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clarin.com · hace 12 horas · Clarin.com - Home

El calvario del libre albedrío

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Tengo dos amigos que están probando esas nuevas inyecciones de moda para adelgazar. Y aunque les recetaron el mismo fármaco, sus resultados fueron completamente distintos. Mi amiga Uno había ganado peso durante un embarazo que la tuvo varios meses en cama. Un nutricionista le recetó la famosa jeringa junto con una dieta balanceada, que acompañó con una rutina de gimnasio. Seis meses después había recuperado el cuerpo que tenía antes del embarazo. Mi amigo Dos sufre obesidad crónica. Pensó que el remedio le cambiaría la vida. Pero, aunque tenía menos hambre, siguió comiendo como siempre y terminó abandonando el tratamiento.

Más allá de la conclusión obvia de que no hay fórmulas mágicas para adelgazar, los dos casos me hicieron pensar en otra cosa: en nuestro inconsciente deseo de delegar decisiones. Todo el tiempo estamos tomando decisiones. Y no me refiero a las vitales —qué carrera estudiar, con quién casarse, si emigrar a otro país— sino a las pequeñas elecciones de todos los días: a qué hora levantarnos, si quedarnos cinco minutos más en la cama, hacer café o mate, mirar el teléfono o tender la cama. Y aunque la mayor parte de estas decisiones las hemos puesto en piloto automático y las tomamos sin demasiado análisis, son los hábitos cotidianos los que definen quiénes somos.

Claro que no podemos detenernos a reflexionar sobre el complejo árbol de posibilidades que abre cada disyuntiva. Nos paralizaríamos y seríamos incapaces de salir de la cama. Pero lo que sí siento que muy en el fondo deseamos, es delegar este peso en otros. Una inyección que nos diga qué comer, una pastilla que nos indique cuándo dormir, un robot que nos organice la agenda. Pero ser adulto consiste justamente en enfrentarse con plena consciencia al abismo del libre albedrío. Y, si lo pensamos bien, resulta aterrador.

Durante varios años practiqué karate en una escuela muy tradicional dirigida por un maestro japonés. Cada verano hacíamos una concentración de una semana intensiva en la que dejábamos todas nuestras decisiones en manos de ese líder. Dormíamos en cuartos compartidos, entrenábamos durante horas, comíamos un menú fijo y seguíamos un cronograma inalterable. Era un castigo feroz para el cuerpo, pero un descanso extraordinario para la cabeza. Mis amigos no entendían por qué me sometía voluntariamente a una experiencia más parecida a la colimba que a unas vacaciones. Yo les explicaba que la suspensión del libre albedrío me liberaba de toda responsabilidad, y eso, para mí, era un alivio incomparable.

Con el tiempo aprendí a construir mis propios patrones de conducta. Tal vez por eso miro con desconfianza esa famosa jeringuita que se supone que te cambia la vida. Porque el verdadero cuco nunca fue el hambre, ni las ganas de comer, sino la presión de tener que tomar decisiones todo el tiempo. Y contra eso todavía no se inventó ninguna inyección.

Paloma Fabrykant

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