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infobae.com · hace 12 horas · Claudia Peiró

Y dale con el racismo

Infobae

La conducta del entrenador egipcio confirma el uso caprichoso que cualquiera podrá darle al gesto que supuestamente alerta contra la discriminación racial.

Como las dirigentes políticas que se refugian en el “me atacan por ser mujer”, puesto de moda por el feminismo extemporáneo que padecemos desde hace más de una década, ahora será muy fácil para cualquier jugador, entrenador, DT y otros denunciar supuestos actos de “racismo” en los partidos.

Así lo entendió el árbitro François Letexier cuando el DT del seleccionado egipcio, Hossam Hassan, le cruzó en la cara los brazos en aspa, al punto que, en vez de atender el reclamo, le sacó tarjeta amarilla. Bien hecho.

Era el minuto 93 del partido y Argentina acaba de darlo vuelta con un tercer gol arrebatándole así al seleccionado egipcio una victoria que, con un rotundo 2 a cero, parecía asegurada hasta el minuto 78 que marcó el inicio de la alucinante remontada argentina. Era evidente que la apelación a la ofensa racista no tenía otra finalidad que trabar el partido.

Atlanta, Georgia, EEUU: el entrenador de Egipto, Hossam Hassan, recibe una tarjeta amarilla del árbitro François Letexier por hacer un gesto contra el racismo, sin fundamento REUTERS/Marco Bello

Es una de las cosas que dispone el nuevo protocolo de la FIFA para enfrentar estos casos. Con mucho bombo, en el año 2024, se firmó un compromiso que proclamaba: “Interrumpiremos y suspenderemos partidos de forma temporal o definitiva en el momento en que surjan casos de racismo. Introduciremos un gesto normativo universal, con el que los jugadores comunicarán incidentes racistas…”

Los procedimientos previstos van desde interrumpir brevemente el partido para lanzar una advertencia al público hasta la suspensión total del encuentro si los incidentes racistas no cesaran.

En fin, una herramienta complicada de aplicar, sobre todo porque se presta a usos impropios como el de Hassan en el match contra Argentina.

Pero hay más. El riesgo detrás de este protocolo es que las palabras no significan lo mismo en todos lados. Basta recordar la sanción de que fue víctima el uruguayo Edinson Cavani en Reino Unido en diciembre de 2020. La Federación Inglesa de Fútbol lo castigó tan severa como injustamente por decirle “gracias, negrito” a un amigo en un mensaje en redes. El apelativo “negrito” fue interpretado como racista, cuando bien sabemos que en nuestros países no lo es y que decimos “negro o negra; negrito o negrita”, de modo cariñoso sin necesaria correspondencia con el color de la piel.

Edinson Cavani cuando jugaba en el fútbol inglés REUTERS/Phil Noble

Pese a todas las explicaciones, incluida la del amigo, Cavani recibió una suspensión de tres partidos y una multa de 100 mil libras esterlinas (unos 136.000 dólares). Una muestra de la hipocresía de los directivos del fútbol inglés: los argentinos y los uruguayos podemos llamar cariñosamente “negrito” a alguien porque no somos países estructuralmente racistas. Ni lo fuimos en el pasado. Otros quizás necesitan sobreactuar para atenuar culpas pasadas.

Otro factor que campea detrás de este protocolo es la incapacidad o falta de voluntad de los analistas —periodistas incluidos—, funcionarios, observadores, tomadores de decisión y simples ciudadanos del llamado Primer Mundo, de salir de su propio ombligo cuando juzgan situaciones en otros países. Si ellos tienen problemas de racismo o dificultades de integración, forzosamente todo el mundo debe tenerlos. Tendencia acentuada por la ignorancia de la realidad de otros países.

Recordemos la pregunta -absurda en sí misma- por la ausencia de negros en la Selección argentina en el Mundial de Qatar.

Pocos días antes de lo de Cavani, también en diciembre de 2020, hubo otro incidente en la Champion League: un árbitro rumano usó la palabra “negru” no para insultar sino para identificar a un jugador y estalló la polémica por lo que fue leído como un insulto racista. En referencia a este episodio, un empresario y escritor francés, Denis Monneuse, escribió un artículo titulado Vemos racismo en todas partes (On voit du racisme partout; Causeur, 11/12/20), evocando el tiempo en que vivió en Sudamérica, para explicar a sus compatriotas algunas diferencias culturales.

¿Por qué Argentina no tiene más jugadores negros en el Mundial?

“Cuando jugué al fútbol en Perú -escribió Monneuse-, me llamaban ‘flaquito’. Otros eran apodados ‘el gordo’ y todos lo tomaban como sobrenombres; nadie denunciaba gordofobia. El sobrenombre de un ex jugador del PSG, Javier Pastore, era ‘el Flaco’. Los periodistas franceses a veces lo llamaban así y que yo sepa nadie les hizo una demanda. Por lo tanto, es gracioso que sea el medio del fútbol el que hoy se ofusque porque una persona haya designado a otra por el color de su piel en un contexto muy preciso”.

Si los seleccionados de Francia y otros países europeos tienen muchos integrantes de origen africano o magrebí no es porque sean modelos de no racismo; es por su historia, porque tuvieron colonias en esos países y porque desde hace mucho tiempo reciben un aporte migratorio de ese origen.

Pero hay algo más. En Europa y en Estados Unidos hay un renacer del racismo; en realidad, del antirracismo. De nuevo se puede hacer el paralelo con el feminismo: el antirracismo es más urgente y necesario cuando ya no existe la esclavitud, el apartheid, la segregación racial.

Que sigue habiendo prejuicios nadie lo niega, pero el discurso actual tiene un tono tal de urgencia, de catástrofe, de gravedad, que uno se creería en la Sudáfrica de los años 60 en adelante.

MADRID, 12/09/2024.- LaLiga y la Federación Española de Fútbol (RFEF) anuncian que incorpora el gesto de incidente racista aprobado en el congreso de la FIFA de Bangkog de 2024 (EFE/ LaLiga)

El relativismo cultural que lleva a algunos progresistas a mostrarse tolerantes con costumbres que contradicen de modo flagrante la dignidad humana, como la idea de que está bien que una mujer vaya cubierta de pies a cabeza, no parece operar en los casos en los que sí debería hacerlo.

Hace aproximadamente un mes, la momia de un niño del período incaico, encontrada por una expedición militar en 1905 en montañas de Jujuy, fue restituida a ‌la comunidad indígena local tras pasar 119 años en el Museo Etnográfico Juan B. Ambrosetti, dependiente de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA).

La momia era conservada en ese Museo por tratarse de un hallazgo arqueológico relevante.

Pero su devolución era reclamada por quienes la consideran “un ancestro arrancado de su territorio”. En consonancia con esta visión, las autoridades del museo y de la UBA formularon sentidos pedidos de disculpas en el acto de restitución, que fue presentado como un gesto ético, de justicia y reparación histórica.

Devolución del Niño del Chañi - momia

“Esta devolución ‌nos enseña qué es lo que tenemos que transformar de nuestras conductas ​en el campo de la ciencia y que no todo es en pos ​de la ciencia”, dijo el decano de Filosofía y Letras. Un referente de la comunidad indígena El Angosto explicó: “Este niñito tiene mucho para decirnos sobre nuestra identidad. Es ‌un ser querido, es un abuelo nuestro ⁠que se durmió para mostrarnos la historia de nuestra cultura y formas de vida, de las cuales algunas perduran”.

Conmovedor. El detalle que no figuró en ningún titular, ni en los discursos de uno y otro lado, es que el “Niño del Chañi” restituido no se durmió: es la momia de un pequeño de entre 5 y 7 años víctima de sacrificio humano. Parte de los rituales de culturas idealizadas, romantizadas incluso, por el indigenismo imperante.

En vez de pedir disculpas ellos por sus antepasados practicantes de sacrificios humanos, piden disculpas los arqueólogos por usar esas momias para estudiar costumbres prehistóricas. Es el mundo al revés. Aclaro que no soy partidaria de los pedidos de disculpas por crímenes cometidos por otros y en tiempos pasados, pero la doble vara que se aplica en estos casos es descarada.

Volviendo al tema del protocolo contra el racismo en el fútbol, con el antirracismo de hoy sucede lo mismo que con el neofeminismo y el indigenismo: para existir y crecer, éstos inventan el patriarcado en el presente y el genocidio en el pasado, respectivamente. Siguiendo ese patrón, el nuevo antirracismo necesita detectar racismo incluso donde no lo hay.

Siempre me resultó sospechosa la iniciativa del Censo 2010 de indagar sobre la ascendencia étnica de los argentinos. Por primera vez se incluyó una pregunta sobre la pertenencia o descendencia de pueblos aborígenes o africanos. En base a esta autopercepción se fijaron luego estadísticas presuntamente rigurosas.

Afrodescendientes

Hubo un tiempo en que las sociedades dividían a sus miembros según el grado de mestizaje; una clasificación que solía tener consecuencias y definir por ejemplo el lugar de las personas en la escala social. En consecuencia, dejar de clasificar étnicamente a las personas fue un avance para la humanidad. Por eso mismo, el identitarismo de hoy, la pretensión de dividir al mundo en “colectivos” según sexo, orientación sexual, origen étnico, etc. es un claro retroceso.

Se opera una vuelta a la categorización racial. Ni más ni menos. Se pretende que, esta vez, esa categorización se hace en el nombre del bien. Pero es algo contrario a conquistas de la humanidad, tan básicas y elementales como la igualdad. Y, en la práctica, promueve una visión maniquea y binaria de la sociedad. A la “raza” supuestamente “blanca” se le exige arrepentimiento; a las otras, se les debe reparación.

La única explicación posible de estos protocolos en el fútbol es el deseo de subirse a la ola del antirracismo de nuevo cuño que se expande por el mundo —occidental— y que acusa a países cuya población es mestiza de estar “invisibilizando” a toda una comunidad étnica.

Afrodescendientes

La problemática racial que afecta a algunos países del primer mundo es ajena a nosotros, aunque también allí, en vez de resolverla, el nuevo antirracismo, parece quererla incentivar, alentando el resentimiento.

Muchas usinas culturales del Occidente más desarrollado se vienen dedicando en los últimos años a elaborar justificaciones para sustentar una nueva y ruidosa militancia antirracista. Esta nueva teoría racial, seudo científica, se basa en la existencia de prejuicios inconscientes o implícitos en todas las personas blancas: ese argumento subjetivo basta para denunciar un “racismo sistémico” y una “supremacía blanca”, a partir de las cuales se puede formular una interminable serie de reivindicaciones y exigencias de reparación.

El racismo hacia los negros es genético en los blancos, sostienen. Aunque ya no haya leyes ni instituciones que releguen a los negros a la categoría de ciudadanos de segunda —como las hubo en el pasado en países que basaron su economía en sistemas que usaban mano de obra esclava masiva; que no fue el caso de Argentina—, el racismo opera de todos modos a través de categorías mentales inherentes al ser humano (blanco), aun cuando éste no sea consciente de ello o lo niegue abiertamente.

El pensamiento y la trayectoria de una persona no tienen importancia: si se es blanco se es racista.

Afrodescendientes

En el caso argentino, se busca negar el mestizaje que dio forma a nuestra sociedad. El “desierto argentino” fue poblado mayormente mediante inmigración y ésta vino de los países que en aquel momento expulsaban población. Es curioso que se olvide que la tercera corriente migratoria en número es la que abusivamente llamamos “turca”, es decir, la sirio libanesa. Unos 3 millones y medio de argentinos son descendientes de esa población.

Quizás no se la nombra porque contradice la zoncera del “blanqueamiento” deliberado.

La Argentina nunca tuvo problemas de integración con las diversas colectividades extranjeras que se fueron asentando en el país. No existen guetos.

Eso ahora se lo quiere revisar. Al igual que en Europa, hoy afectada por esa fragmentación, se busca instalar una diferenciación que no existe en la realidad.

No son nuevas estas iniciativas que, a partir de postular un inexistente racismo sistémico o estructural, buscan generar nuevas grietas en el cuerpo social.

Congreso de la FIFA en Vancouver Convention Centre, Vancouver, Canada - Abril de 2026 (REUTERS/Jennifer Gauthier)

A Europa se la acusa por su pasado colonial; debe pagar la sociedad actual las culpas de sus antecesores. En América Latina, se busca deslegitimar la colonización española —que nos ha legado dos elementos muy sólidos de unidad: el idioma y la fe— y negar el mestizaje.

Cherchez l’argent, dirían los franceses: busquen la plata, rastreen la financiación de todas las ong, organismos estatales, centros de estudios, cátedras, publicaciones académicas que de repente descubren, por ejemplo, que la Argentina “escondió” a sus negros, “blanqueó” a su población, etc.

Es que el sesgo racial sirve para ocultar las verdaderas discriminaciones y disparidades que casi siempre están en lo socioeconómico-. En 2008, Barack Obama, siendo aún candidato presidencial, dijo que revisaría la política de cupo racial laboral, y que usaría criterios socioeconómicos antes que étnicos para los programas sociales. Argumentó que muchos blancos, trabajadores o de clase media, podían sentir “preocupaciones legítimas” al oír que “un afroamericano” tenía “ventaja para obtener un buen trabajo o ingresar a una buena universidad por una injusticia que ellos no cometieron”.

¿Podría hoy Obama repetir estas grandes verdades sin ser repudiado, debido al clima de exacerbación identitaria que se vive?

Crónica de un sismo anunciado