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clarin.com · hace 20 horas · Clarin.com - Home

Cuando las máquinas trabajen por nosotros, ¿para qué viviremos?

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Durante dos siglos, la política y la educación compartieron una gran promesa: formar ciudadanos para el trabajo. Pero la inteligencia artificial nos obliga a enfrentar una pregunta mucho más difícil. Si las máquinas realizaran una parte creciente de nuestras tareas, ¿para qué viviremos?

No se trata de una especulación. Goldman Sachs Research estima que alrededor de 300 millones de empleos de tiempo completo podrían verse afectados por la inteligencia artificial generativa. La discusión ya no consiste en si el trabajo cambiará, sino en la velocidad con que lo hará. El desafío del siglo XXI será encontrar un nuevo sentido a la existencia cuando el trabajo deje de ser el principal organizador de nuestras vidas.

No se trata de una inquietud mística. Es una cuestión política, educativa y cultural de enorme actualidad.

Mientras muchos consideran que la filosofía y la espiritualidad constituyen un lujo intelectual, The Economist reveló recientemente que los principales laboratorios de inteligencia artificial incorporan filósofos para abordar problemas de razonamiento, incertidumbre y alineación ética de sus modelos. Los desarrolladores de la tecnología más sofisticada comprendieron que las preguntas más antiguas siguen siendo las más importantes.

El trabajo nunca fue solamente una fuente de ingresos. Proporciona identidad, disciplina, vínculos sociales, reconocimiento y una razón para levantarnos cada mañana con la promesa de una vida mejor.

Si en las próximas décadas la automatización reduce drásticamente la necesidad de trabajo humano y mecanismos como un ingreso básico universal garantizan la subsistencia, millones de personas podrían enfrentarse a un vacío existencial sin precedentes. Nunca habremos tenido tanto tiempo potencialmente libre ni habremos estado tan cerca de no saber qué hacer con él.

Dos caminos se insinúan: el primero conduce a una sociedad anestesiada frente a las pantallas, alternando entre redes sociales, videojuegos, apuestas online y ansiolíticos. Un entretenimiento infinito diseñado por algoritmos cuyo objetivo consiste en capturar nuestra atención más que desarrollar nuestras capacidades.

El animal laborans del que hablaba Hanna Arendt podría transformarse en el homo videns descrito por Giovanni Sartori. Evitar esa distopía no será una tarea tecnológica: será una responsabilidad política y educativa.

El segundo camino supone comprender que el sentido de la vida no consiste únicamente en producir y consumir, sino en desarrollarnos como seres humanos. Superados dogmatismos, las distintas tradiciones espirituales coinciden en este punto. Tanto la tradición judeocristiana como las orientales, sostienen que la acumulación de riqueza como ideal de progreso no constituye “per se” el camino hacia la plenitud. La tecnología puede potenciarla para dedicar más tiempo a la creatividad, la ciencia, el arte, el cuidado de los demás y el crecimiento personal.

Las escuelas y universidades tampoco pueden seguir preparando exclusivamente para un mercado laboral que está cambiando a una velocidad inédita. Debieran formar ciudadanos capaces de encontrar sentido más allá de la productividad. La política pública necesita comenzar a diseñar comunidades preparadas para el ocio creativo, la innovación, la cooperación y el aprendizaje permanente.

La inteligencia artificial podrá responder millones de preguntas. Pero hay una que seguirá dependiendo exclusivamente de nosotros: ¿para qué vale la pena vivir?

Arturo Flier

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