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clarin.com · hace 13 horas · Clarin.com - Home

Posar para la posteridad

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Es inevitable. Más temprano que tarde, alguna madrugada de mal dormir, todos nos preguntamos cómo seremos recordados. Los más nos contentamos con que seremos recordados por quienes bien nos aman. Algunos se ilusionarán en que serán recordados por sus buenas obras, y en ellas se empeñan. A veces sucede así. Pero todos sabemos que a veces no. Que la suerte también puede ser esquiva, la memoria corta y el olvido largo.

Entonces hay quienes depositan su fe en futuros biógrafos, esos raros escribas que, en lugar de darse vidas memorables, se empeñan en dejar a la posteridad reseñas elogiosas de memorables vidas ajenas. Los hay, los hay. Pero en general el dispositivo de la biografía tiene un defecto: es póstumo. Para cuando se dan a conocer, al sujeto en cuestión le suma poco. Veamos Julio César, por ir a un socorrido ejemplo. Plutarco publicó sus “Vidas Ejemplares” entre los años 95 y 120 D. C. Pero lo que se llevó de este mundo el sujeto en cuestión, aquel aciago 15 de marzo del 44 A.C. no le debe haber resultado muy halagüeño. Y no sé si es consuelo la promesa de un buen libro doscientos años más tarde.

Algo menos cruento, pero tal vez también descorazonador, le sucedió a Samuel Johnson. Supongamos que tenía conocimiento de que su buen amigo Boswell había empezado a borronear cuartillas laudatorias en la década de 1760. Pero se murió en 1784 sin llegar a ver un solo ejemplar de su ejemplar vida, porque el libro se publicó recién en 1791. Se me dirá que pasaron pocos años, pero para el caso el efecto es el mismo.

Por lo explicado, lo que humildemente propongo es el nunca bien ponderado “Hágalo usted mismo”. Escriba su propia autobiografía. Tiene una ventaja que a nadie escapará: no necesita ser póstuma. Es más, es un requisito inexcusable estar vivo para escribirla. Y si usted se toma la precaución de seguir aquí cuando se publique, podrá atisbar in situ el modo en que será recordado. Incluso tiene una ventaja más: usted maneja las perspectivas, los matices y hasta el argumento, llegado el caso. No pasa eso con los biógrafos, y si es dable suponer que nadie se pone a escribir una biografía para enchastrar la memoria de otro, los ejemplos en contrario no nos permiten ser muy optimistas al respecto. Y uno ya no está para andar desmintiendo a nadie. Así que, póngase con la autobiografía.

Está bien, la autobiografía tiene también sus bemoles. Se debe tener algo que decir. Y si uno se empeña en la tarea a edad temprana, o antes de realizar algo memorable, la cuestión se pone peliaguda. También hay una solución para esto. Se llama literatura del yo. Perdón, del Yo con mayúscula.

Acá uno no debe atenerse a un evento previo, y toda verdad se diluye en la neblina de la ficción. Usted puede afirmar lo que no sucedió, opinar sobre lo sucedido con autoridad inapelable o entrar en el limbo de la digresión. Y posar con mundanidad de selfie para la posteridad. Nadie podrá desmentirlo.

Miguel Gaya

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