Confirmado: a la selección argentina la ayudaron
Desde que empezó el mundial y el equipo fue ganando partido tras partido, en las redes se habla mucho sobre que Argentina gana porque recibe ayudas ocultas. Y me parece que, nobleza obliga, es necesario decir las cosas como son y reconocer la verdad. A la Selección argentina la ayudaron. La ayudaron muchísimo.
Hagamos el ejercicio. Repasemos, uno por uno, a los que de verdad empujaron a este equipo para llegar a esta final.
Los primeros que ayudaron a la Argentina fueron los rivales. Cabo Verde es uno de los países más chicos de la historia de los Mundiales: tiene la población de la ciudad de Salta, medio millón de habitantes. Nos hizo un gol de otro planeta, nos llevó al alargue, corrió más que nosotros y aguantó hasta el minuto 111. Egipto, en octavos, nos presionó, corrió más, le atajó un penal a Messi, nos hizo dos goles y nos tuvo, a diez minutos del final, con el 99,4 por ciento de chances de perder.
O sea, si tenían que dejarse ganar porque el Mundial estaba arreglado, la verdad que son unos actores extraordinarios: disimularon a la perfección que les tocaba ir para atrás. Pero lo más lindo es lo que esos partidos nos dejaron. Esa tensión con Cabo Verde, ese sufrimiento extremo con Egipto, son el tipo de partidos que te debilitan las piernas, pero te fortalecen el corazón y la mística de una manera increíble.
También nos ayudaron los candidatos. No sé si la FIFA arregló con Alemania, con Brasil, con Uruguay, con Holanda para que perdieran. Pero todos ellos, incluida Francia contra España, perdieron en partidos en los que eran favoritos, contra rivales que en los papeles eran más débiles. Alemania se fue por penales con Paraguay. Brasil cayó en octavos con Noruega. Uruguay ni pasó la fase de grupos. No sé bien cómo habrá sido la negociación para convencerlos de que perdieran. Pero, insisto, gracias a los candidatos, que también ayudaron mucho aceptando irse temprano y despejar nuestro camino.
El tercer grupo que ayudó muchísimo es la gente. Otra vez vemos esa locura de ser un país del montón y jugar de local en todas las canchas del mundo. Miren el indicador económico que quieran: según el Banco Mundial estamos 93 en PBI per cápita, debajo de países como Curaçao o Guyana. Y sin embargo somos locales en cualquier lado, sea en Doha o en Atlanta. El propio Tuchel, el técnico de Inglaterra, lo dijo en la conferencia de prensa post partido: “Se sintió como jugar de visitante”. En las ciudades donde jugó Argentina en este mundial, muchos de los habitantes decían nunca haber visto algo semejante.
Les doy un dato que quizás no sabían: la entrada de la semifinal de la Argentina costó el doble que la de España contra Francia. El doble. Y eso que somos más pobres, que viajar de Europa a Estados Unidos es más barato que hacerlo desde acá, y que el poder adquisitivo de un español, un francés o un inglés es varias veces el nuestro. Ser locales en absolutamente todas las canchas es una locura que no me voy a cansar de mirar con orgullo.
Pero lo cuarto, y para mí lo más importante, es que nos ayudó nuestra identidad como país. Hay una crítica de estas semanas que me dolió de verdad, y es la acusación de que los argentinos somos racistas. Para un argentino es casi inentendible. Y creo que detrás de esa bronca hay algo que los europeos ven en nosotros y no tienen.
Pensemos en el Reino Unido. Es un solo país y tiene cuatro selecciones. Es como si acá jugaran por separado el NOA, la Patagonia, La Pampa y Cuyo. En la previa de la semifinal, los escoceses estaban desesperados hinchando por la Argentina. Los galeses y los irlandeses, también. O sea que buena parte del propio país estaba en contra de Inglaterra. No es lo mismo jugar por una camiseta que sentís tuya que jugar por una que una parte grande de tu propia nación no siente. Con España pasa algo parecido, y más extremo: no todos los catalanes, ni los vascos, ni los gallegos sienten que España es su equipo.
Y ahí está la mayor trampa de todas: esa foto de pluralidad que muestran los seleccionados europeos tan multiculturales. Si uno mira a la Francia del Mundial 78, había una sola persona afrodescendiente: Marius Trésor, nacido en una colonia francesa en el Caribe. Hoy son mayoría del plantel. Y eso podría ser hermoso, si de verdad reflejara una sociedad que asimiló a los hijos de las colonias que alguna vez explotó. Pero la hipocresía aparece cuando salís de la cancha. En la postal futbolística juegan todos los afrodescendientes. En la Cámara de Diputados, entre los jueces, entre los CEO de las grandes empresas, no hay casi ninguno: en Francia hay apenas tres personas negras entre cerca de novecientos de esos cargos. Lo dijo Benzema mejor que nadie: “Cuando meto un gol, soy francés. Cuando fallo, soy árabe”. El único lugar donde los aceptan es la Selección. Y ni siquiera los integran: los aceptan para ganar, y los matan cuando pierden.
Messi pasó muchos más años de su vida en España que acá. España le dio muchísimo. Y aun así nunca dejó de hablar en rosarino. Es natural que, viviendo tantos años afuera, se te peguen las palabras. A Messi no. No dice “portero” ni “regate”. Dice “fulbo”, dice “pectacular”. ¿Alguien tiene dudas de que los hijos de Enzo Fernández o de Mac Allister van a ser argentinos, por más que hayan nacido en el Reino Unido? Ninguna. Hay algo de un amor muy primario a la camiseta, de sentir que estás representando de verdad a tu país. Y siento que muchos de los jugadores europeos, no todos, tienen ese amor roto por lealtades cruzadas, por el reproche a la propia nación por lo que le hizo a sus padres, o por lo que todavía le hace a la gente de su origen.
Finalmente, aparte de todos los que ayudaron a la selección desde afuera, hay una última categoría: el técnico y los jugadores se ayudaron muchísimo a sí mismos.
Soy muy fanático del fútbol americano, y para mí fue hermoso ver a Tom Brady, el jugador más grande de la historia de ese deporte, maravillado con la relación entre los jugadores argentinos. Decía que nunca en su vida había visto un equipo con esa química, con ese sacrificio de uno por el otro. Y presten atención a un detalle: miren cómo festejan los goles otras selecciones. Sí, hay abrazos. Pero miren el festejo del gol de Inglaterra de la semifinal. Miren los videos del festejo en el vestuario después de las semis de Argentina y de España. No se quieren tanto, no están tan felices por el otro, no están tan contentos por la camiseta. No lo sienten de la misma manera loca y maravillosa que nosotros.
Y hay algo más: jugadores que son estrellas absolutas, como Lautaro o Paredes, se bancan entrar y salir sin armar nunca un quilombo. Primero el equipo, después las individualidades. Y ojo que los argentinos tenemos un nivel de ego altísimo: estos pibes lo domaron. La contribución de Messi ahí es gigante, porque siendo el mejor jugador de todos los tiempos, nunca vas a verlo hacer la de Cristiano señalandose a sí mismo después de hacer un gol. Cuando lo entrevistan después de un partido en el que metió tres goles, te habla del equipo.
En el centro de todo está Scaloni, su conducción del grupo y su lectura única para plantear los partidos. Un dato que lo resume: Messi hizo seis goles en sus primeros cuatro Mundiales, y lleva quince en los dos que jugó con Scaloni, ya con 35 y 39 años. Estadísticamente este es el MEJOR mundial de Messi, a los 39 años. Más goles, más asistencias, más chances creadas, más gambetas El primer gran mérito de Scaloni fue lograr que el plantel se relacionara con Messi de una manera distinta, tratándolo como una persona normal, humanizándolo. Así sacó lo mejor de él. Si vieron la entrevista a Cuti Romero y Licha Martínez después del partido pasado, se ve a dos tipos que se quieren de verdad, que tienen más ganas de darle crédito al otro que de lucirse. Y eso no se puede actuar.
Eso logró una fortaleza mental y una convicción extraordinarias. El equipo mantuvo la cabeza en momentos en los que cualquier otro bajaba los brazos: las dos veces que lo empató Cabo Verde, en el 0 a 2 contra Egipto a diez minutos del final, en la remontada de la semifinal con Inglaterra. Me vino a la memoria la frase de Messi después de perder con Arabia, allá en Qatar: “Quédense tranquilos, este equipo no los va a dejar tirados”. Es más, si el domingo nos toca ir 1 a 0 abajo faltando diez minutos, les aseguro que los españoles van a estar más asustados que nosotros, porque este equipo ya demostró que remonta cualquier cosa.
Quiero cerrar con un dato asombroso. Yo tengo 55 años. En mi vida vi trece Mundiales teniendo más de seis años, porque del 74 no me acuerdo nada. Y de esos trece, habré visto a la Argentina en seis finales. Casi la mitad de los Mundiales que miré en mi vida terminaron con la Argentina en la final.
¿Cuánta gente en el planeta pudo ver a su Selección en seis finales? Menos del uno por ciento de la humanidad. Solo los brasileros de más de 74 años, los italianos de más de 98 y los alemanes de más de 58.
Pero eso no es todo: también vivimos tres campeonatos del mundo. Vimos levantar la copa a Pasarella, a Maradona y a Messi. Es más: desde que yo nací, la Argentina ganó más Mundiales que Brasil. Si Brasil tiene más copas es por cosas que pasaron hace más de medio siglo, antes de que yo naciera. El único equipo que ganó lo mismo que nosotros desde que nací es Alemania.
Y si el domingo se nos da, los que tenemos más de 54 vamos a entrar en un club todavía más chico: el de los que vieron a su país campeón del mundo cuatro veces en una sola vida. Un club que, afuera de la Argentina, solo incluye a brasileros de más de 70, alemanes de más de 78 e italianos de más de 98. Seis finales y tres títulos en una vida de cincuenta y pocos años es, sencillamente, una locura.
Obviamente que todos queremos ganar mañana, ni hablar los propios jugadores, que pese a ser campeones defensores tienen más hambre de gloria que todos los demás planteles. Pero pase lo que pase, nada cambiará la mística de un equipo que camufla nuestros problemas y le muestra al mundo la cara más linda de nuestra cultura y nuestra idiosincrasia.