Cegar al cíclope
Cuando entró el segundo gol, ya en el tiempo de descuento, se podía oír el grito desde la cueva. Y si los vecinos hubieran acudido corriendo, como hacen los demás cíclopes en el Libro IX de la Odisea, reuniéndose fuera en la oscuridad para preguntar quién le estaba haciendo eso, la respuesta sincera, durante ochenta y cinco de los noventa minutos, habría sido la que da Polifemo: Nadie. Nadie me está haciendo daño. Nadie está venciendo a Inglaterra. Los vecinos se encogen de hombros y vuelven a la cama. Es el juego de palabras más antiguo de la literatura occidental, y el miércoles por la tarde en las pantallas de Argentina se actualizó a niveles insospechados. Hoy, 16 de julio de 2026, es el estreno mundial de la Odisea de Christopher Nolan, pero la premiere fue ayer en Atlanta.
Los cíclopes de Homero no son meros monstruos; son una sátira política, y muy mordaz. Viven en una isla rica que no cultivan. No tienen asambleas, ni leyes, ni barcos; cada uno gobierna su propia cueva, su propia familia, y no le importan en absoluto los demás. No siembran nada, no construyen nada, no navegan a ninguna parte, y la tierra les da todo de todos modos. Los griegos contemplaban este orden de cosas con una fascinación horrorizada: abundancia sin sociedad, fuerza sin destreza, individualidad sobre comunidad y, sobre todo, la ausencia de hospitalidad, que es una de las claves de la sociedad griega. El fútbol inglés ha sido el cíclope de este deporte durante sesenta años. Vive en la isla más rica del deporte, aquella que inventó el festín, y come solo. Generación dorada tras generación dorada crece salvaje en ese suelo, sin labrar, sin cosechar. Y, al igual que Polifemo, tiene un solo ojo, y todo el mundo sabe en qué año se formó ese ojo. Inglaterra no ve el fútbol; ve 1966, con un solo ojo, y todo lo que ha sucedido desde entonces se juzga en función de cuánto se asemeja a la única imagen que ese ojo puede retener.
En el minuto cincuenta y cinco, Anthony Gordon convirtió el gol para Inglaterra, y Thomas Tuchel hizo lo único que vio posible hacer: empujar la piedra gigante contra la entrada de la cueva. El episodio del cíclope suele recordarse como una aventura. En realidad, es un problema de teoría de juegos. Odiseo y sus hombres están atrapados en la cueva, y la solución obvia, matar al gigante mientras duerme, es una trampa dentro de la trampa: la puerta está sellada con una piedra tan grande que solo Polifemo puede moverla. Si matas a tu carcelero, mueres con él. No puedes usar la fuerza contra una criatura cuya fuerza es la única salida. Debes cegarlo, precisamente, y dejarlo con vida para que te abra la puerta. Es el problema más puro de todo el poema; la metis: la astucia contra la fuerza bruta. Argentina se enfrentó el miércoles al mismo problema que Odiseo: el gigante bloqueó la salida y lo único que quedaba por hacer es que el gigante la abra él mismo.
Así que, como en la Odisea, los jugadores le dieron vino. Homero (o Scaloni, da igual) especifica que el vino es puro, más fuerte de lo que el cíclope jamás había probado, y que Odiseo se lo sirve tres veces. Argentina hizo lo mismo y, con ese espíritu, copa tras copa, intento tras intento, logró que el gigante se volviera pesado por su propia ventaja y su único ojo comenzó a cerrarse. Y durante todo ese tiempo, el hombre pequeño en el rincón de la cueva ocultó su nombre. Messi no fue nadie durante ochenta minutos el miércoles: objeto de faltas, al margen, con la barba gris, un rumor que Inglaterra ahora no acababa de localizar. Cuando el cíclope Polifemo pregunta el nombre de su huésped, Odiseo responde Outis, Nadie, y el gigante se ríe y promete comerse a Nadie en último lugar. Es la única muestra de hospitalidad que ofrece. En respuesta llega la estaca directo al ojo, la estrategia planeada, consensuada en equipo: madera de olivo, afilada, endurecida al fuego, clavada y girada como un taladro, con dos manos haciéndola girar. Dos vueltas. En el minuto 85, un centro con peso específico encontró a Enzo Fernández, y el ojo se desprendió. En el 92, otro encontró la frente de Lautaro Martínez, y ya estaba hecho. Nadie cegó al cíclope; los goles pertenecen a otros nombres, lo que constituye la fidelidad más profunda al texto que este partido ha logrado jamás. Messi, a sus treinta y nueve años, ha aprendido la disciplina que Odiseo tenía al principio y perdió al final: el truco solo funciona mientras sigas siendo Nadie.
Hay una segunda escena del poema superpuesta en esos siete minutos. En el libro XXI, Penélope saca el arco de su marido y propone una prueba que los pretendientes no pueden ganar, porque la prueba no es realmente tiro con arco; es identidad. Solo un hombre puede tensar ese arco. El mendigo (que es Odiseo disfrazado) pide un turno, y el salón se ríe. Messi pidió gancho y tensó dos veces el arco, dos flechas atravesando las hachas, dos asistencias de un hombre al que los contrincantes habían decidido tratar como una reliquia. La escena del reconocimiento no requirió ninguna cicatriz. Todos los presentes en el estadio sabían exactamente quién era; ahí radicaba el horror. Los pretendientes del libro XXII también lo saben, al final. Saberlo no cambia nada, no alcanza, no compensa. Odiseo le dice al cíclope que “Nadie” lo cegó. Luego no aguanta el anonimato y le grita antes de dejar la isla ”Decidles que fue Odiseo, hijo de Laertes, el saqueador de ciudades” y esa necesidad de protagonismo da inicio a su Odisea. El Odiseo del final entiende que el anonimato le da la ventaja, que no necesita firmar con su nombre. Aprende, luego de años de sufrimiento, que la estrategia y la confianza en los propios gana la batalla.
La mañana tras la ceguera, el cíclope Polifemo se sienta a la entrada de la cueva, acariciando el lomo de sus carneros mientras estos salen en fila hacia el campo, y Homero de manera extraña le dedica el discurso más tierno del poema. El cíclope le habla a su carnero favorito, el más grande, el que siempre encabezaba el rebaño y que ahora, extrañamente, va último: ¿qué te pasa?, ¿por qué vas el último?, ¿estás de luto por el ojo de tu amo? El monstruo, ciego, se convierte de repente en un pastor, y el poema le permite mostrarse tierno exactamente el tiempo que le lleva a nuestro héroe escapar atado bajo el animal en el que confía. El fútbol inglés se ganó su escena del carnero ayer por la tarde. Harry Kane al sonar el pitido final, el líder del rebaño, el último en salir de la cueva una vez más, sesenta años de dolor; Tuchel en la boca de la bestia diciendo que no se arrepentía de nada, que quizá ese había sido su mejor partido. No hay razón para no creerle. Homero tampoco dejó de creerle a Polifemo. El episodio más cruel del poema contiene su discurso más humano, y le reconoce su capacidad de dolor.
Ese dolor tiene nombre griego: nostos, y aquí el poema pertenece, dolorosamente, a Inglaterra. “Football’s coming home” es un cántico de regreso a casa, una canción de nostos; sitúa el paraíso en 1966 y describe toda la historia posterior como una odisea de vuelta. Pero la Odisea es poco sentimental respecto al regreso a casa. Cuando Odiseo finalmente desembarca en Ítaca, no la reconoce. Atenea ha envuelto la isla en niebla, y él se encuentra en su propia playa convencido de que lo han dejado en la orilla equivocada. El hogar hacia el que navegas durante veinte años no es un lugar; es un recuerdo que viste las ropas de un lugar. La Inglaterra de 1966 es esa playa envuelta en niebla. El país sigue llegando a ella y encontrándola desconocida, porque lo que recuerda nunca existió del todo tal y como se recuerda, y el miércoles se encontraba de nuevo en la arena, con un gol de ventaja y media hora por jugar, lo suficientemente cerca como para oler el humo de la leña, y la niebla descendió en forma de dos centros desde la izquierda.
La palabra Nadie, en Argentina, tiene una tumba. La guerra de 1982 duró setenta y cuatro días y dejó 649 muertos argentinos, la mayoría conscriptos de dieciocho y diecinueve años. En el cementerio de Darwin, en las islas, más de un centenar de cruces blancas llevaron durante treinta y cinco años la misma inscripción: “Soldado argentino sólo conocido por Dios”. La fórmula es inglesa. La eligió Kipling para los caídos sin identificar de la Primera Guerra, “Known unto God”, y el imperio la prestó, traducida, para los muertos de su última guerra colonial. Recién a partir de 2017 un equipo forense argentino, trabajando con la Cruz Roja, empezó a devolverles el nombre, tumba por tumba, cotejando el ADN con las madres que todavía estaban vivas para esperar el resultado. Outis, Nadie, no es para nosotros solamente el truco más célebre de la literatura occidental.
Maradona jugó el partido de 1986 en clave de tragedia griega, y lo confesó: escribió en su autobiografía que, aunque antes del partido decían que el fútbol no tenía nada que ver con la guerra, todos sabían que allá habían muerto muchachos argentinos, y que ganarle a Inglaterra fue en cierto sentido recuperar un poquito de las islas. La mano de Dios es un acto de venganza firmado; por eso necesitó nombre, y doble: el suyo y el de Dios. Lo del miércoles puede presentarse con el mismo arco, las Malvinas y 1986 curvándose una vez más. Creo que la propia Odisea propone una escena más extraña. Después de que Odiseo masacre a ciento ocho pretendientes, el poema no termina. Las familias de los muertos se arman y marchan hacia su granja, porque la masacre no es más que una nueva deuda, y la venganza es una moneda que nunca deja de circular. Homero no encuentra una solución humana a esto. Necesita que Atenea descienda, en los últimos cincuenta versos, e imponga la paz por decreto. El poema más antiguo sobre la venganza termina admitiendo que la venganza no tiene un punto de cierre natural, que solo un dios, o una amnistía, te saca de ese círculo vicioso.
Argentina, me parece, salió de ese círculo en diciembre de 2022. Si hubo justicia en Atlanta, no fue venganza, sino la otra palabra griega, dike, la idea más silenciosa de que el mundo tiene una forma legítima y, al final y a pesar de todo, vuelve a ella. El mejor jugador ganó, legítimamente, en el último momento. Eso no es venganza. Eso es orden. Y hay una simetría que ningún columnista de venganzas va a poder ofrecer: el país que tardó treinta y cinco años en devolverles el nombre a sus muertos ganó, esta vez, sin necesidad de firmar. Nadie venció a Inglaterra, y por primera vez la palabra no duele. Porque entendimos que nadie significa “todos juntos” como firma Messi cada vez que publica un mensaje.
¿Y Messi? Messi no hace más que complicar el pacto central del poema. A Aquiles se le ofreció la elección, kleos o nostos, la fama inmortal o el viaje de vuelta a casa, y la tragedia de la Ilíada es que no se pueden tener ambas cosas. Messi, de forma casi obscena, ya tiene ambas: la gloria eterna de 2022 y el regreso a casa, el abrazo de su país, el retorno del héroe troyano, la restauración de un orden que para nosotros es de cualidad casi divina: ganarle nada mas y nada menos que a Inglaterra en una semifinal “por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo”. Según el centro neural del poema, ya no le queda nada por lo que navegar. Entonces, ¿por qué sigue ahí fuera un hombre de treinta y nueve años, en julio, en Georgia? Tiresias le dice a Odiseo, en el inframundo, que el viaje no termina en Ítaca. Tras el regreso a casa, tras la matanza, el héroe debe cargar con un remo y caminar hacia el interior, alejándose del mar, hasta llegar a un pueblo que no sabe nada de barcos, que no entiende qué es un remo. Allí, en el país donde el instrumento de toda su vida resulta irreconocible, debe clavarlo en la tierra. Solo entonces queda liberado. Ayer, Messi se adentró aún más, hasta Atlanta, una ciudad sin salida al mar bajo un techo cerrado, y lo plantó.
Las naves están ahora nuevamente en el mar. El domingo, Argentina juega contra España, y un marinero que acaba de cegar a un gigante sabe que debe entrar al mar con aplomo: Poseidón tiene buena memoria y una dirección fija. Ulises perdió diez años y todas sus naves por no poder callar el nombre al zarpar. La lección del libro IX se aplica bien: la huida nunca es lo difícil. Lo difícil es mantener la boca cerrada al salir. Aunque Tiresias promete otra cosa: que una vez plantado el remo, la muerte llegará suavemente, “desde el mar”, en una vejez serena, rodeado de gente próspera. El domingo descubriremos qué tipo de final tiene en mente el mar para estos marineros y su capitán. Aunque la batalla final ya la ganamos.