Ganarles a los ingleses: anatomía de la felicidad
Falta una hora y media para el partido y la avenida 9 de Julio está colapsada. La Policía ordena el tránsito en las esquinas y en la plaza del Obelisco hay por lo menos 300 personas que saltan con banderas y posan para los turistas que no paran de sacarles fotos.
En la cuadra siguiente hay un auto viejo, parado sobre la derecha, echando humo. Tres pibes enfundados en camisetas de la Selección deliberan junto al capó abierto, a punto de abrir la tapa del radiador, cuando otro auto les para al lado. Les ofrecen agua y les gritan: “No pasa nada… es la pausa de hidratación”. Todos ríen.
En un rato este mar de autos enloquecidos -algunos llevan colgando de las ventanillas banderas con la silueta de las Malvinas- estará desierto. Tras el partido habrá otro mar, pero de gente feliz.
Ninguno de los jugadores que disputan este Argentina-Inglaterra había nacido cuando Maradona hizo sus goles eternos.
Goles que el VAR hubiera anulado: el primero por mano del 10 de los azules. El segundo por una falta del 2 de los azules (Sergio Batista) al 9 de los blancos (el volante Glenn Hoddle) a raíz de la cual Argentina recupera la pelota que termina en los pies de Maradona y, 13 segundos después, adentro del arco inglés.
No fueron los goles a la Selección de Inglaterra, ni los goles a Inglaterra sino, para siempre, los goles a los ingleses.
Ahora, entre los hinchas que llegan al estadio, en Atlanta, le preguntan a un cordobés qué espera de este partido: “Ganarles a los ingleses”, dice.
No dice llegar a la final, ni pasar de ronda. Y agrega que sería “un regalo del cielo”.
Otros lagrimean. No se vieron hinchas lagrimeando en las previas ante Cabo Verde, Egipto ni Suiza. Ni afirmando que sería una bendición “ganarles a los suizos”.
A esta tarde de miércoles en Atlanta llega algo de aquella carga eléctrica del 86 en México.
Llega a tal punto que los protagonistas llevan días aclarando que es sólo un partido de fútbol. Es verdad y no lo es.
El fútbol arrastra connotaciones que lo ligan a las entrañas de la empatía humana.
"Soy de este club por mi viejo" es una sentencia que marca una fidelidad eterna por los colores.
Un cliché cultural indiscutible de la argentinidad, como esas cuatro palabras que repetimos desde que aprendemos a leer: Las Malvinas son argentinas.
Esta alquimia extraña de guerra perdida contra partido ganado es tanto un desatino racional como un cable emocional difícil de desconectar que baja, como un hilo rojo, de las tribunas al césped.
Por eso están ahí los jugadores cantando el himno como nunca. Scaloni cierra fuerte los ojos cuando entona Oh juremos con gloria morir. El Cuti Romero tiene los ojos enrojecidos y Lisandro Martínez cierra el puño sobre el hombro de un compañero.
Bellingham mide 1,86 y se desliza con la pelota como si fuera un patinador artístico.
En el primer tiempo, nadie regala un centímetro y los extremos argentinos marcan más de lo que atacan. Los ingleses parecen más confiados adelantados en el campo, pero es sólo una insinuación.
En ese momento, son dos equipos que se traban como los boxeadores que no sacan las manos para no recibir golpes mal parados.
Por la izquierda del ataque inglés, Spense suena a speed y es una flecha de Robin Hood en el bosque de Sherwood. Pero el Cuti Romero sale jugando entre dos, en la puerda del área chica, como si estuviera mirando vidrieras.
Lo que más asusta cuando termina el primer tiempo es que Harry Kane ni la vio, por aquello de que cuando la tocan los goleadores va adentro. Pero tampoco Messi pateó al arco.
Antes de los 10 del segundo tiempo Argentina queda 1-0 abajo y la historia cambia, porque en el 86 había sido 1-0 arriba.
Falta media hora y Argentina es un puma herido que va con lo que tiene. Como en los partidos del campito que hay que dar vuelta, Scaloni pone delanteros. El técnico de Inglaterra, defensores.
El sitio por el que fluye el juego se achica demasiado y Argentina tiene que inventarse espacios. Como mineros en la piedra, abrir centímetros a golpe de pases justos.
Los ingleses inventaron el fútbol pero a nosotros nos gusta pensar que el azar castiga a los mezquinos. La máxima parece fallar con los tiros en los palos de MacAllister, pero luego llegan los goles que premian al generoso.
Enzo recibe de Messi, patea desde afuera y la clava al lado del palo derecho. Y al rato Messi -de nuevo- va por derecha y pone la pelota en la cabeza de Lautaro.
Enzo Fernández y Lautaro ya están en la memoria colectiva del día en que les ganamos a los ingleses de nuevo.
Y todos recordaremos, como aquella vez, dónde vimos el partido que ahora nuestros hijos van a contarles a los suyos.
Por eso explotan los whatsapps de argentinos por el mundo que se abrazan con los de acá para llegar al Obelisco desde Nueva York, Valencia, Berlín o Sidney.
La felicidad de esta tarde gris, de mate y facturas, de chicos montados en los hombros a los que no les alcanzan las caritas para sonreír más grande, de camisetas de las veredas del Once tan blanquicelestes como las de verdad, de señoras que lloran porque ven llorar a los maridos que no lloran nunca, va por el lado del fútbol y una Selección que sueña con la cuarta Copa del Mundo, pero también por la alegría colectiva de ganar la semifinal que, de tanto repetir que es un partido más, nos convencimos de que no lo era.
Por eso Messi se arrodilla en la cancha y cierra tanto los puños que van a explotarle las manos. Y los jugadores saltan alrededor de una bandera que acerca Lisandro Martínez y dice la frase del dale que te dale: Las Malvinas son argentinas.
Lautaro llora ante un cronista y dice que cuando su padre le compró los primeros botines, en Bahía Blanca, soñó con hacer “este gol”. No cualquiera. Éste.
Una sinfonía de la épica que sucede en la ciudad de Martin Luther King, el hombre que una vez se plantó al mundo para decir, sencillamente: Yo tengo un sueño.
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