El valor del individuo en la sociedad
Atento a opiniones que han cuestionado la homilía de Monseñor García Cuerva, el pasado 9 de Julio, y que resaltan al individualismo como valor, cabe en estas líneas realizar un aporte conceptual sobre ello.
Es cierto que el cristianismo contribuyó decisivamente al reconocimiento de la dignidad irrepetible de cada persona. Pero de allí no se sigue que la Iglesia ni el humanismo cristiano hayan abrazado el individualismo como filosofía social. Precisamente, la doctrina social cristiana distingue claramente entre persona e individuo.
La persona es un ser relacional. Está llamada a vivir en familia, en comunidad y en solidaridad. Como enseñó Jacques Maritain, uno de los grandes filósofos socialcristianos del siglo XX, el individuo puede encerrarse en sí mismo, mientras que la persona sólo alcanza su plenitud mediante el don de sí.
San Juan Pablo II desarrolló la misma idea en Centesimus Annus: la libertad personal jamás puede separarse de la solidaridad y del bien común.
Por eso, cuando García Cuerva critica el individualismo, no está negando la dignidad de la persona; está cuestionando una cultura donde el interés propio termina desplazando la responsabilidad hacia el conjunto. Además de que la libertad, no resulta ser algo que se pueda ejercer sin condicionamiento alguno, no es en ningún caso una libertad de indiferencia. A eso se refería la homilía del 9 de julio del Arzobispo de Buenos Aires. En orden a ello, téngase presente que las decisiones políticas no ponen en juego únicamente datos objetivos, sino el valor sobre el ser humano y la sociedad.
Se ha tomado la parábola del buen samaritano erróneamente. Porque la parábola del Buen Samaritano no trata sobre la oposición entre Estado y caridad privada. La enseñanza consiste en que toda persona necesitada merece nuestra compasión.
No pretende resolver el debate contemporáneo sobre impuestos, gasto público o subsidios. Extraer de allí una defensa del Estado mínimo constituye una lectura ideológica del texto bíblico.
Por supuesto que el Estado no reemplaza la caridad, pero sí posee responsabilidades propias.
Desde León XIII (Rerum Novarum) hasta Francisco (Fratelli Tutti), la Iglesia afirma que existen deberes de justicia además de deberes de caridad. Y la justicia exige instituciones que protejan a los más vulnerables. De hecho, nuestro preámbulo constitucional reza: ...”promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad”.
En este caso, la conjunción “Y” viene a ser de carácter coordinante en donde ambos elementos se suman, no se contraponen; les da un mismo sentido al bienestar general y a la libertad, que no representan dos temas separados sino unidos con un sentido común; el del ser humano en sociedad, sin exaltación del individualismo disociado del sentido de pertenencia a un proyecto común, ni tampoco implica un colectivismo anulador de la persona.
En consecuencia, no se trata de “estatismo”, sino del principio de bien común, en tanto la subsidiariedad —otro principio clásico del socialcristianismo— limita al Estado, pero nunca lo elimina.
Al criticar la homilía de García Cuerva se hace referencia a la baja de la pobreza. Pero aun suponiendo correctos esos datos, la objeción no resulta concluyente, porque la Iglesia no evalúa únicamente resultados estadísticos. También considera: 1) Cómo se distribuyen los costos 2) Qué trato reciben los más vulnerables 3) La existencia de exclusiones 4) La protección de la dignidad laboral 5) El debilitamiento o fortalecimiento del tejido social; etc. En consecuencia, la acusación moral no queda automáticamente refutada con estadísticas. Por ello la libertad desligada de la realidad social, termina siendo una ilusión teórica y en ocasiones, impone el dominio del más fuerte sobre el más débil.
Las críticas se concentran en una falsa disyuntiva entre liberalismo y colectivismo como únicas opciones, sin tomar en cuenta que la Doctrina Social de la Iglesia rechaza a ambos. La síntesis está en el encuentro entre la libertad personal y la solidaridad. Precisamente esa fue la inspiración de pensadores como Emmanuel Mounier, Jacques Maritain, Luigi Sturzo y, en buena medida, Konrad Adenauer y Alcide De Gasperi en la reconstrucción europea de posguerra.
En síntesis, la libertad, la responsabilidad y la solidaridad no son valores contrapuestos, sino complementarios. El error es presentar la crítica eclesial al individualismo como si fuera una negación de la dignidad personal, cuando en realidad cuestiona aquellas formas de individualismo que debilitan el bien común y los vínculos de solidaridad sin dejar de afirmar, con igual fuerza, el valor inviolable de cada persona.
Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de Clarín