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infobae.com · hace 10 horas · Agustina De la Nava

Federalizar el futuro

Infobae

La Argentina vive una paradoja silenciosa: ya construyó una economía del conocimiento de escala mundial, casi sin que nadie la planificara, y todavía discute como si no existiera. Mientras la conversación pública sigue atrapada en el falso dilema —campo o industria—, en oficinas, universidades y computadoras de todo el país nació un sector que hoy es el tercer complejo exportador del país, detrás del agro y la energía.

La oportunidad es enorme y el momento es ahora. El sector exportó cerca de US$ 9.700 millones en el último año medido y emplea a más de 283.000 personas con salarios por encima del promedio, creciendo incluso cuando el resto del empleo privado se contrae. Pero la Argentina ocupa apenas el puesto 43º del mundo, con el 0,23% del mercado global: lejos de ser un techo, es la medida del margen que tenemos para crecer.

Ninguna región rompe su techo sin transformar lo que produce. Lo que para Frondizi y Frigerio fue el acero y el petróleo, para esta generación es el conocimiento. No se trata de abandonar la base agroindustrial, la energía y la minería sino de agregarle valor e inteligencia, de forma federal para que el talento no se concentre en cuatro distritos y con medios compatibles con el rumbo desregulador: no más gasto, sino sacar las trabas que asfixian al que crea y exporta.

Durante décadas, la conversación económica Argentina giró en torno a un dilema gastado: campo o industria, agro o trabajo. Pero los números cuentan otra historia. Mientras discutíamos, un tercer motor exportador creció hasta generar más divisas que varias cadenas fabriles históricas juntas, y a contramano del ciclo: sube incluso en recesión, porque vende afuera y cobra en dólares. El techo argentino nunca fue elegir entre el campo y otra cosa. Es la baja productividad y la falta de valor agregado.

Hay cinco reformas al alcance del Congreso que cambiarían la dinámica del sector: federalizar el cupo fiscal del régimen; completar la apertura cambiaria para las PyMEs de servicios; invertir en conectividad federal; vincular formación y empleo con un foco exportador; y articular la palanca nacional con los ecosistemas provinciales, incluida una Red de Enlaces que convierte a la diáspora en puente comercial.

La Argentina se relaciona mal con su propio talento. El país forma 139.000 graduados universitarios por año, un semillero que el mundo reconoce, hay más de 50 centros de servicios de empresas líderes globales instalados acá, atraídos por ese capital humano. Pero una porción creciente de esos profesionales es contratada directamente desde el exterior vía plataformas, o emigra. El talento se “exporta solo”, por fibra óptica, sin anclar empresa ni empleo formal local. No es solo economía: es arraigo, comunidades que forman a su gente más preparada para que rinda en otro lado.

La Argentina cuenta desde 2019 con un régimen de promoción de la economía del conocimiento (Leyes 27.506 y 27.570). Pero el beneficio opera bajo un cupo fiscal anual fijado por presupuesto, y ese cupo se agotó en 2024. Un beneficio limitado que se agota se reparte, por inercia, hacia donde ya están las empresas: CABA, Córdoba y Buenos Aires. El resultado es un círculo vicioso: el conocimiento se concentra donde ya hay conocimiento, y las provincias periféricas quedan afuera del reparto. La política nacional, en lugar de corregir la asimetría territorial, la profundiza.

Hay un momento propicio. El gobierno nacional ya está desregulando el frente cambiario. Desde septiembre de 2025, los exportadores de servicios que son personas físicas pueden conservar los dólares que facturan al exterior sin pesificarlos al tipo de cambio oficial: se eliminó el viejo tope de US$ 36.000 anuales. El sector lo celebró. Pero la tarea está a medio hacer: las empresas siguen sujetas a restricciones, y el propio Banco Central reconoce que levantarlas “no es prioridad”. Hay, entonces, una ventana abierta y una agenda pendiente que el Congreso puede tomar como bandera.

Conviene dimensionar lo que está en juego. Las exportaciones globales de servicios del conocimiento superaron los US$ 4 billones en 2024 y crecen al 9,5% anual, cuatro veces más rápido que el comercio de bienes. La Argentina crece aún más rápido que ese promedio, pero parte de muy abajo: puesto 43º del mundo, 0,23% del mercado. El dato tiene dos lecturas, y la honesta es la más útil: el país perdió participación en la última década (del 0,37% en 2010 al 0,22% en 2023) pero acaba de empezar a recuperarla (0,23% en el último dato). No es un techo: es una pista de despegue apenas iniciada. Países comparables —Costa Rica, Uruguay, Polonia, Portugal- ganaron terreno; no hay razón estructural para que la Argentina no lo haga.

Entre los ejemplos locales de cómo se puede avanzar, Córdoba adhirió al régimen nacional y construyó además su propio marco provincial, articulando universidades, empresas y Estado hasta ubicarse a la vanguardia tecnológica del país. La lección no es copiar un instrumento puntual, sino la idea de fondo: una provincia del interior puede competir por el talento y los mercados del mundo si lo decide y se organiza. El federalismo del conocimiento no es voluntarismo; ya hay un caso interno que lo prueba.

En el plano regional, el caso más elocuente viene del nordeste brasileño. En el año 2000, Pernambuco, uno de los estados más pobres de Brasil lanzó una política pública pionera que unió Estado, universidades y sector privado en torno a un distrito tecnológico. Veinticinco años después, Porto Digital es el mayor distrito de innovación de América Latina. La lección es doble. Primero: el polo no surgió solo; fue una decisión política sostenida en el tiempo. Segundo, y más pertinente para la Argentina: su estrategia madura fue integrar la tecnología con las vocaciones productivas regionales, la agricultura entre ellas. Es, casi textualmente, lo que la Argentina puede hacer con su base agropecuaria y energética: AgTech, software de precisión, datos aplicados a la extracción.

Nada de esto es ajeno a la tradición de la que provenimos. El desarrollismo sostuvo siempre que ninguna región rompe su techo sin transformar lo que produce, y que esa transformación se planifica estudiando la realidad, no improvisando consignas. Lo que para Frondizi y Frigerio fue el acero y el petróleo, para esta generación es el conocimiento. No es nostalgia: es método, y está más vigente que nunca.

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