Enseñar para desaprender en la universidad
Durante siglos, el prestigio de una universidad estuvo estrechamente ligado al prestigio de quienes enseñaban en ella. La notoriedad de un profesor, sus investigaciones, sus publicaciones y sus cargos académicos constituían una garantía de calidad. Cuanto más ilustre era el docente, mayor era el valor simbólico de la institución. Ese paradigma dio origen a universidades de gran trascendencia, consolidó comunidades científicas y permitió formar generaciones de profesionales que impulsaron el desarrollo de sus países. Sería injusto desconocer ese legado porque fue el fundamento sobre el cual se construyó gran parte del conocimiento moderno.
Inspirada, en gran medida, en la organización napoleónica, la Universidad fue diseñada para formar los profesionales y funcionarios que requería el Estado-Nación: médicos, abogados, ingenieros, docentes o administradores públicos. Una institución organizada en facultades y disciplinas claramente delimitadas, con jerarquías definidas y una autoridad académica indiscutible, fue un modelo que fue eficaz para responder a los desafíos de la modernidad, pero el mundo en constante cambio hace necesario repensarla y transformarla continuamente.
Más allá de ello, todavía persisten vestigios de una universidad concebida para otro tiempo. Si bien hubo innovaciones a su interior, se suelen ver profesores que continúan siendo el centro absoluto del conocimiento con clases magistrales que privilegian la transmisión antes que la construcción colectiva, con estudiantes que escuchan durante horas mientras toman apuntes, como si el acceso al saber dependiera exclusivamente de quien está frente al pizarrón. Con lo antedicho, se cuestiona duramente la clase magistral como tal, un formato donde el saber erudito debe replicarse tal cual lo transmite el profesor y no fomenta la comprensión. No obstante, se promueve la explicación como estrategia didáctica, ya que puede abrir horizontes intelectuales y ofrecer una experiencia académica memorable.
Y, a su vez, en una realidad con problemas sociales, tecnológicos, ambientales y sanitarios, atravesada por la inteligencia artificial, el cambio climático, las pandemias, la crisis de salud mental, las migraciones o las transformaciones del trabajo, se requieren enfoques capaces de integrar conocimientos provenientes de múltiples campos. Ninguna disciplina, por sólida que sea, alcanza por sí sola para comprender la complejidad del presente.
Como sostiene Edgar Morin, el gran desafío de nuestro tiempo consiste en aprender a pensar la complejidad. Durante demasiado tiempo fragmentamos el conocimiento para comprender mejor la realidad, pero hoy necesitamos volver a conectarlo para poder transformarla. Comprender implica relacionar, contextualizar e integrar, no simplemente acumular información especializada.
Pero quizás la metáfora más poderosa para imaginar la universidad del futuro no provenga de la pedagogía, sino de la filosofía. Gilles Deleuze y Félix Guattari propusieron el concepto de rizoma (tallo subterráneo que crece de manera horizontal emitiendo raíces y brotes desde sus nudos). En un rizoma no existe un centro único, ni un recorrido obligatorio, ni una estructura piramidal; cualquier punto puede conectarse con cualquier otro; entonces, lo importante no es el origen del conocimiento, sino las conexiones que es capaz de generar.
La metáfora resulta profundamente útil para pensar la universidad contemporánea. Mientras muchas instituciones siguen organizadas con facultades aisladas, departamentos cerrados, carreras que dialogan poco entre sí, el conocimiento actual ya funciona como un rizoma. Se construye en redes internacionales de investigación, en laboratorios interdisciplinarios, en hospitales, en empresas tecnológicas, en organizaciones sociales, en gobiernos locales y en comunidades que producen soluciones a problemas concretos.
Por ende, la universidad ya no puede limitarse a custodiar el conocimiento; debe convertirse en un nodo capaz de conectar saberes diversos, de articular actores distintos y de producir respuestas colectivas frente a desafíos compartidos.
Pensar la universidad como un rizoma implica abandonar la idea de que el conocimiento se transmite linealmente desde quien sabe hacia quien no sabe. Supone comprender que aprender también consiste en dialogar, experimentar, crear, equivocarse, negociar significados y construir soluciones junto con otros. El docente deja de ser únicamente quien explica para convertirse en diseñador de experiencias de aprendizaje, mediador, investigador y generador de comunidades de conocimiento.
Esta transformación también exige revisar con quién aprende la universidad. Durante décadas se vinculó principalmente consigo misma. Y si bien dialogó con otras universidades, en congresos científicos y con revistas especializadas, ese intercambio es indispensable, pero ya no alcanza. La universidad necesita fortalecer sus lazos con hospitales, municipios, escuelas, empresas, cooperativas, organizaciones culturales, movimientos sociales, laboratorios de innovación y organismos públicos. Es en esos territorios donde emergen muchas de las preguntas que la investigación académica debería contribuir a responder.
La legitimidad universitaria tampoco puede sostenerse únicamente en la autoridad de quienes enseñan. Hoy ese reconocimiento continúa siendo valioso, pero ya no basta. La autoridad académica no proviene solamente de cuánto sabe un docente o de cuántos artículos ha publicado, sino también de su capacidad para generar aprendizaje, promover el pensamiento crítico, construir conocimiento con otros y producir transformaciones socialmente relevantes.
A su vez, un tema no menor es que también cambiaron los estudiantes. Llegan con otros lenguajes, otros saberes y otras maneras de acceder a la información, de colaborar y de resolver problemas. Son capaces de consultar cientos de fuentes en pocos minutos, de trabajar en red y de participar en comunidades de aprendizaje que trascienden las paredes del aula. Y, por qué no decirlo, también carentes de recursos de comunicación, sin hábitos propios y con otras formas de gestionar el tiempo. Para los jóvenes, la universidad ya no es el único lugar donde circula el conocimiento ni el único espacio que le otorga legitimidad. Esa constatación no debilita su papel; por el contrario, le tiene que ayudar a redefinir su misión. Su valor diferencial debe residir cada vez menos en concentrar información y cada vez más en enseñar a interpretarla críticamente, validarla, relacionarla y convertirla en conocimiento significativo.
Quizá el desafío más profundo sea aceptar que también las instituciones necesitan desaprender. Desaprender formatos que alguna vez fueron eficaces, pero que hoy limitan la innovación; desaprender la idea de que enseñar consiste principalmente en exponer y desaprender una organización del conocimiento pensada para un mundo que ya no existe.
La universidad de estos tiempos no deberá ser menos rigurosa, sino ser más permeable; no abandonará la investigación, la pondrá en diálogo permanente con la sociedad ni perderá profundidad, sino que ganará conexiones. No renunciará a la excelencia académica, la redefinirá a partir de su capacidad para integrar saberes, generar innovación y formar ciudadanos capaces de habitar la complejidad.
Tal vez el mayor cambio consista en comenzar a imaginarla como un rizoma vivo, capaz de extenderse en múltiples direcciones, crear conexiones inesperadas y crecer allí donde aparecen nuevas preguntas.
La universidad ya no debe preguntarse solamente qué enseñar, sino con quién aprende, para quién investiga y qué transformaciones sociales ayuda a producir. Porque, en un mundo donde el conocimiento se expande en red, las universidades que perduren no serán necesariamente las que acumulen más prestigio, sino aquellas que tengan la inteligencia y la humildad de seguir aprendiendo.