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clarin.com · hace 22 horas · Clarin.com - Home

Sudamérica: el club de la ilustración oscura suma a dos socios

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El resultado de las últimas elecciones en Colombia y Perú terminó por conformar un panorama sudamericano que no se veía desde hace tiempo. Cinco gobiernos de marcada orientación derechista.

Sin embargo, salvo en materia económica, donde se reiteran fórmulas de los años noventa, su visión del mundo y el modo de relacionarse con los Estados Unidos (EEUU) difieren de las experiencias previas del mismo signo. Y dado que ambos aspectos pueden reorientar en el corto plazo la posición internacional de la región, conviene analizar sus aristas más relevantes.

En el primer aspecto, llama la atención que estos mandatarios, sobre todo De la Espriella (Colombia), Kast (Chile) y Milei (el más antiguo), hayan incorporado en sus discursos algunas de las ideas promovidas por la llamada Ilustración Oscura. Una corriente de pensamiento surgida a principios de la década pasada que ha despertado numerosas críticas y que tiene entre sus referentes al filósofo británico Nick Land.

Esta corriente se aparta del conservadurismo y el derechismo clásico por tres razones clave. La primera radica en su afán de cuestionar los avances sociales introducidos desde la Revolución Francesa hasta el presente. Estos avances, a su juicio, frenaron el desarrollo del capitalismo y tendrían que ser removidos. Entre ellos, el igualitarismo, la salud pública, el salario mínimo, la educación gratuita, las regulaciones estatales y laborales, y las políticas de género.

La segunda reside en sus enconados ataques contra la “Catedral”, término con el que designan a los medios de comunicación, las universidades, los periodistas y otras instituciones culturales a las que atribuyen la defensa de esos valores. Por cierto, cualquier parecido con las andanadas que suelen bajar desde la Casa Rosada es pura coincidencia.

La tercera razón que la diferencia de la derecha histórica consiste en su afinidad ideológica con la élite empresarial de Silicon Valley, donde sobresale Peter Thiel, flamante vecino de Buenos Aires. Esta relación se nutre de planteamientos comunes que tienden a invalidar el rol del Estado, al tiempo que otorgan un papel preponderante a las grandes corporaciones tecnológicas. A las cuales consideran capaces de asumir el control de la administración pública en varias partes del globo.

Al respecto, vale recordar que hace poco más de un año, durante un debate sobre la inteligencia artificial, la superación de los límites de la condición humana mediante la ciencia aplicada y la eventual aparición de una especie destinada a sucedernos, por así decirlo, Thiel tuvo un momento de vacilación que impactó a los presentes. Fue cuando Ross Douthat, columnista de The New York Times, le preguntó si la humanidad debía perdurar.

En otro plano, resulta llamativo, cuando no inquietante, que la mayoría de estos gobernantes, a diferencia de otras épocas, respalden con inusual fidelidad la política exterior de la segunda administración Trump en asuntos que pueden llegar a comprometer la soberanía y la paz del subcontinente. En una actitud que podría compararse con la del obsequioso Tom Ripley.

Aquel personaje de Patricia Highsmith que, por su afán de adular y complacer de manera constante a sus encumbrados y admirados interlocutores, termina despertando desconfianza. Especialmente de aquellos habituados al toma y daca, como el magnate neoyorquino.

América del Sur tiene una agenda compartida con los EEUU. Sin embargo, es sabido que sus intereses económicos no coinciden plenamente con los de la superpotencia. Como quedó demostrado en las discusiones arancelarias que comenzaron a principios del año pasado y todavía no han concluido.

Más aún si se considera que los EEUU, a pesar de sus enormes mercados y finanzas, siguen siendo el mayor importador e inversor únicamente en Colombia y Chile. En tanto que el resto de los países tienen como primeros socios comerciales e inversionistas a China, Brasil y la Unión Europea.

Además, las estrategias de defensa y negociación de los EEUU con China y Rusia y otras naciones de peso, por ejemplo, suelen responder a prioridades ajenas a la realidad que nos circunda. Ya se trate de semiconductores, carrera tecnológica, poderío atómico o hegemonía en las zonas de influencia. Y en estos tiempos tan frágiles, conviene recordar que Latinoamérica, por el Tratado de Tlatelolco de 1967, y el Mercosur, desde el Protocolo de Ushuaia de 1998, se comprometieron a mantener estos territorios como una zona de paz, libre de armas nucleares.

También preocupa el aval al debilitamiento de las Naciones Unidas, la Organización Mundial del Comercio y demás organismos multilaterales dado que, a pesar de sus limitaciones, resguardan más a los países periféricos y subdesarrollados que a las grandes potencias.

De todos modos, cabe agregar que estas autoridades fueron elegidos democráticamente en segundas vueltas muy ajustadas. En las que supieron valerse de las redes sociales para canalizar el descontento con los partidos tradicionales e imponerse sobre candidatos y alianzas de carácter progresista. Aunque, para conservar ese respaldo, deben resolver una serie de problemas heredados.

Bajos salarios, crecimiento insuficiente, rebrote de conflictos internos, inseguridad ciudadana y altos índices de pobreza y corrupción. Y para ello se requiere capacidad de gestión, liderazgo y honradez. Tres atributos que ni el oscurantismo ideológico ni los amigos lejanos y coyunturales, por más influyentes que sean, están en condiciones de proveer.

Eduardo Sguiglia

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