Inteligencia Artificial y Estrecho de Ormuz: la agenda del poder global
La gestión de la inteligencia artificial (IA) y del Estrecho de Ormuz constituyen los ejes sobre los cuales se apoya la actual geopolítica global. Cuando el 12 de junio el presidente Trump ordenó bloquear a Anthropic, uno de los principales actores mundiales de la IA, el acceso a los usuarios extranjeros a los últimos modelos de Inteligencia Artificial (Mythos y Fable 5) comenzó lo que algunos denominaron “la guerra de la Inteligencia Artificial”.
Y si bien el 30 de junio el gobierno americano levantó algunas restricciones, el núcleo sólo sigue siendo accesible a una lista limitada. En verdad, el destinatario de estas decisiones es Europa, que se notificó oficialmente de su dependencia tecnológica y política. Obviamente, de esa forma se sigue debilitando una alianza simbolizada en la OTAN, que acaba de reunirse sin muchos resultados en Turquía. Definitivamente sus socios tienen sueños distintos.
En paralelo, la guerra en torno al estrecho de Ormuz no se detiene. El conflicto es permanente, debido a las distintas lecturas que se hacen respecto del Acuerdo firmado recientemente en Versalles, donde se lee en el punto 5 que “la República Islámica de Irán hará todo lo posible para garantizar el paso seguro de los buques mercantes por el Estrecho de Ormuz”.
Para Irán la lectura del Acuerdo es simple: los EE.UU habrían reconocido su control de ese curso estratégico por donde transitaba el 20% del consumo mundial de petróleo. Pero esa no es la lectura americana, Washington fomenta el tráfico marítimo en la zona costera del estrecho que pertenece a Omán.
La lectura iraní es taxativa: el presidente del Parlamento iraní, Mohammad Baguer Ghalibaf, acaba de frasear la interpretación oficial de Teherán:”el Estrecho de Ormuz sólo se abrirá bajo las condiciones iraníes y no bajo la presión de las amenazas estadounidenses”.
Si algo ha fracasado es el plan de guerra de Trump. Washington levantó el bloqueo de los puertos iraníes y la “cuestión nuclear” quedó como un capítulo de una agenda abierta que suma las reparaciones de guerra por los daños sufridos por Irán y el descongelamiento de los embargos bancarios de fondos iranies.
También regresó Irán al mercado petrolero, un reclamo que entre otros beneficia a China. Pero el símbolo de las equivocaciones de Washington es el triste destino que les cabe a las petro-monarquías del Golfo. Estos “estados familiares” terminarán la guerra huérfanos. Sus vínculos con los Estados Unidos eran múltiples y hasta a veces serviles, como se demostró el “regalo” que Qatar le hiciera a Trump de un avión presidencial de última generación.
Además, esos Reinos del Golfo constituían los “inversores predilectos” para grandes proyectos de negocios, asociados a todo tipo de emprendimientos que requerían financiamiento y que incluían la IA y el turismo de alta gama. Washington fue incapaz de evitar los bombardeos iraníes y de proteger la salida al mar de la riqueza petrolera.
La alternativa de construir ductos para evitar Ormuz, como ya poseen los saudíes, tampoco ofrece garantías contra el poder militar iraní: pueden ser bombardeados. Además, hay que sumar un nuevo dato: el acceso al Canal de Suez puede verse complicado porque a esa geopolítica se ha sumado Turquía que controlará el acceso al Mar Rojo cuando finalice la construcción de una gran base aeroespacial en Somalia. Un testimonio de un “poder otomano” que no se detiene en sus ambiciones, como se ha podido observar en la reciente cumbre de la OTAN celebrada en Estambul.
En paralelo, el análisis de esta guerra muestra los límites de una política exterior basada en el poder militar, algo similar a lo que le ocurre a Putin en Ucrania, donde demuestra su incapacidad de imaginar a Rusia dentro de las fronteras definidas en 1991.
En Kiev, Putin no puede derrotar a un sistema político y en Teherán la guerra produjo una sustitución del poder: de una teocracia a un régimen militar. Se trata de una nueva generación que lidera las estructuras de poder, joven y mejor formada. Saben que Irán ha sobrevivido y necesitan definir una nueva estrategia nacional.
Además, su red de alianzas geográficas no es la misma: Hamas y Hezbollah fueron debilitadas por Israel. Esta nueva generación militar no ignora un dato no menor: la región ha entrado en un ciclo de “ni paz ni guerra”, casi un “cese del fuego”.
Esta es la nueva realidad de una región estratégica, donde la seguridad la proveían los EE.UU Unidos. La opinión del Director del Centro de Investigación de Políticas Públicas de Dubai, M. Baharoon, define el momento como precario, porque Washington estaría a punto de convertirse en un “gigante ciego” que sólo cree en la fuerza y con reservas de municiones escasas. Las viejas alianzas han colapsado y en los EE.UU todo dependerá del diseño de la nueva presidencia.
Irán saldrá económicamente necesitado de un respiro. Sus nuevas autoridades, jóvenes y liberados de las autoridades religiosas, buscarán réditos en una guerra sobrevivida. La negociación con los EE.UU los relegitimará internacionalmente y en términos de imagen podrán explotar un camino inédito: el fin del ciclo de los clérigos.
Para inspirarse tienen su modelo: Pakistán, gran aliado de Pekín y soporte de Irán en las negociaciones diplomáticas desarrolladas a partir de la guerra de Ormuz. Pero es de esperar que se trate de una transición: en algún momento la democracia deberá nacer.
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