El secreto que vuelve “invencible” a la Scaloneta
Con los partidos contra Egipto e Inglaterra como antecedente, España va a tener miedo de anotar el primer gol. Al menos debería pensarlo dos veces. En la puerta del área, con la pelota dominada, acaso Oyarzábal y Yamal no busquen la red. En un rapto de lucidez, sacarán el zapatazo directo a la tribuna para mantener el empate y jugarse el todo por el todo en la definición por penales. Ya está visto que, ni bien queda en desventaja, la Argentina se pone en modo quinto de caballería y activa la remontada, épica e imparable. “¡Sabía que esto iba a pasar!”, se lamentaba Jamie O’Hara, un exjugador británico devenido presentador, ante los goles argentinos que dieron vuelta el partido mientras, indignado, exigía el despido del entrenador inglés por haber replegado su equipo al fondo para defender el 1 a 0. “¡Ellos no se rinden, ellos no se rinden!”, repetía desencajado.
A veces la desesperación nos lleva a enunciar grandes verdades. Porque esto es lo que viene pasando: los nuestros no se rinden. Y ganan por eso. El secreto no pasa, entonces, por las habilidades técnicas de los jugadores o por la táctica y la estrategia planificadas desde un pizarrón. Se trata de una condición de ánimo, intransferible e inimitable. Una cualidad extradeportiva que, a los ojos de los rivales, coloca a la selección en un escalón muy alto y la vuelve casi –siempre casi- invencible. Es una mística que excede a los jugadores, una energía que brota de los sentimientos que los unen, de las experiencias que han compartido, y del modo en que han aprendido a quererse. Juegan por ellos mismos, por amor a la camiseta, pero también por el compromiso que cada uno ha asumido frente al resto de sus compañeros, no por obligación, sino por cariño y respeto. La fuerza para vencer los obstáculos se multiplica cuando el sacrificio físico personal se sostiene en un espíritu colectivo al que todos aportan y del que todos se alimentan. Ese intangible esencial no se puede inventar. Tampoco se puede construir de un día para el otro a fuerza de voluntad. Sucede y ya. Pero cuidado, se trata de algo que ha nacido de las cualidades personales de los jugadores. Eso es lo más asombroso. De allí que las implicancias de este Mundial, y sobre todo la lección que este equipo nos da, van mucho más allá de lo deportivo. Nada de todo lo que está pasando habría sido posible si no primaran en la selección, del cuerpo técnico al último de los suplentes, dos cualidades humanas que no abundan en semejante grado: la humildad y la entrega.
La generosidad de este equipo también le ofrece un lugar protagónico a la hinchada, de la que además es parte
El aporte de Messi a este espíritu es tan importante como el aporte de su magia dentro de la cancha. Tras los triunfos, no se ha cansado de hablar del grupo, de lo mucho que disfruta de estar y competir al lado de sus compañeros, “de convivir con ellos todos los días”. Valen las comillas para destacar que esto es algo que supera los límites del campo de juego. Por lo general, el número uno de cualquier disciplina despierta más envidia que admiración entre sus pares. No suelen ser queridos. Este plantel se desvive por Messi porque al crack le sobra amor propio del bueno, pero carece de la soberbia que suele acompañar los logros de aquellos que llegan a lo más alto y miran desde arriba. Su humildad lo hace querible. Fuera de la cancha, es uno más entre los otros.
Scaloni sigue el partido al borde de la línea de cal. Pero en verdad está del otro lado, con los jugadores. Porque el espíritu del equipo le debe muchísimo también a él. Su modo de entender el fútbol y la vida le abrió las puertas a Messi para que volviera y recuperara la alegría de jugar. Quitó de en medio la obsesión excluyente por el resultado, hoy un mal de época, y así le aligeró a nuestro diez el peso que cargaba. Un gesto que pasó desapercibido durante el partido contra Inglaterra lo pinta bien: cuando íbamos perdiendo y faltaban menos de treinta minutos para el tiempo cumplido, lejos de la desesperación que nos había ganado a todos, Scaloni les pidió a sus muchachos que jugaran tranquilos. En su centro, siempre.
¿Por qué queremos tanto a este equipo? Por sus triunfos, seguro, pero también por estas cosas. Y porque su generosidad también le ofrece un lugar protagónico a la hinchada, de la que son parte. Cuando saltan y cantan en la cancha después del partido parecen menos jugadores que hinchas que quieren confundirse con el grito que baja de las gradas. Como si volvieran a ser esos pibes que solo dejaban el potrero para gritar los goles de sus ídolos y festejar los triunfos de la camiseta que hoy visten con tanto orgullo y corazón.
En ese grito compartido nos hemos vuelto a encontrar los argentinos. Nos devuelve a una suerte de identidad colectiva cargada de virtudes que laten en nuestra gente, pero que como comunidad hemos perdido. De ese grito que mientras dura iguala a ricos y pobres, a populistas y republicanos, a altos y bajos, se cuelgan sin pudor, cómo no, corruptos de toda laya que besan la camiseta y cantan los goles mientras le roban la plata y la vida al mismo pueblo con el que festejan, desplegando una descarada impunidad que es la contracara del espejo que ofrece el equipo de Scaloni y que, vaya paradoja, no deja de ser también muy propia de estas tierras sin ley ni justicia.
Que el cinismo de los delincuentes no empañe el festejo. No tiene cómo. Falta el partido final y queremos ver al equipo dando la vuelta olímpica. Pero, cualquiera sea el resultado y contra todo, esta batalla ya la ganamos. Gracias, muchachos.
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