La política en off side
“Es sólo un partido de fútbol, punto”. Ni revancha ni reivindicación. Nada de eso. Apenas un encuentro deportivo. Con la templanza que lo caracteriza, Scaloni intentó contener la escalada que precedió al memorable duelo con Inglaterra.
Tan delicado empeño no logró bajar la espuma de un partido marcado por la historia.
La decisión de prohibir el ingreso al estadio de Atlanta con imágenes o referencias bélicas o políticas no logró borrar de las consignas ni de los corazones mundialistas a “los chicos de Malvinas que jamás olvidaré”.
La medida, consensuada para evitar incidentes entre las hinchadas, activó a quienes, pese a todo, pretendían no dejar pasar el momento.
“Jugamos contra los piratas usurpadores”, escribió Victoria Villarruel en las redes. Y agregó que no sería “políticamente correcta ni pecho frío”. “Es Malvinas, es el Diego, es la última de Leo y es pararle el carro a los invasores”, agregó.
Fútbol, guerra y nacionalismo exacerbado confluyeron en una irrupción descontrolada sobre el filo del partido. Una exhibición de oportunismo que dejó a la Vicepresidenta expuesta en su peor versión y motivó la reacción de la diplomacia británica.
El vuelo de la bandera arrojada por los hinchas a la cancha, rescatada por los jugadores y exhibida ante el planeta, se inscribió en ese marco. Poco para reprocharles a los muchachos que, atravesados por la emoción de haber derrotado a Inglaterra, levantaron la consigna escrita con aerosol sobre una sábana de hotel frente a los ojos del mundo. Se hicieron cargo de un sentimiento que nada ni nadie pudo silenciar.
“Son cosas que pasan en la cancha con los jugadores… Es entendible… A los jugadores les gana la emoción…”, dijo Javier Milei en modo indulgente.
Lo de Villarruel es otra historia. Trepada al paraavalanchas de la política, apareció en modo barrabrava para chicanear a Milei y los suyos. Buscó protagonismo, pretendió elevar el voltaje de la confrontación y terminó encendiendo un conflicto diplomático que su propio Gobierno prefiere evitar.
No conforme con haber empañado la previa, azuzando el odio, intentó utilizar el sentimiento malvinero para frenar el tratamiento de la Ley de Tierras, que el oficialismo se empeña en aprobar. También provocó a Patricia Bullrich con argumentos de soberanía territorial completamente fuera de contexto.
Mientras la evaluación de la foto icónica queda en manos de la FIFA, que en el peor de los casos dispondrá una multa de USD 30.000, el desubique de Villarruel pertenece a otra escala.
Villarruel no abrió una crisis diplomática, pero introdujo desde la Vicepresidencia un lenguaje beligerante que condicionó la previa, amplificó la lectura política del partido y volvió más incómoda la estrategia de acercamiento del Gobierno argentino con Londres.
Generó un costo político y comunicacional: endureció el clima y proporcionó argumentos a quienes, en Gran Bretaña, presentaron las manifestaciones argentinas como provocaciones políticas.
Los recurrentes intentos de apropiación de la escena mundialista dejaron a la política en off side.
Ese contraste atraviesa todo el Mundial. Mientras una parte de la dirigencia política intentó apropiarse de la emoción futbolera para exacerbar rivalidades nacionales, discursos identitarios y confrontaciones ideológicas, quienes realmente estaban sometidos a la mayor presión —jugadores, entrenadores y cuerpos técnicos— transmitieron un mensaje exactamente opuesto. Allí donde la política buscó dividir, el fútbol mostró cooperación; donde aparecieron la xenofobia y el oportunismo, la Selección reivindicó el respeto, el trabajo colectivo y la integración.
Frente a las embestidas xenófobas, excluyentes y confrontativas con las que se expresaron distintos líderes y dirigentes políticos, los protagonistas naturales del Mundial contrapusieron el éxito del trabajo en equipo, la cooperación y la mixtura étnica y cultural por encima de las identidades nacionales.
Desde la intervención de Donald Trump para hacer suspender la aplicación de una tarjeta roja a un jugador estadounidense, pasando por las descalificaciones homofóbicas y xenófobas de una legisladora paraguaya y de un expresidente español, hasta la ácida refriega entre Villarruel y Bullrich, el Mundial acumuló una seguidilla de papelones políticos.
Mientras la política irrumpía en la conversación mundialista para dividir y alimentar mensajes de odio y polarización, desde los planteles llegaban expresiones de tolerancia, respeto mutuo y cohesión grupal.
La euforia mundialista dejó a la intemperie las pulsiones ideológicas más oscuras. La xenofobia picó en punta a la hora de descalificar y excluir, generando incluso conflictos diplomáticos.
El caso de la senadora paraguaya Celeste Amarilla fue el más extremo. La legisladora la emprendió contra Kylian Mbappé recurriendo a expresiones de un racismo exasperante. Atacó al goleador francés descalificando su origen, su apariencia, su educación y su crianza con términos irreproducibles.
Mbappé respondió que, por la “imprudencia” y el “racismo descarado” de la legisladora, el mundo había dejado de hablar del recorrido histórico de la selección paraguaya.
Frente al desparpajo de la paraguaya, los dichos de la vicegobernadora Hebe Casado —a quien la embajada francesa declaró persona no grata— parecieron menores, si no fuera porque la vicegobernadora persistió en su convicción.
“Muy bien Paraguay. El equipo africano, flojo de modales. No lo aguanto a Mbappé.”
Como tantos otros, Casado ancla la identidad nacional en la procedencia étnica y el color de la piel.
“La verdad es que no le veo la parte racista al comentario… Racistas son los que consideran que ser africano es malo”, replicó empoderada.
“Negar la nacionalidad de los jugadores franceses por su color de piel o su origen familiar constituye discriminación… El racismo no es una opinión; es un delito”, respondió el embajador francés en la Argentina, Romain Nadal.
El expresidente español Mariano Rajoy fue algo más elegante, aunque no menos desubicado, cuando elogió al equipo de Francia “sin franceses”. Los peores prejuicios afloraron en una competencia atravesada por tensiones identitarias.
“Este equipo francés tiene jugadores de diferentes orígenes. También el país. Somos un grupo unido, un equipo unido, y eso es lo único que importa.”
La definición del mediocampista Warren Zaïre-Emery condensó el mensaje que el fútbol profesional transmitió durante todo el torneo.
Lejos de desdibujar fronteras e identidades, el Mundial las volvió intensamente visibles. Pero también mostró que las sociedades más competitivas no son necesariamente las más homogéneas, sino aquellas capaces de convertir diferencias individuales en un proyecto compartido. La política debería tomar nota.
En el campo de juego predominó un lenguaje de respeto al adversario, reconocimiento mutuo y exaltación del equipo por encima del individuo.
“Preferir a un rival sería una falta de respeto”, respondió Scaloni cuando le preguntaron si prefería enfrentar a España o Francia en una eventual final. Toda una declaración de principios.
Durante todo el torneo, el entrenador reivindicó el trabajo colectivo. La Selección insistió en presentar el éxito como el resultado de una comunidad de trabajo antes que como el logro de una individualidad.
El mérito pertenece al grupo. El talento individual sólo alcanza su verdadera dimensión dentro de un equipo. El vínculo humano precede al éxito deportivo. Nadie gana solo.
Ese mensaje contradice muchos de los postulados dominantes entre las nuevas derechas identitarias y los grupos supremacistas. También interpela a quienes sostienen su escala de valores en la exclusión del diferente y en la prepotencia del poder.
Resulta llamativo que quienes estaban sometidos a la mayor presión competitiva hablaran casi siempre de cooperación, integración y humildad, mientras buena parte del debate público alrededor del Mundial derivó hacia la confrontación política.
Mientras la política militaba sus urgencias, la Selección templaba nuestros corazones. El ángel de Scaloni no descansó.
“Creo que este equipo, cuando mejor juega, es cuando está en dificultad. Y cuando estamos en dificultad... Al final, el fútbol y la vida es esto: dar todo hasta el final e irte a tu casa sabiendo que has dado el máximo. Estos chicos han demostrado eso.”
La dramática remontada del miércoles marcó el punto más alto de la entrega de este grupo. Jugaron bien, pero la diferencia no la marcaron con las piernas sino con el corazón. Nos hicieron sentir parte. La gente, agradecida.
La pulsión identitaria fue una fiesta que fundió pasiones y emociones en la energía irrefrenable que nos arrastró a la final.