Murió Ramiro Agulla, el creativo que reinventó la publicidad argentina
Hoy a las 7 de la mañana, murió Ramiro Agulla, la figura más importante de la publicidad argentina contemporánea y el cerebro creativo que estuvo detrás de varios de los avisos y las campañas más populares de la televisión y la política de los últimos 30 años.
Tenía 62 años y había sido internado en los últimos días por una neumonía que se complicó y derivó en un shock séptico.
Ramiro Agulla nació en 1964 en Río Gallegos, aunque desde muy chico se radicó en Buenos Aires. Cursó el secundario en el tradicional Colegio Champagnat y, siguiendo en parte el camino marcado por su padre, ligado a los medios y la comunicación, estudió en la escuela de la Asociación Argentina de Agencias de Publicidad. Dio sus primeros pasos en la industria en León Chocrón, una pequeña agencia que trabajaba con distribuidoras de cine.
El punto de inflexión llegó en Young & Rubicam, donde conoció a quien sería su socio durante más de dos décadas, Carlos Baccetti. Juntos pasaron luego a Verdino y, poco tiempo después, dieron el salto para fundar su propia agencia: Agulla & Baccetti.
Rápidamente, la flamante empresa se convirtió en la agencia “hot” y en los 90 los grandes anunciantes -desde Coca-Cola hasta Quilmes, desde OCA hasta el Banco Itaú- se peleaban para trabajar con ellos. Con los grandes clientes llegaron los primeros millones y también la fama gracias a comerciales de innegable impacto popular como “La llama que llama” para Telecom, o “Gueropa” para Renault.
En ese momento, Agulla decía que su próximo desafío era nada menos que refundar la publicidad argentina y de hecho, Agulla & Baccetti se convirtió en un centro de atracción y formación del mejor talento local: la agencia fue el semillero de creativos que después se consagraron a nivel internacional, como Leandro Raposo, Sebastián Wilhelm, Maxi Anselmo o Alberto Ponte. Sin embargo, poco después aceptó la propuesta de su amigo Darío Lopérfido para sumarse al comité de campaña del entonces jefe de Gobierno porteño, Fernando de la Rúa. Para el candidato radical creó otro de sus trabajos más recordados: la campaña “Dicen que soy aburrido”, que se convirtió en un emblema de la comunicación política argentina, aunque con los años también le valió críticas de quienes le atribuyeron haber contribuido a construir una imagen que luego chocó con el fracaso del gobierno de la Alianza.
La política tampoco le era un mundo ajeno. Su padre, Horacio Agulla, era abogado y tuvo una activa participación política: fue diputado por el Partido Federal y formó parte de la redacción de la Constitución de la provincia de Santa Cruz. Sin embargo, su gran pasión era el periodismo. En 1978, cuando Ramiro tenía 14 años, Horacio Agulla, por entonces director de la revista Confirmado, fue asesinado de cinco tiros mientras bajaba de su auto, en el barrio porteño de Recoleta.
Aunque no era un militante de izquierda, Ramiro siempre sostuvo que el crimen había sido cometido por un grupo de tareas vinculado con la dictadura militar. Con el tiempo, sin embargo, también aclaró que había aprendido a convivir con esa tragedia. “Traté de convertir mi bronca en algo positivo”, repetía cada vez que se refería a la muerte de su padre.
La campaña para De la Rua se convirtió en la puerta de entrada en el mundo de la política, en el que siguió jugando hasta el día de hoy, con su agencia Roma. En los últimos años, trabajó para casi todos los sectores políticos, desde Carlos Menem hasta Francisco de Narváez, pasando por el kirchnerismo y el peronismo cordobés.
Además, también cruzó las fronteras asesorando en las campañas del mexicano Vicente Fox y la chilena Michelle Bachelet y hasta le brindó algún asesoramiento al republicano norteamericano John McCain en las elecciones que perdió contra Obama.
“Yo no soy político. Soy publicitario. Hago anuncios, soy el chico del delivery”, respondía cuando lo cuestionaban por trabajar para dirigentes de todo el arco político. Con esa mirada atravesó más de cuatro décadas de carrera, durante las cuales creó campañas que quedaron grabadas en la memoria colectiva y redefinió los estándares de la publicidad argentina.
Era hincha fanático de Boca y uno de sus sueños era ser cantante, al punto de que le puso su voz al aviso “En tu cabeza hay un gol”, una de sus publicidades más emblemáticas que creó para la campaña de Quilmes en el Mundial de Francia 98.
Estaba casado con la decoradora Delfina Vázquez Maiztegui y tenía cinco hijos Ramiro, Azul, Jazmín, Santino y Silvestre.
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