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clarin.com · hace 8 horas · Clarin.com - Home

Desnudos falsos, vejación real: los proxenetas de fantasmas de las escuelas de élite

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El acto real de "desnudar" fue sustituido por el procedimiento virtual de desnudar.

Según las investigaciones en curso, un grupo de alumnos desvestía a sus compañeras operando con inteligencia artificial y comercializaba esos cuerpos espectrales. Vendían las imágenes a otros, cuasi infantes ávidos del ingrávido porno de los cuerpos inexistentes.

Ocurrió en escuelas de élite, el Nacional de Buenos Aires y el Carlos Pellegrini, pero la práctica estaría mucho más extendida entre sádicos párvulos deseantes de lo que ha trascendido hasta ahora.

La feroz ignorancia enclavada en los pupitres que alguna vez fueron sarmientinos.

"Ustedes nos pueden delatar, pero no vamos a parar de desnudarlas y venderlas", se escribió sobre los bancos de las aulas y se difundió. Conviene leer esa frase con lupa. No es el balbuceo de un chico asustado. Por el contrario, es la soberbia inscripta en un manifiesto. Presupone la impunidad. Y emite su sentencia: las vamos a seguir vendiendo.

Los varoncitos voraces y amenazantes mercantilizaban fantasmas incorpóreos, pero sustraían de las chicas algo absolutamente corpóreo, el natural derecho a la privacidad de sus propios cuerpos. Cada una de esas alumnas —compañeras de división, amigas, exparejas de sus traidores — descubrió su nombre en una carpeta digital junto a un precio.

Vendían un imaginario. Traficaban espectros para consumidores de la nada, que ahora excita como si la vida fuera ese No-ser: artificios, fantasías que ya no son fantásticas.

La imagen algorítmica no representa nada, no copia ningún original, y sin embargo lastima como lo real.

Es una mentira que ya no necesita ser creída; alcanza con que sea consumida. El espectro no existe, pero la chica que camina al día siguiente por el pasillo del colegio, sabiéndose "desnudada" por una máquina y tasada por sus compañeros, existe absolutamente.

El sexo púber se funda en lo imaginario, esa es su ley inmemorial. Pero al embarcarse en la desangelada magia de la IA, estos niños-teen dejan de ser dueños hasta de su propia construcción fantasiosa. Delegan el extraordinario trabajo interior de imaginar en la frialdad robótica que los exime también de imaginar por sí mismos. La máquina fantasea por ellos. Es la tercerización del deseo. El algoritmo produce, ellos consumen y venden y revenden. Ni siquiera la pulsión les pertenece ya.

Las revistas de desnudos de antaño representaban a un original. Aquí se inventa una desnudez que no por inventada deja de ser robada.

Vendían desnudos más que falsos, maquínicos, descarnados. Y aun así, y precisamente por eso, esa farsa maligna es dramáticamente funesta.

Es un funeral de la preadolescencia ahogada en la pereza de dejar de homenajear a Onan desde la propia acción imaginativa.

La sexualidad iniciática, perdida en irrealidades esculpidas, corpóreas e incorpóreas a la vez.

Y el límite que implica saber que otra persona es otra —fundamento de toda convivencia posible— transgredido para violar la intimidad, inventando una desarropada irrealidad que no por irreal deja de ser vejatoria.

La distinción entre el bien y el mal ni siquiera comparece. Es la transgresión sin registro de transgresión. El único criterio de validación que conocen es la circulación viral. Si se comparte, existe. Si se vende, vale. El mercado, absorbido sin mediación ética alguna, opera como coartada total: no era maldad, era negocio.

Y sucedió allí, en el corazón del dispositivo civilizatorio argentino. Sarmiento imaginó la escuela como frontera, de un lado la civilización, del otro la barbarie, y el guardapolvo blanco como uniforme de esa cruzada.

El Nacional y el Pellegrini son la culminación litúrgica de aquel sueño. Los colegios de los presidentes y de los premios Nobel. Pero la barbarie ya no galopa en el desierto. Se incuba dentro. Es una barbarie digital ilustrada. Sabe álgebra, aprueba exámenes de ingreso feroces, domina la tecnología de punta.

Desde luego, no cabe generalizar. En esas escuelas y en tantas otras el aprendizaje y el esfuerzo de discípulos y de docentes vale y su valor enriquece.

Pero el síntoma de estos desnudos a la venta encargados a una mente externa es quizás la punta de un iceberg que algún Titanic puede chocar ensoberbecido en la percepción de que la IA todo lo puede.

Es un paradigma que trasciende lo institucional. La delegación del cerebro moral en el algoritmo, hacedor de ilusorias fascinaciones.

Estos niños-teen no son ignorantes en el sentido escolar. Son eximios en lo técnico y desiertos en lo humano. La feroz ignorancia no es falta de información. Es la incapacidad de percibir el dolor que se inflige.

La pregunta final no es solo por ellos, que son menores y merecen a la vez sanción y reeducación. Es por nosotros. Para los adultos que pusimos en manos de chicos de trece años herramientas capaces de fabricar realidades falsas, antes de darles una sola razón para no usarlas contra nadie.

Es que la legislación corre, jadeante, detrás de la técnica. Las instituciones responden al espanto con protocolos y comunicados, mientras la inscripción en un banco —”no vamos a parar de venderlas”— promete continuidad.

En las escuelas mismas brotó este síntoma de locura y de compleja perversión. Un naufragio en cuerpos que no existen, en deseos que ya no les pertenecen, en dinero que sí circula y dolor que sí duele. Lo único verdadero de toda esta fantasmagoría son las víctimas.

Se enseña con realidades y verdades, se vive con la carnalidad misma de lo que existe.

Miguel Wiñazki

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