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clarin.com · hace 19 horas · Clarin.com - Home

Las almas pesan en la IA

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La geopolítica es relevante si le sumamos la mentalidad de los seres humanos que conviven con ella. Una interacción en la que las circunstancias simbólicas que envuelven sus vidas son esenciales.

Especialmente si queremos valorar, por ejemplo, la relevancia histórica que tiene el estrecho de Ormuz para la humanidad, tal y como ha puesto de manifiesto la guerra desencadenada por Donald Trump contra Irán. No solo porque hablamos de un accidente geográfico que hace vulnerable el tráfico marítimo del petróleo producido en la región, sino porque es un intercambiador histórico de civilizaciones entre Oriente y Occidente.

En este sentido, el capricho de los movimientos telúricos que causaron el estrecho hace millones de años sería irrelevante si no superpusiera límites que los humanos hemos trazado a través de la historia.

No solo los que entrecruzan territorialmente Irán y Omán, ambos imperios del pasado, sino los que existen políticamente entre la república de los ayatolás y las monarquías del Golfo; religiosamente dentro del islam entre el chiismo, el sunismo y el ibadismo, y étnica, y lingüísticamente, entre persas, árabes y baluches.

Analizar la complejidad de un territorio tan pequeño debe evaluar el inconsciente simbólico de los seres humanos que lo habitan. Al menos si se quiere prever la viabilidad militar de operaciones como la que los norteamericanos emprendieron en marzo para cambiar el statu quo del famoso estrecho.

Así lo hubiera sugerido Edgar Morin, que era consciente de que la geopolítica importa si trasciende los indicadores que acompañan los análisis basados en fuentes contables y utilitarias. Una tarea que, como acabamos de ver en Irán, desborda el poder de la inteligencia artificial (IA) porque es incalculable el papel que despliega lo simbólico sobre el desarrollo de la condición humana.

Digo esto porque la victoria iraní sobre Estados Unidos demuestra la importancia que tiene la condición humana en la gestión de la tecnología. No solo a nivel geopolítico en la lucha por la hegemonía que libran EE.UU. y China, sino con relación a cómo hacemos cosas a través de ella.

Y en concreto, cómo llegamos a ser humanos mediante ella porque se compenetra decisivamente con nuestras acciones. Una diferencia de matiz más importante de lo que se vislumbra a priori.

Lo primero nos atribuye herramientas para hacer conforme a propósitos que nos humanizan o deshumanizan. Mientras que lo segundo nos habilita para progresar desde un aprendizaje sobre el ser y desde las limitaciones connaturales que definen la insustituible condición humana.

Algo que marcará un factor diferencial en el diseño de sistemas de inteligencia artificial. Entre otras cosas, porque crea bases formativas para que los humanos desarrollemos una tecnomoralidad que nos haga interactuar con las máquinas conforme a un humanismo tecnológico que ponga su atención educativa en promover la conciencia moral de la persona.

En mi ensayo Civilización artificial (2024) hablaba de que el futuro de la IA pasaba por ir del brazo incómodo de la teología. Después de la encíclica Magnifica humanitas de León XIV tendrá que hacerse necesariamente si la humanidad no quiere ser cancelada. He hablado de ello desde hace tiempo en estas páginas y espero ofrecer pronto un ensayo sobre el tema.

Baste decir ahora que Trump ha perdido la guerra a pesar de la abrumadora superioridad de sus sistemas de IA porque no ha podido calcular lo incalculable: ¿qué pesa geopolíticamente el alma? O, si se prefiere, ¿qué valor tienen los datos que deja la espiritualidad que arraiga en la sustancia metafísica de la condición humana? Un factor que no puede descomponerse en datos ni resignificarse con algoritmos, pero que, siendo extraordinariamente significativo, es inaprensible.

A medida que la IA progresa como algo diseñado para ser alguien consciente pero sin conciencia, que es como la definí en el ensayo que citaba, lo importante para los humanos dejará de estar en la consciencia para desplazarse a la conciencia. Una distinción moral que marcará una diferencia sobre la que podrá asentarse la superioridad humana sobre la IA.

Será cualitativa y tendrá que enraizarse en la sabiduría que proporcionan los pensamientos meditativo y simbólico a los humanos. Por ambos discurren los misteriosos recovecos que nos abren a lo sagrado y que tienen que ver con la capacidad de creación simbólica que tenemos los seres humanos. Un territorio afirmado sobre la condición humana al encontrarse los puentes metafóricos que comunican lo terrenal y lo trascendente.

Por eso, la encíclica ha recordado a Silicon Valley que, si quiere cancelar las almas, tendrá enfrente a la Iglesia. Las creencias agrupan al 75% de la humanidad, siendo los cristianos la comunidad más numerosa y, dentro de ella, la de los católicos. Un movimiento estratégico de León XIV, que se resiste a que siga desarrollándose una IA mefistofélica que quiere cortar los lazos personales que nos atan a nuestra identidad más auténtica.

Aquellos que permiten comunicarnos con nosotros mismos desde más allá de las limitaciones del lenguaje literal y que otorgan a los humanos una ventaja que explica por qué ha sido derrotada una superioridad tecnológica norteamericana, utilitaria y nihilista, frente a otra inferior, pero manejada desde una condición humana donde las almas pesan para el chiismo como un valor cualitativamente inaprensible. Un factor moral decisivo y que fundará una prevalencia humana sobre la máquina a medida que crezca como una alteridad artificial potencialmente consciente.

José María Lasalle

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