Escuela Argentina Modelo
Nuestra Escuela acaba de anunciar que será absorbida por otro colegio, Los Robles. Un nombre histórico no puede morir tan rápido. Algunos dicen que no murió “completamente”, porque dice Los Robles “EAM”. (Es como cuando Repsol decía “YPF”, pero era gestión Repsol, una absorción disimulada, en este caso es lo mismo, porque la familia Biedma abandona la dirección ejecutiva del colegio, aunque la nueva administración preserve sus “valores”)
Pusieron un pasacalle sobre Riobamba, a metros de Babieca: “Escuela de Vida. Este barco no se hunde”, con el logo en forma de barco que distingue al colegio: una E grande debajo. Una A y una M sobre la E. EAM, siglas de nuestra Escuela. Escuela de vida es una línea del himno escolar. “En esta escuela de vida, modelo de virtud y honor… eres escuela argentina… noble y fiel en tradición”.
No es solo que cierra o cambia de nombre nuestro colegio: es más grave que eso. Es la pérdida de un modelo de rectitud y apertura, como decía el himno de esa escuela centenaria. No es solo que se pierde una tradición. Es una forma de entender la vida civil. Una seriedad menos en una democracia a la que no le sobra nada. Los partidos políticos están casi todos fracturados. El poder judicial, corrompido hasta la médula (jueces que cierran causas, como Martínez De Giorgi, egresado de la Universidad Kennedy, cuya mujer fue designada jueza en Hurlingham por el gobierno a quien él favorece), los legisladores no debaten, gritan en el Congreso para llamar la atención mediática y sumar “followers”. El presidente insulta al periodismo. Todo esto expresa un deterioro profundo de la civilidad. De la educación “cívica”.
Rodolfo Ortega Peña, ex alumno, murió al salir del café que está a la vuelta del colegio, a pocos metros del Gran Splendid, que antes se llamaba King George, y ahora es una parrilla. Al bajar del taxi vio a quienes lo mataban. Fue el primer crimen de la triple A.
Una vez estábamos con Jorge Taiana en un campus universitario (en un edificio de la UNLA que llevaba el nombre de Ortega Peña). Se celebraba un congreso de filosofía. Taiana me contó que primero lo iban a mandar al colegio Champagnat, pero no lo dejaron ingresar porque su papá había sido, además de rector de la UBA, médico de Perón. La EAM sí le abrió un lugar. El ex canciller argentino, mientras caminábamos por el pasto cortado, empezó a entonar el himno de nuestro colegio “en esta escuela de vida, modelo de rectitud y honor…”. Me sorprendió que lo supiera. Que lo recordara, tantas décadas más tarde. Yo también lo puedo tararear. (Le dije al pasar: “yo fui al mismo colegio que Ortega Peña”, Taiana me respondió, mientras nos hacían una foto a los dos, delante del cartel con el nombre de Ortega: “yo también”) A medida que Taiana cantaba esas estrofas, que yo recordaba también, pensaba: algo bien se hizo en esas aulas. Si podían transitar por ellas personas tan diferentes como Ortega Peña, o Larreta, Taiana o Mario Bunge (o el fundador de Ualá, historiador y economista) algo bueno se forjó. Es una pena que esa tradición de más de un siglo ya no pueda seguir. Dice algo de nuestro país. De un cambio de época donde la “rectitud”, el “honor” y la “virtud”, empiezan a desdibujarse. No son un “modelo” para Argentina. El cierre o venta (que el eufemismo de la “integración” no logra disimular) de nuestra escuela centenaria no es una buena noticia. Es un síntoma.
En 1998 Carlos María Gelly y Obes, exministro de Onganía, me llevó a una oficina que tenía en el entrepiso y me regaló sus discursos impresos para que lea “si no puede dormir”. Mi formación está en sus antípodas (tenía un plato firmado por Franco). Pero no puede uno desconocer que eran gente seria. De hecho, mi posición política posterior es inseparable de ese contraste. De haber comenzado una “discusión” con todos ellos.
Que en una misma escuela, en cuyo Patrio Mitre está la reja de la casa del autor del himno argentino, hayan sido formados Ortega Peña y Larreta, Mario Bunge o Jorge Taiana, o Guillermo Jaim Etcheverry, da cuenta de una amplitud útil para el pensamiento. Esa amplitud es oxígeno para la democracia. La solidez en la formación eleva el nivel de nuestro diálogo político, que hoy en Argentina no existe. Mandan los “influencers”. No la rectitud. Diría lo mismo que dijo Norberto Bobbio en la UBA en 1983: necesitamos estas aulas. No es sano que desaparezcan. O cambien de nombre. No las cierren.