación más que en el juego, y contrapuso el fútbol "quirúrgico" de España al de una Argentina desbordada por la emoción y el caos.

En España, previsiblemente, la lectura fue también durísima. Juan Ignacio Gallardo, director de MARCA, publicó una columna de opinión en la que acusó a Argentina de haber buscado compensar su inferioridad futbolística con agresividad desde el arranque del partido, y calificó de excesivamente blando el arbitraje de Vinčić por no haber expulsado antes a varios jugadores albicelestes. Pero el punto central de su columna —y el que le dio título— fue otro: para Gallardo, el gesto de la espalda de los jugadores argentinos durante la premiación española fue "de las cosas más ruines que se han visto en la historia de los Mundiales", un episodio que —sostuvo— dejará un descrédito casi imborrable sobre la selección.

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En Inglaterra tampoco hubo medias tintas. The Telegraph resumió la final con un marcador aparte: "Fútbol 1 – Criminales 0". El comentarista de talkSPORT Adrian Durham fue, quizás, el más directo de todos: "Argentina fue una auténtica vergüenza hoy. No hubo ni una pizca de clase en ese comportamiento".

En Italia, la Gazzetta dello Sport dejó una de las frases más filosas de toda la cobertura: sostuvo que si Argentina hubiera ganado esa final "habría sido un insulto al fútbol", y acusó a la Albiceleste de haber renunciado a jugar para apostar todo al choque físico.

No todas las lecturas fueron condena. El propio Gabriel Batistuta, consultado por Telemundo sobre el ciclo de Scaloni, lo resumió así: "Este equipo hizo exactamente lo que cualquier hincha pediría: jugar con el corazón". Para buena parte del planeta, esa entrega —la misma que llevó a Argentina a dar vuelta partidos contra Egipto e Inglaterra sobre la hora— fue precisamente lo que generó la admiración que convivió, todo el torneo, con el rechazo.

Uno de los relatos que más circuló después de la final, repetido por medios internacionales, fue el de que los jugadores argentinos le habían dado la espalda a España en el podio: mientras los españoles festejaban, el plantel argentino se replegó sobre su propia gente, y cuando Rodri levantó el Balón de Oro al mejor jugador del torneo, la hinchada argentina ahogó el reconocimiento con cánticos para Messi. Para esos relatos, la escena fue un papelón que dejó a Argentina mal parada frente al mundo entero.

Vista desde la cancha, la escena admite otra lectura. Esta cronista estuvo en el MetLife Stadium y pudo reconstruir lo siguiente: los jugadores argentinos no se dieron vuelta para desairar a los españoles — caminaron hacia el sector donde estaba su propia gente, que comenzó a cantarles como si hubieran ganado. Nuestro eterno capitán lloraba sin disimulo, como si se estuviera despidiendo de la selección argentina después de veinte años. Nadie miraba hacia el otro lado del campo. No hubo, en los hechos, una organización clara de la ceremonia que ubicara a cada plantel en un lugar fijo para presenciar la premiación del rival: nadie fue a buscar a los jugadores argentinos ni les asignó un sector. La imagen de "la espalda" dice menos sobre un desprecio calculado y más sobre una ceremonia que, de cerca, se vio bastante desprolija — y sobre una despedida que para los argentinos pesaba más que cualquier protocolo.

Sin embargo, reducir el fenómeno a lo que pasó en los minutos posteriores al partido sería una simplificación. El sentimiento anti-argentino recorrió el Mundial entero, mucho antes de que Paredes tomara del cuello a Eric García.

Lo noté partido tras partido: personas de países que ni siquiera jugaban contra Argentina terminaban alentando por Cabo Verde, por Egipto, por Suiza, por Inglaterra, con tal de ver perder a Argentina. Y el reclamo de fondo casi nunca era estrictamente futbolístico.

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El quiebre, dentro del propio torneo, llegó tras la victoria frente a Egipto, que se ganó al público como el underdog de la ronda. Empezó a circular la idea de que la FIFA favorecía a Argentina, que los árbitros estaban comprados, que Infantino, la FIFA o Trump tenían algo que ver. Los memes lo resumieron mejor que cualquier análisis: circularon por todos lados con Messi como "la princesita de Infantino", el jugador mimado al que la FIFA le allanaba el camino en cada instancia. La acusación tenía una ironía que casi nadie se molestó en señalar: ese mismo país que hace malabares para llegar a fin de mes difícilmente estaba en condiciones de comprar un arbitraje mundialista.

Pero un hilo común atravesaba incluso a los críticos más duros: el respeto por esa mentalidad ganadora, por Messi, por un equipo que jamás se resigna.

Este Mundial no fue el primero en poner a Argentina en el banquillo de los acusados. Ya en Qatar 2022, tras la consagración, se viralizaron videos de los jugadores cantando puertas adentro del vestuario, y eso dejó una marca que no se borró: desde entonces, la sospecha de racismo reaparece cíclicamente, alimentada en parte por la ausencia de jugadores negros en el plantel albiceleste.

Lo llamativo es que esa acusación convive con otra completamente distinta: la de simpatías nazis, apoyada en el dato histórico de que buena cantidad de jerarcas del Tercer Reich encontraron refugio en la Argentina de posguerra. Un tuit que calificaba a Argentina como un país "lleno de nazis e israelíes" —así, en la misma frase— superó las 980.000 visualizaciones, según documentó la organización Blue Square Alliance, que monitorea discurso de odio en redes; también circularon memes que comparaban directamente a jugadores del plantel con figuras nazis.

Y en este Mundial se sumó una tercera línea, en apariencia incompatible con la anterior —¿cómo puede un mismo país ser acusado de nazi y de sionista al mismo tiempo? —, pero que circuló de todos modos, muchas veces en el mismo mensaje: la de simpatías sionistas, después de que se viera una bandera de Israel en la tribuna argentina en uno de los partidos, y de que distintas figuras del gobierno israelí —entre ellas el ministro Itamar Ben Gvir— se manifestaran públicamente a favor del equipo. La agencia de noticias judía JTA describió cómo la final terminó funcionando, para buena parte de las redes, como una suerte de proxy del conflicto entre Israel y Palestina. El periodista de MSNBC Ayman Mohyeldin fue uno de los que trazó esa asociación: publicó primero un mensaje del estilo 'que gane cualquiera menos Argentina', y después republicó el posteo de Ben Gvir celebrando a la selección, agregando un lacónico 'doy por cerrado el caso' —dando a entender que el respaldo de un funcionario israelí de derecha alcanzaba, por sí solo, para confirmar su sospecha.

Racistas, nazis, sionistas: las tres etiquetas circularon en paralelo durante el torneo, sin que a nadie pareciera importarle demasiado si eran compatibles entre ellas.

Gente que no conoce nuestro país, que no habla nuestro idioma y que no tiene la menor idea de nuestra cultura, repitió esas acusaciones con total liviandad, sin haber pisado nunca la Argentina. Sin embargo, ese mismo rechazo convivió con una admiración y un respeto que no se dejaban apagar tan fácil: los que generó ver a esta selección entregarse entera, encuentro tras encuentro, sin guardarse nada, corriendo cada pelota como si fuera la última. Esa doble mirada —el rechazo y la admiración conviviendo sin resolverse— no nació en este Mundial.

Nada de esto es enteramente nuevo. Es, en muchos sentidos, la marca de nacimiento del fútbol argentino: genio y transgresión, en la misma tarde. El 22 de junio de 1986, en México, Diego Maradona metió los dos goles más citados de la historia del Mundial contra el mismo rival, con cuatro minutos de diferencia — la Mano de Dios, la trampa más descarada del deporte, y el Gol del Siglo, la jugada más admirada. Ese mismo claroscuro —la garra que puede ser sublime y, llevada al límite, puede ser un puñetazo en el círculo central— es el que el mundo parece no poder dejar de discutir cuando se trata de Argentina.

Argentina jugó siete finales de Mundial en su historia. Ganó tres: 1978, 1986 y 2022. Ese historial —sostenido, sin comparación salvo con Brasil y Alemania— es, probablemente, la explicación más simple de por qué genera tanto rechazo: no hay antipatía sin éxito que la sostenga. Y ese éxito tiene nombre propio: los dos mejores jugadores de la historia, Diego Maradona y Lionel Messi, son argentinos.

¿Será eso, nada más? ¿O hay algo más de fondo, algo que tiene menos que ver con los títulos y más con una forma de vivir el fútbol que a muchos les resulta insoportable? Nos acusan de presumidos, de arrogantes —y puede ser. Pero cuesta no preguntarse si detrás de esa incomodidad no hay, también, una pizca de envidia: por una pasión que no se parece a ninguna otra, por una hinchada que convierte cada cancha en una fiesta colectiva, por esa hermandad que nos hace sentir, ganemos o perdamos, que estamos todos del mismo lado. Ayer, mientras a los jugadores españoles les entregaban la copa, su propia gente miraba desde las tribunas en silencio, sentada. Los argentinos, en cambio, seguíamos cantando y ovacionando a nuestra selección como si hubiéramos salido campeones del mundo. Quizás ahí, en ese contraste, haya una pista de por qué Argentina despierta tanto rechazo: no se trata sólo de ganar, sino de la forma en que vivimos cada partido, sin reservarnos nada.

Lo que pasó el domingo no inventó nada; le dio de comer a algo que ya estaba instalado. A los que durante todo el torneo se compraban la camiseta de cualquier rival, la escena postpartido les dio, por fin, algo concreto para señalar en lugar de una antipatía difusa. Pero conviene no perder de vista lo otro: un equipo que resistió con diez hombres contra el vigente subcampeón de Europa, que no le permitió a España convertir en tiempo reglamentario, que remontó contra Egipto y contra Inglaterra sobre la hora, y que se fue de este Mundial habiendo llegado, otra vez, a la última función, sostenido hasta el final por una hinchada que no dejó de cantar.

Ser argentino, en el fútbol, parece implicar siempre las dos caras de la misma pasión.

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