← Volver
clarin.com · hace 9 horas · Clarin.com - Home

¿Vendrá una avalancha de dólares por exportaciones? Mientras tanto, se destruyen puestos industriales

Google

Argentina es un país acostumbrado al conflicto y la polarización política. Sorprende que en esta sociedad tan inclinada a la disputa -la sociedad conflictiva que describían Mallon y Sourrouille hace décadas— se haya solidificado una coincidencia importante: la mayoría creemos que el desarrollo de la energía y la minería representan una gran oportunidad para el progreso del país.

Ambos sectores poseen activos estratégicos de clase mundial. Vaca Muerta es la segunda reserva de gas no convencional del planeta y la cuarta en shale oil. En minería, Argentina lidera el ranking mundial de recursos de litio como parte del triángulo que junto a Bolivia y Chile concentra más de la mitad de las reservas conocidas del mundo, al que se suma el cobre de la cordillera, apenas en desarrollo. La transición energética multiplica la demanda global de litio y cobre, mientras la fragmentación del orden geopolítico aumenta la necesidad de proveedores confiables de energía. Argentina tiene condiciones para posicionarse en ese espacio. Hay, además, una dimensión que no siempre se enfatiza: el desarrollo en energía —y en menor medida en minería— está siendo liderado por actores nacionales. No es un detalle menor.

Nadie duda que el crecimiento de estos sectores está transformando la estructura de la economía. Lo que no es claro es el alcance de esa transformación. ¿Cómo será la economía argentina cuando las inversiones en energía y minería estén madurando? ¿Hacia qué tipo de economía nos dirigimos?

Nadie lo sabe con certeza; sólo tenemos conjeturas. La de mayor predicamento, asociada a la visión del oficialismo, sugiere que nos dirigimos a algo parecido a una enfermedad holandesa. El término alude al proceso por el cual la rápida expansión de un sector exportador de recursos naturales transforma la estructura económica de un país. La caracterización se inspira en lo ocurrido en Holanda en los años sesenta tras el descubrimiento de gas natural en el Mar del Norte: la abundancia de divisas apreció el tipo de cambio, encareció los productos nacionales y contrajo la industria. El empleo industrial desplazado no migra al sector en expansión —capital-intensivo y de poco empleo— sino a los servicios no transables: comercio, gastronomía, construcción. Esa reabsorción es vista como virtuosa porque esos sectores también se expanden, impulsados por la mayor capacidad de gasto interno o, como se escucha por estas latitudes, porque a la gente “le salen dólares por las orejas”.

Con este marco analítico en mente, muchos creen que a ese tipo de economía nos dirigimos: más cara en dólares, con más minería, energía, agro y servicios no transables y menos industria y servicios transables. En su visión, la desindustrialización sería un destino inevitable —y hasta deseable— del proceso de transformación; una suerte de “destrucción creativa” schumpeteriana en la que un aparato industrial ineficiente cede lugar a actividades más dinámicas.

Las voces más serenas entre quienes prevén este destino alertan sobre los riesgos que involucra la transición hacia ese futuro. Contrariamente a lo que asume la versión estilizada de la “enfermedad holandesa” (y lo que sugieren las voces más incautas), el empleo que se pierde en la industria y otras actividades transables no encuentra rápidamente cobijo en las ramas productivas florecientes. De hecho, algo de eso venimos observando en los últimos años. Un reciente estudio de Equilibra muestra que, desde fines de 2023, se perdieron unos 175.000 empleos industriales (75 mil formales y 100 informales) y no se crearon nuevos puestos en los sectores en expansión (minería, energía y agro). Donde sí creció el empleo fue entre los cuentapropistas de servicios de transporte, comidas y comercio informal. Es gente manejando en Uber, pedaleando en Rappi y vendiendo baratijas importadas en el tren o comida en ferias.

El riesgo de que el empleo desplazado no encuentre refugio en actividades eficientes y bien remuneradas tiene precedentes muy estudiados. El denominado “shock de China” es tal vez el más documentado: la desindustrialización del Rust Belt estadounidense —la región que concentraba la industria manufacturera y siderúrgica, con eje en las ciudades de Detroit y Pittsburgh— tras el ingreso de China a la OMC a principios de los 2000. Las investigaciones muestran que la reubicación del empleo industrial fue sorprendentemente lenta e incompleta. Los trabajadores despedidos sufrieron mayor rotación laboral, peores empleos y una reducción persistente en sus ingresos, y recurrieron masivamente a transferencias gubernamentales —subsidios por discapacidad, jubilación anticipada— que a menudo implicaron una salida definitiva del mercado laboral. El declive industrial generó además un severo deterioro del bienestar: aumento de suicidios y drogadicción, mayor depresión y ansiedad, pobreza infantil y desarticulación familiar. La evaluación ex-post de David Autor y sus coautores que lideraron estas investigaciones apuntó a la falla de la teoría económica tradicional —que preveía una rápida reubicación de trabajadores— y a la necesidad de políticas activas de capacitación, redes de seguridad y desarrollo regional durante la transición.

El riesgo de la transición es muy relevante, pero existe otro mayor: que la expectativa de una enfermedad holandesa sea errada. Con las proyecciones disponibles hoy es difícil prever una avalancha de dólares que la justifique. Este año, gracias a la expansión de la producción y a precios internacionales de petróleo, gas y oro transitoriamente altos prevemos exportaciones de energía y minería de unos US$ 25.000 millones; poco más de US$ 500 per cápita. Los pronósticos más optimistas calculan exportaciones de ambos sectores de entre US$ 50.000 y U$ 60.000 millones dentro de cinco años: entre U$ 1.000 y U$ 1.200 per cápita.

¿Son esos valores dignos de una economía rica en recursos naturales? No parece. Las exportaciones per cápita de las economías con las que fantaseamos son muy superiores: Canadá U$ 6.000, Australia U$ 9.000 y Noruega U$ 15.000. La comparación incluso nos desfavorece con el más modesto caso de Chile, que exporta unos U$ 3.000 per cápita de cobre.

La evaluación debería considerar además dos cuestiones. Primera: de la cuenta de las exportaciones hay que restar el repago del capital invertido, las utilidades que se van a girar al exterior y las importaciones que se necesitarán para explotar los recursos; el flujo neto de divisas será bastante menor que lo que sugieren las exportaciones brutas. Segunda: el proceso nace con el Banco Central con reservas netas negativas. En una economía bimonetaria donde los habitantes ahorran en dólares, el banco central necesita un alto nivel de reservas propias. Los de Perú y Uruguay —países bimonetarios que el FMI ubica como modelos— tienen reservas equivalentes a entre 20% y 30% del PBI. Queda, entonces, un largo trecho durante el que habrá que destinar una porción relevante del flujo neto de divisas a reconstruir las reservas del BCRA.

Si se consolida la expectativa de que vamos a una enfermedad holandesa y ese escenario luego no se materializa, corremos el riesgo de transitar un tiempo prolongado con un tipo de cambio bajo que a la larga se corregirá. Pero esa corrección difícilmente revierta los daños que provoque. Una línea de producción que cierra en Rosario no espera: las máquinas se venden, los vínculos con proveedores y clientes se cortan, el capital organizacional se disuelve. Y el operario que pasó años en la informalidad o la marginalidad llega dañado al momento en que alguien quisiera reabrir: perdió habilidades, acumuló frustraciones, y en muchos casos quedó fuera del mercado laboral para siempre. Cuando el tipo de cambio corrige y las condiciones “vuelven” al punto de partida, no vuelven realmente: el tejido productivo que existía se perdió en el camino. En economía esto se llama histéresis, fenómeno sobre el que trabajó el premio Nobel Paul Krugman.

Con sus luces y sombras, la industria argentina representa un capital acumulado durante décadas que una vez destruido no se recupera fácilmente. La política económica debería evitar apreciaciones transitorias del tipo de cambio. Apostar a una apreciación real permanente cuando hay tanta incertidumbre sobre el volumen y los plazos del flujo de divisas es un riesgo innecesario y potencialmente irreversible. Vaca Muerta y la minería representan una oportunidad mucho mayor que la provisión de divisas. Las cadenas de valor de la energía y la minería tienen una enorme capacidad de arrastre hacia la industria, tanto aguas arriba —proveedores de equipos, servicios de ingeniería, insumos— como aguas abajo —petroquímica, fertilizantes, procesamiento de minerales. La política industrial del gobierno mediante el RIGI podría extenderse a proveedores industriales nacionales y a proyectos de industrialización de la producción primaria. En un país donde los acuerdos escasean, ya logramos uno: que estamos frente a una oportunidad. Falta el más difícil: ponernos de acuerdo en cómo aprovecharla.

Martín Rapetti

Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de Clarín

Newsletter Clarín