La ficción de la OTAN y las angustias europeas
Hace ya algún tiempo la OTAN atraviesa un período de introspección shakespeariana:¿Ser o no ser?” ¿Soportar los azotes y desordenes del mundo […], la insolencia del poder”? ¿O “procurarse el reposo con un simple puñal”, más aún si estuviera ya, como anunció Macron en 2019, en estado de “muerte cerebral?”.
La alianza, sin embargo, se rehúsa a enfrentar el “país desconocido” aborrecido por Amleto que “nos hace soportar nuestros males antes que lanzarnos a otros que desconocemos”; sin embargo, la imaginación por un lado y la historia por el otro podrían ayudarnos a enfrentar el desconcierto.
Vendría bien, para comenzar, leer la nueva parte histórica en el sitio de la organización, estrenada, al parecer, en su aniversario número 75. “Se suele decir” se cuenta “que la OTAN nació en respuesta a la amenaza que representaba la Unión Soviética. Esto sólo es parcialmente cierto […] la creación de la alianza formó parte de un esfuerzo más amplio con tres objetivos: disuadir el expansionismo soviético, impedir el resurgimiento del militarismo nacionalista en Europa mediante una fuerte presencia norteamericana en el continente y fomentar la integración política europea.”
O sea, tal como se dijo en su tiempo, los Estados Unidos sirvieron tanto de protectores (protectors) como de pacificadores (pacifiers).
Es todavía objeto de debate si la ausencia de agresión soviética fue realmente consecuencia de la (muy dudosa) garantía atómica extendida por los Estados Unidos a los aliados o, más bien, de que Stalin consideraba suficiente el control de los países de Europa central para satisfacer sus exigencias de seguridad.
Lo que no está en discusión (a tal punto de incorporarse en su historia oficial) es el papel de la alianza en apaciguar las enemistades entre sus integrantes y desactivar la dinámica hobbesiana del miedo, que, en un entorno de nacionalismo extremo, había conducido a las guerras fratricidas del pasado. Se trataba, además, de impedir el repetirse de todo proceso que, en varios momentos y circunstancias, había llevado a distintas potencias europeas, que fuera España, Francia o, por último, Alemania, a tratar de transformar su superioridad en un dominio imperial del continente.
¿Qué mejor para hacerlo que acordarle la primacía militar a una potencia hegemónica lejana, sin peligro que pudiera atentar a la integridad territorial de cada uno?
Estos elementos formaron parte de un más amplio acuerdo sobre qué debía entenderse por seguridad europea, identificada como capacidad de responder a la amenaza ideológica del comunismo más bien que a las provocaciones militares de la Union Soviética. Esta visión política compartida fue lo que permitió a Europa concentrarse exitosamente en su crecimiento económico, sus políticas sociales y su estabilidad política en el marco común de las Comunidades Europeas.
La tutela estadounidense no vino sin precio, ya que implicó limitaciones en las opciones políticas de los aliados y no pocas injerencias. Sin embargo, la alianza resultó finalmente conducente a las exigencias del uno y del otro: brindó a los Estados Unidos una proyección logística decisiva en un área crucial para la Guerra Fria y a los gobiernos europeos una oportunidad para excluir hipótesis políticas que les resultaban indigestas y un medio para reducir sus gastos en defensa.
Pese a las recurrentes controversias, nunca cuajaron los llamados autóctonos a sustraerse a la hegemonía estadounidense ni el sueño de enfrentar el “desafío americano” —título de un célebre best seller francés de 1967— mediante un proyecto autónomo de envergadura que abarcara investigación, tecnología y, quizás, defensa propia.
Fingebant simul credebantque. La expresión es de Tácito, pero la rescató brillantemente el historiador Carlo Ginzburg para recordar que los hombres terminan creyendo en las realidades que ellos mismos imaginan o modelan (fingen, del latín fingere). La OTAN fue una ficción no porque mintiera acerca de la amenaza soviética o de la garantía atómica extendida, sino porque dio forma a una imagen del mundo compartida, con sus categorías interpretativas y expectativas, condición práctica de su acción colectiva.
El hecho de que Rusia haya vuelto a representar una preocupación estratégica central para algunos aliados no conlleva el rescate de una ficción eficaz para la OTAN. Aún más ya que son las derechas extremas, que Trump apoya, y no los comunistas, que perturban hoy los sueños de los gobiernos europeos.
Lanzarse en una carrera armamentista haciendo profesión de vasallaje hacia un federador para el cual la alianza no tiene más el valor geopolítico originario y que no coincide con la idea democrática europea de seguridad interna, no parece una idea útil. Junto con la competencia con Rusia, corre el riesgo de adelantar el desgaste de la alianza.
Por un lado, está claro que, dadas las circunstancias, será difícil ponerse de acuerdo en pos de una estrategia común que supere los tópicos de aquella aprobada en sede de la OTAN en 2022; por el otro, el anunciado rearme alemán —máxime en un contexto de fortalecimiento de la extrema derecha en partes del país— no puede dejar de reactivar viejas inquietudes.
Toda comunidad política descansa sobre imágenes compartidas que orientan la acción de sus miembros y delimitan el campo de lo políticamente pensable. Pretender responder al ocaso de una ficción con un supuesto 'realismo' constituye una de las formas más peligrosas de ingenuidad política. Europa corre hoy este riesgo.
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