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infobae.com · hace 10 horas · Manuel Ferrini

La IA decide qué comprás: la nueva guerra por aparecer en las recomendaciones

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Una mujer escribe en su teléfono: “Necesito una cafetera de espresso para casa, presupuesto medio, que no ocupe media cocina”. La respuesta llega en segundos: dos opciones, los pros de cada una, una recomendación clara. Compra la primera. No abrió Google, no leyó cuarenta reseñas, no comparó precios en tres pestañas.

Esa escena ya mueve dinero. Adobe Analytics midió que el tráfico hacia sitios de retail de Estados Unidos proveniente de asistentes de inteligencia artificial creció alrededor de un 693% interanual en la temporada navideña de 2025, y esos visitantes compran efectivamente más de un 31% más que el resto.

¿Por qué funciona tan bien? Primero, porque parece el vendedor ideal. Conoce tus gustos, tu presupuesto, tu grupo familiar y lo que te falta, porque se los fuiste contando. Responde en segundos y no cobra comisión por venderte. Todavía. Del otro lado hay un usuario agotado de la publicidad, de los banners, de la fila de resultados patrocinados antes del primer resultado real.

Segundo, por algo menos cómodo de admitir. Las redes sociales y las pantallas nos dejaron más solos, y la IA se está volviendo alguien con quien hablar. Le contamos problemas médicos, dudas legales, angustias de madrugada. Un vendedor que primero fue confidente no necesita vender: le compramos solos.

Ahí aparece el peligro que casi nadie nombra. Ese confidente no sabe nada por sí mismo: lee internet y lo repite con buena prosa, e internet sigue siendo un territorio muy manipulable. Estamos depositando confianza de amigo en un sistema que recita información que no siempre puede verificar.

Las marcas olieron el cambio antes que los reguladores. Durante veinte años el juego digital fue aparecer primero en una lista, y sobre eso se construyó la industria del SEO. El juego nuevo es ser la respuesta. De esa ansiedad nació el GEO, la optimización para motores generativos. GEO es lograr que la IA te cite como fuente para resolver la intención de búsqueda de un usuario. No aparecer debajo de la respuesta: ser parte de ella.

Y acá viene la parte incómoda. Seis de cada diez clientes preguntan cómo posicionarse en la inteligencia artificial. Cuando se enteran de lo que implica, construir autoridad real durante años, documentar casos, sostener una reputación que no se compra, muy pocos están dispuestos a hacerlo. Todos buscan el atajo. Este es el primer canal que no lo tiene.

Esa es la diferencia de fondo con Google que muchos no quieren ver. El buscador mostraba diez enlaces y el usuario elegía; en ese acto conservaba su escepticismo. El asistente entrega una respuesta y el usuario delega. Al que compara se le puede vender; al que delega solo se le puede ser leal.

Los números lo dicen sin poesía. En una encuesta de Harris Poll y Quad de este año, el 75% de los consumidores estadounidenses afirmó que confiaría menos en un asistente de IA, y en la marca involucrada, si descubriera que la recomendación fue pagada. El activo entero del vendedor invisible es parecer imparcial. Quien compre ese espacio no compra publicidad: alquila credibilidad ajena para incendiarla.

El relato triunfalista tiene además una grieta que las propias plataformas exhibieron. En septiembre de 2025, OpenAI lanzó Instant Checkout: comprar sin salir de ChatGPT, con Etsy y Shopify como socios y un protocolo de comercio construido con Stripe, ante unos 700 millones de usuarios semanales.

En marzo de 2026 dio marcha atrás. La gente investigaba en el chat, pero cerraba la compra en el sitio del vendedor; los impuestos seguían sin resolverse, los datos de producto eran imprecisos y menos de quince comercios de Shopify llegaron a estar activos. Amazon vivió su propia versión: Rufus, su asistente de compras, superó los 300 millones de usuarios en 2025 y en mayo de 2026 terminó absorbido por la barra de búsqueda como “Alexa for Shopping”.

La lección es una sola. Que la IA influya en la compra y que la IA venda y cobre son dos negocios distintos, y el segundo todavía no cierra. Según YouGov, la mayoría acepta que la IA compare precios por ella, pero apenas un 14% confía en que ejecute la compra. Consejero sí, cajero no.

Las ventas referidas por IA van a crecer de forma abrupta un tiempo más, hasta que el usuario descubra que detrás de la voz amable hay bastante de lo mismo: información reciclada, sesgos, intereses sin rotular. Ahí la euforia se pincha y empieza la curva de siempre: pico de expectativas infladas, valle de desilusión y una mejora lenta hasta volverse lo que prometen, herramientas para decidir mejor. Crecimiento lineal, de producto maduro, no la vertical de hoy.

Mientras tanto, queda la pregunta grande. Media docena de modelos se están convirtiendo en los gondoleros del consumo mundial: deciden qué producto queda a la altura de los ojos para miles de millones de decisiones. Cuando eso lo hace un supermercado, cobra por el espacio y el negocio es opaco pero conocido. Cuando lo hace un modelo, ni siquiera conocemos el criterio.

Perplexity cita sus fuentes en casi todas sus respuestas; otros asistentes, mucho menos. La publicidad tardó un siglo en aceptar la palabra “aviso” impresa en el borde. Acá no hay borde, no hay rótulo y no hay auditor.

¿Qué le queda entonces a una marca? Los modelos no leen la pauta, leen todo lo demás: reseñas, foros, prensa, casos, la huella completa que un negocio deja en internet. Al viejo algoritmo se lo engañaba con trucos de página; a un sistema que digiere tu reputación entera solo lo convence una reputación entera.

El vendedor invisible seguirá susurrando al oído del consumidor, cada vez más veces por día. Su susurro vale fortunas mientras nadie lo patrocine. Las marcas que lo entiendan trabajarán para ser la respuesta correcta. Las otras pagarán por ser la respuesta, y el día que se note, no habrán comprado un cliente. Habrán vendido al amigo.

*El autor de esta columna es especialista en Tecnologías emergentes, consultor de Negocios digitales y CEO de Caissa.

Horacio Sanguinetti, un maestro en el sentido más noble de la palabra