Sin migrantes no hay futuro para Europa
El reciente viaje de papa León a la isla de Lampedusa, no casualmente en el día de la Independencia de los EE.UU., ha marcado no solamente una fuerte denuncia por parte del pontífice, de la incapacidad de Europa de encarar el fenómeno migratorio sino de tener una perspectiva y una visión a largo plazo sobre el destino futuro de los pueblos europeos.
Un primer problema es representado por la cuestión demográfica; todos los países europeos, con Italia a la cabeza, viven un crecimiento cero de los nacimientos; son poblaciones con porcentajes de personas mayores muy altos y que, con el perdurar de las guerras, no hay señales que puedan detener este fenómeno ya irreversible.
En esta perspectiva, la acogida a los migrantes representa un rejuvenecimiento de la población europea y el mejoramiento de las economías, que necesitan cada vez más, del trabajo y la mano de obra extranjera. El Papa León en Lampedusa ha sido muy claro y contundente: “Europa posee un potencial único, que deriva de su historia y de su cultura y, por eso mismo, una equivalente responsabilidad. Por su posición geográfica y por su estructura institucional, Europa tiene la capacidad —en esta área— de afrontar la crisis de modo orgánico, insertando los primeros auxilios en un plan estratégico de larga duración, que sea capaz de acoger, proteger, promover e integrar a los migrantes y, al mismo tiempo, trabajar por el desarrollo, de tal forma que nadie se vea obligado a emigrar. Todo esto velando por el respeto de la dignidad de cada persona. Es un deber de las instituciones públicas, pero también de toda la sociedad civil y de la Iglesia.”
Entonces, el problema es, por un lado, mantener la memoria que los migrantes no atentan a la seguridad de los países sino que representan un recurso, una oportunidad para renovar y construir sociedades multiculturales y multirraciales que representan una riqueza cultural y humana para quien será acogido y para quien los recibe.
Pensemos en la riqueza de la historia milenaria de Italia y de cómo las diferentes olas “invasoras” migratorias han representado la construcción de un país rico de culturas y tradiciones distintas. La misma Argentina , no hay que olvidarlo, debe su desarrollo en el siglo pasado, a la llegada de tantos y diversificados grupos migratorios.
Buenos Aires, ciudad cosmopolita, debe su fascino y atracción internacional justamente por la presencia de tantos y diferentes grupos migratorios que han marcado el original y múltiple aspecto urbanístico de esta capital mestiza. Entonces, cerrar las puertas a los migrantes significa para Europa tener un futuro incierto y lleno de incógnitas.
Como ha recordado el Papa León en Lampedusa: “Hay también quien elige no hacerse prójimo y quien decide no decidir. Los muertos en este mar son víctimas ya sea de decisiones tomadas o de decisiones omitidas. El desinterés por el bien común y la corrupción en los lugares de proveniencia, un sistema económico mundial que genera pobreza y exclusión, el miedo que fomenta prejuicios y desprecio...” Todos estos factores engendran rechazo y miedo en la opinión pública y retrasan procesos de integración que pueden renovar el continente europeo.
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