Santander: el don apacible
Estoy en Santander, donde todo es apacible. El sitio en el que me han alojado es el Palacio de la Magdalena, y esta tarde me han emplazado a hacer una conferencia sobre algunas de las cosas que sé, entre otras el trabajo de las entrevistas, el oficio al que he dejado la mayor parte de mi vida. En eso estoy aún.
Soy periodista desde los doce años, porque me gustaba el fútbol por encima de todas las cosas. Aun hoy, tantos años después, sigo escribiendo acerca de este gran deporte que, además, me sigue gustando. Vivo el fútbol como si fuera parte de mi memoria y también de mi porvenir, a pesar de que mi porvenir no es ya tanta cosa. Ahora se dirime mi vida entre aquel fútbol que jugaba Kubala, que con Luis Suárez y con Di Stefano, que para mi fueron siempre los mejores, y el fútbol actual, en el que tiene que ver hasta Donald Trump para ennegrecer también esto que toca.
En este tiempo mi héroe es argentino, claro, y se llama Lionel Messi. En España son Lamine Yamal y Pedri, por motivos distintos: Pedri viene de mi pueblo, Lamine viene de una raíz distinta, la zona africana de nuestras vidas. Los dos se distinguen porque sonríen en el campo hasta cuando pierden, y ambos buscan aun a sus padres como los seres que pueden ayudarles a pensar y también a llorar.
A Messi le tengo un enorme respeto sobre todo desde que lloró al irse del Barça. En ese momento el gran futbolista de Rosario, la patria de Fontanarrosa, recibió una mala noticia del presidente azulgrana, que otra vez era Laporta, un maleducado que no supo tratarlo. Poco a poco aquel futbolista mayor, y para mi el mejor de la historia hasta ahora, pugnaba entre quedarse o marcharse del Barcelona, y Laporta estuvo jugando a decirle sí y no a la vez. Y fue no y fue un llanto.
Ya se sabe la historia: Messi estuvo desojando una margarita deshecha y finalmente se fue del Barcelona. El Barça no fue nunca más como aquel que Messi mantuvo entre su calidad y su experiencia. Yo sentí entonces que, como había ocurrido antes con Pep Guardiola, yo tenía que dejar el Barça, como si a alguien le importara esa decisión; pero seguí siendo del Barça (y de Barcelona) y lo seré para toda la vida. Ahora la verdad es que soy más del Barça, e incluso se siente que quizá Messi está haciendo por volver (a su manera).
Así que ahora que parece que Messi y el Barcelona se pueden enfrentar en la copa mundial siento que ese encuentro de contrarios puede atraer un pasado que quizá ponga a llorar, de nuevo, a aquel muchacho que se fue del equipo de su vida como si fuera un huérfano en busca de los padres verdaderos.
En momentos así, en los que él se busca a sí mismo, mientras busca también a sus padres (su padre está enfermo, Messi no ignora nada que duela) este gran futbolista me viene a la mente cuando lo vi jugando a solas en el autobús de Iberia.
Él era un muchacho que venía de Inglaterra, me parece, con amigos de entonces, y él era nada más que un muchacho. Los demás se burlaban de él, y él seguía haciendo lo que hacía siempre: ensayar a hacerse más largas las piernas y las manos. Gracias a eso, a que trabajaba el cuerpo, disparaba con aire certero hasta cuando ya había perdido las ganas de ganar.
Un día me dijo Mario Vargas Llosa, cuando el joven Messi había tirado a la portería del Madrid, en la casa de este equipo: “Ha estado bien Casillas, ¿no verdad?” “¿Sí?”, le respondí. “En realidad le han mentido un gol”. Mario me miró con aquella zona de ingenuidad con la que vivía cuando no lo veíamos escribir.
Así que yo he sido siempre del Barça, y de Messi, y ahora mismo soy también de Santander, donde estoy escribiendo como si el mar apacible que hoy me recibe en esta ciudad me requiriera de viejos recuerdos. Es la primera juventud la que me atrae ahora a mirar este mar que ya vi por primera vez hace mil años (era 1970) cuando empezaba a leer libros y a descubrir el amor y otras andanzas que ahora me han venido de pronto como si nunca me hubiera ido de Santander.
Entonces los trenes duraban una noche en llegar desde Madrid a cualquier parte. Todo sonaba a nuevo en el viaje de un muchacho; el tren se movía como si fuera manejado por la somnolencia de la noche, y yo iba de vagón en vagón como si en cualquiera de aquellas habitaciones estrechas me fuera a encontrar a la muchacha que entonces todavía estaba en mi corazón.
Como yo mismo, ella iba a Santander a saber de libros, a escuchar como se hablaba de ellos, y también a descubrir el sonido de un mar majestuoso que no era igual al que venía en mi mochila: el mar sin fin de las islas Canarias, y en concreto el mar del Puerto de la Cruz, donde yo había nacido para ser quien quería ser: un periodista, un trotamundos, un muchacho que buscaba amores y no sabía perderlos.
Allí, en Santander, aprendí a vivir las noches en soledad, y también a ir dejando de ser un enamorado que ya no buscaba otra cosa que olvidar, pues en los tiempos en que aun vivimos la adolescencia todo parece a la vez cercano y olvido. Recuerdo esos días ahora que miro el mar de Santander. En el avión (pues ahora, claro, hay aviones) me encontré con algunos viajeros que de un modo u otro me trajeron aquellos tiempos, cuando las personas hablaban por hablar pues todo era lento y sutil, quieto.
Pues los aviones son como los trenes de entonces, no ha cambiado tanto todo, de modo que hay retrasos, conversaciones que ayudan a pensar que el tiempo no está pasando, y también hay, como antaño, españoles que son hijos de los españoles que se fueron cuando Franco ganó la guerra. Esos hijos, y esos nietos, vienen ahora a mirar Santander o cualquier sitio que les atraigan aquí porque, en efecto, son parte del país del que se fueron los ancestros.
Ahora hay una polémica española que a mi me parece ruin: se fueron de España aquellos que eran republicanos, se fueron para siempre, pero creyendo siempre que un día volverían. Cuando murió el dictador y fue viviendo la democracia regresaron en cierta medida los que se habían ido con las lágrimas de entonces; otros habían muerto, e igualmente vinieron los hijos e incluso los nietos. Y vinieron como españoles, porque son españoles.
Ahora se ha producido en este país que incluye Canarias o Santander, tierras tan parecidas como las aguas que las circundan, una horrible diatriba porque los partidos de la derecha han decidido que no está claro que esos españoles sean esos españoles que se fueron. La vida es ahora más mezquina que cuando los españoles buscaban en el pasado la raíz de su alegría perdida cuando Franco mandó a matar. Muchos fueron víctimas de aquel terrible error, el asesinato hecho para mandar y seguir matando.
Estos días, mientras pienso en todo lo que vengo diciendo, leí a la vez un libro bellísimo de John Berger (Encuentros y despedidas, Alianza Editorial) en el que el fabuloso escritor inglés (1926-2017) escribe recuerdos y esperanzas que incluyen un detalle mayor de su memoria, la de los últimos días de su madre. Cómo lo cuenta, con qué amor lo describe.
Todo el libro, además, me trajo a la memoria las noches en las que Ricardo Piglia y Jorge Mara (el escritor, el galerista, los dos al unísono) hablaban de la vida y de las palabras, ante un público breve (en el que estaba el director de Clarín), que quería contar y contaban lo que les venía de una memoria que se parecía a una combinación de Onetti y de Borges y que me resulta, como si fuera ayer lo que dijeron, verdaderamente inolvidable.
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