Colorado
Diego Santilli, flamante jefe de Gabinete del gobierno nacional, manifestó hace unos días a la prensa su entusiasmo con el plan económico que dicho gobierno está llevando adelante. A quien quiera plegarse sin más al entusiasmo de Diego Santilli puede, sin embargo, que no le resulte tan sencillo. No al menos si tiene en cuenta el parecer que, sobre él, expidió alguna vez Javier Milei. De Diego Santilli expresó Milei que era un “colorado hijo de mil puta” (sic el singular) y que “no sabe nada” de economía. Aun haciendo a un lado la cuestión de la coloratura y, junto con la coloratura, la aserción tajante de que es un hijo de mil putas, podría quedar en pie la segunda parte de la declaración proferida por el actual presidente de los argentinos: que Diego Santilli no sabe nada de economía. De ser así, ¿qué valor cabe asignarle a su adhesión a la gestión del ministro Caputo, si la profiere uno que de ese asunto no sabe nada? ¿No habría entonces que descartarla así sin más, por superflua, por inconsistente, por insustancial, por provenir del endeble mundo del desconocimiento absoluto? ¿Qué quiere decir, en definitiva, que el plan económico marcha bien, si quien lo afirma de economía no sabe nada? ¿No podría significar incluso, eventualmente, lo contrario: ni más ni menos que lo contrario?
Hay, no obstante, otra alternativa, que es la de descartar lo dicho por el propio Javier Milei, desestimar lo que el propio presidente publicó en su momento sobre actual ministro, hacerlo a un lado, dejarlo atrás. ¿Oírlo como quien oye llover? Más que eso: desoírlo. No nos faltan argumentos para respaldar una tesitura de esa índole. Juan José Becerra ha detectado con agudeza en su reciente Milei. Fenómeno verbal, no sin antes haberse abocado a la abnegada tarea de leerlo y escucharlo con constancia, que una treta recurrente por parte de Milei para eludir ciertas discusiones sobre teorías económicas consiste en vociferar que el interlocutor del caso no sabe nada de economía y que por ende no habrá de dialogar con él (o con ella, porque alguna vez agredió, en esa veta, a una periodista en una conferencia de prensa).
La idea de que hay uno que sabe todo y hay otro que no sabe nada es torpe y autoritaria (muy propia del que supone que hay algo así como un adoctrinamiento educativo cada vez que alguien dice lo que piensa en una clase, y que es preciso denunciarlo prontamente al Estado), porque un saber se sostiene y se valida dialogando (la refutación es obviamente uno de los subgéneros del diálogo) con otros saberes, y no arrasándolos desde un desprecio fatuo que embiste pero no desmiente.
¿Es Santilli un colorado hijo de mil putas que no sabe nada de economía? Según Milei, sí. Pero existe otra manera de dejar de lado eso que el Presidente de la República redactó y publicó, y es asumir que dice cualquier cosa. Cualquier cosa, sí: cualquier cosa. Y que hay entonces que restarles importancia (y ni siquiera restarles: ¡no dársela en absoluto!) a sus palabras, carentes de sentido, carentes de valor, en el mismo sentido en que una y otra vez se nos invita a no darle ninguna importancia a lo que se dice en las redes sociales, precisamente porque, si algo suele pasar ahí, es que se dice cualquier cosa. ¿Puede ser? Puede ser, sí. De hecho, lo que Javier Milei expresó acerca de Santilli lo publicó justamente en X.
Pero Javier Milei pasa mucho, mucho, mucho tiempo en X. Buena parte de lo que dice lo dice precisamente ahí. Y su forma de expresarse (la de expresarse y, por así decir, de razonar) no es distinta fuera de X de lo que es cuando está en X. Siempre es violento, petulante, resentido, necio; cegado por la megalomanía, aturdido por el rencor. ¿Cómo descartar, entonces, lo que dijo sobre Diego Santilli en X, sin disponerse a descartar también otras tantas cosas que dice, descartarlas porque son cualquier cosa, porque las dice fuera de sí? Y luego, ¿cómo confiar razonablemente en el proyecto económico de uno que dice cualquier cosa? A menos que, en vez de una confianza razonable, se trate de una especie de fe mesiánica.
A todo esto cabe agregar que el propio Santilli, el agraviado, permite que se lo agravie: lo admite, lo consiente. Y es que esta lógica de la humillación no se entiende sin la dócil disposición de los humillados para dejarse efectivamente humillar. Ese quiebre de la dignidad, como práctica establecida y aceptada, puede que tenga que ver con el plan económico que se implementa: que el quiebre de la dignidad en la sociedad sea una condición de posibilidad para que la quita sistemática de derechos y el deterioro de la calidad de vida se asesten ante la pasividad de quienes llegan a creer o a sentir que no se merecen en verdad otra cosa.