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perfil.com · hace 3 horas · Marcelo Longobardi

Cuando el crédito empieza a dar señales de agotamiento

tarjeta de crédito corrientes

Hay indicadores que, por sí solos, cuentan una historia. No hacen falta discursos grandilocuentes ni interpretaciones demasiado sofisticadas. Basta con observar algunos datos para advertir que la economía argentina empieza a mostrar señales de un desgaste que ya no puede atribuirse únicamente a la herencia recibida ni a las dificultades de la transición.

Uno de esos indicadores es la mora. Cuando aumenta la cantidad de personas que dejan de pagar sus créditos, no estamos frente a una simple estadística bancaria. Estamos frente a una radiografía del bolsillo de la sociedad. Si la gente deja de cumplir con sus obligaciones financieras, es porque los ingresos ya no alcanzan con la misma comodidad que antes.

Y aquí aparece una cuestión central. Muchas veces se habla del crédito como si fuera un recurso inagotable. No lo es. Los bancos no prestan dinero propio. Prestan el dinero de los ahorristas, de quienes depositan sus ingresos con la expectativa de recuperarlos cuando los necesiten. Por eso, cuando la mora sube, el sistema financiero reacciona con lógica: presta menos, exige más garantías y se vuelve mucho más selectivo.

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Las consecuencias empiezan a verse. Los préstamos personales ya muestran una desaceleración. El crédito, que durante los primeros meses del programa económico fue presentado como uno de los motores de la recuperación, comienza a perder impulso. Y sin crédito resulta muy difícil sostener el consumo, financiar inversiones o acompañar la actividad de las pequeñas empresas.

Al mismo tiempo aparecen señales provenientes del sector privado que tampoco conviene minimizar. La noticia del concurso preventivo de acreedores de Alpha Pampa, fabricante de alfajores, puede parecer un episodio aislado. Probablemente lo sea. Pero también puede transformarse en un síntoma. Porque cuando una empresa de consumo masivo atraviesa semejantes dificultades financieras, la pregunta deja de ser qué ocurrió dentro de esa compañía y pasa a ser qué está ocurriendo en el mercado donde esa empresa intenta vender.

Nadie sostiene que un concurso de acreedores describa por sí solo el estado de toda la economía. Sería una conclusión apresurada. Sin embargo, cuando ese episodio coincide con una mayor mora, con un crédito que pierde dinamismo y con un consumo que todavía no logra recuperar el nivel esperado, el panorama merece al menos una reflexión.

El Gobierno exhibe con razón algunos logros macroeconómicos. La inflación bajó considerablemente respecto de los niveles que tenía hace un año y medio. El equilibrio fiscal dejó de ser una promesa para convertirse en una política concreta. Son datos relevantes y sería un error desconocerlos.

Pero la macroeconomía, por saludable que resulte, no siempre alcanza para describir lo que sucede en la vida cotidiana. Existe una distancia entre las variables financieras y la economía real. Esa distancia se mide en empresas que dejan de crecer, en familias que comienzan a atrasarse con las cuotas y en bancos que vuelven a cerrar la canilla del financiamiento.

Quizá el mayor desafío para el Gobierno ya no sea estabilizar la economía. Ese objetivo, con dificultades, parece encaminado. El verdadero desafío será evitar que esa estabilidad conviva con una actividad económica demasiado débil para sostener empresas, empleo y consumo.

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Porque al final del día, la economía no se evalúa únicamente por el déficit fiscal o la inflación. También se mide por la capacidad de una familia para pagar su crédito, de una empresa para mantenerse en pie y de un banco para seguir confiando en quienes golpean su puerta en busca de un préstamo. Cuando esos indicadores empiezan a deteriorarse al mismo tiempo, conviene prestar atención antes de que las excepciones se conviertan en tendencia.

Soja