Optimismo inesperado
“El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”, le dice Ilsa a Rick en Casablanca. Me viene esa frase de la nada mientras espero en un café a mi amigo que está retrasado. Leí un estudio que dice que la gente impuntual lo es por exceso de optimismo. Alguien llega tarde al confiar por demás en la flexibilidad del tiempo. Recuerdo esto cuando veo a mi amigo entrar corriendo.
En medio de la charla, poco después de que una mujer se siente cerca, él dispara: “Hay que hacer que el tipo se rompa una pierna”. No puedo estar más de acuerdo. Mientras asiento, noto una tensión repentina en el ambiente. La señora de al lado se contonea no sé si acomodando el cuerpo para oír mejor o por pura incomodidad. Subo la apuesta: “A la chica hay que dejarla sin ahorros”. “Me gusta” aprueba él.
Nos tira dardos de reojo mientras nosotros seguimos pergeñando desgracias ajenas.
Recién cuando ella se retira, recuerdo que mi amigo y yo somos guionistas y que mientras decidimos el destino de mil vidas de ficción discutiendo apasionadamente los detalles, olvidamos el universo alrededor (y el horror que nuestra conversación puede causar).
Cuando él va al baño retomo la idea de antes y pienso que quizás todos somos más optimistas de lo que imaginamos. Basta con hacer un escaneo rápido de nuestras cabezas para comprobar la trama desquiciante de ideas que enfrentamos a diario.
Veo mi mente como una pantalla que scrolleo desde que despierto, donde aparecen cosas como: vino el frío. USA amenaza a Irán. Se acabó el café. Pagar expensas.
¿Anda el calefón? Irán no cede. Pedir turno de periodoncia. Peligran los glaciares.
¿La clave de homebanking? Incendio forestal. Comprar café y bananas. Saludar a la tía por el cumple. ¿Servirá la columna? Flota naufraga en el Mediterráneo. Hacerme las raíces. ¿Depositaron? Arreglar cena con B. Subió el subte. ¿Reparo el celu o lo cambio? Un femicidio cada 31 horas. Llamar a mamá. Putin y Zelensky no acuerdan. ¿Ya toca el Pap? La IA desplaza humanos. ¿Para qué escribo? Reponer detergente. Arrancar el gym. Extraño a A. Otro genocidio. ¿Se lo digo? Atentado en Pakistán. (Por nombrar sólo 1% del cambalache mental cotidiano).
¡Vaya si seremos optimistas! confirmo entonces mientras mi colega vuelve del baño.
Si con todo seguimos haciendo yoga, riendo con amigos, probando ropa nueva, criando hijos, comprando flores, perfumando la casa, amando algo/a alguien, conmoviéndonos con una canción, bailando solos, en tribu, soñando un beso o un viaje como si el futuro aún fuese promesa… Creando historias.
Haciéndonos eco finalmente de los protagonistas de aquel clásico, que desafiaban la crueldad, la desesperanza y el caos, insistiendo en la belleza del momento. Como si dijésemos junto con ellos: “El mundo se desmorona y nosotros aún nos ilusionamos”.
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