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clarin.com · hace 18 horas · Clarin.com - Home

Jugar contra Inglaterra y vencerla en buena ley

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Dos a uno, a pura garra y corazón. Un partido es solo un partido, y es verdad. Pero eso no quiere decir que un partido signifique lo mismo para todos. “¿Qué se siente jugar contra Inglaterra?”, le preguntaron a Leandro Paredes, que respondió: “No voy a opinar sobre eso, pero todos sabemos de lo que estamos hablando”.

Esa es la clave para entender por qué millones de argentinos están emocionados por la clasificación a la final del Mundial. Sucede que el acontecimiento —jugar contra Inglaterra, vencerla en buena ley— sacudió las capas tectónicas de la memoria popular: un agravio, un despojo, una guerra que por sus circunstancias y su contexto aún genera dolorosas controversias. Por eso nunca iba a ser un simple partido.

Hay encuentros que se juegan dos veces: una en la cancha y otra en la memoria. Argentina-Inglaterra pertenece a esa categoría. Durante días los medios recuperaron estadísticas, goles memorables y enfrentamientos anteriores. Como ocurre cada vez que aparece este cruce, la conversación fue mucho más allá del fútbol. Hace poco escuché a unos chicos discutir cómo convenía marcar a los delanteros ingleses. Ninguno había visto jugar a Maradona. Ninguno podía recordar 1982. Sin embargo, cuando apareció el nombre del rival, apareció también otra palabra: Malvinas.

Eso dice algo sobre la persistencia de ciertas experiencias históricas. No porque un partido pueda reparar derrotas militares ni porque los jugadores sean herederos de conflictos ocurridos hace más de cuarenta años. Tampoco porque una victoria modifique una disputa de soberanía. Hace casi treinta años que trabajo sobre la guerra, sus protagonistas y sus memorias. Sé que un triunfo no devuelve las islas. Sé, sobre todo, que ningún resultado devuelve a los muertos.

Pero también sé que las sociedades construyen sus recuerdos a través de relatos, símbolos y emociones. Y el fútbol es uno de los lenguajes privilegiados para hacerlo.

Un partido no es revancha de nada, más que de otro partido. Las guerras no tienen revancha posible. Los muertos tampoco. Pero tampoco me convence la pretensión de mirar estos encuentros desde una distancia aséptica. Las emociones también forman parte de la historia. Traman el hilo invisible entre las generaciones.

México 86 ocupa un lugar especial en esa urdimbre, porque condensó una experiencia colectiva apenas cuatro años después de la guerra. Desde entonces, cada enfrentamiento con Inglaterra reactiva una memoria que cambia con el tiempo y encuentra nuevas formas de vivir.

Cuando terminó el encuentro y llegaron los abrazos, la alegría fue genuina. La emoción, desproporcionada al acontecimiento. La felicidad de alcanzar otra final del mundo. Pero también había otras presencias. Invisibles sobre el césped, mezcladas entre los cánticos, sentadas en miles de hogares. El pasado no volvió a jugar el partido. Nada ha cambiado. Sin embargo, durante noventa minutos, millones de argentinos participaron de una conversación que lleva décadas acompañándonos.

Una conversación sobre un partido, desde luego. Pero también sobre la memoria. Sobre aquello que una sociedad decide no olvidar. Sobre las formas en que el pasado vuelve a sentarse en la tribuna junto a nosotros.

Tan inesperadas como la bandera desplegada por los jugadores argentinos con una leyenda que toca tantos corazones: “Las Malvinas son argentinas”. Que los burócratas del fútbol y los funcionarios de pacotilla no pidan el VAR. Son ellos los que quedaron en offside.

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