El futuro no está en el subsuelo, está en lo que hagamos con él
Durante el siglo XX el poder se midió en petróleo y acero. El siglo XXI se mide en otra cosa: en el cómputo que mueve a la inteligencia artificial y en los insumos físicos que lo alimentan —minerales críticos, semiconductores, energía y, cada vez más, alimentos—. No es una metáfora. Es el eje sobre el que las grandes potencias reorganizaron su política exterior en los últimos años, desde la guerra por el estrecho de Ormuz hasta los controles chinos sobre las tierras raras.
El cambio de fondo es de lógica. Durante tres décadas, las cadenas de suministro se diseñaron buscando lo más barato. Hoy se diseñan buscando lo más seguro. La pregunta dejó de ser “¿qué me cuesta menos?” para pasar a ser “¿qué pasa si me lo cortan?”. Y esa pregunta convirtió a los recursos naturales —que parecían commodities de baja política— en palancas geopolíticas de primer orden.
En ese tablero, la Argentina tiene una posición inusual: cartas en tres de los cuatro insumos que definen la época. Energía, con Vaca Muerta convirtiendo al país en exportador neto. Minerales, con el litio del norte y un cinturón de cobre de clase mundial todavía por desarrollar, a los que se suma una segunda fila incipiente —tierras raras, uranio, cobalto, níquel, entre otros—, aunque por ahora en reservas acotadas y en etapa de exploración. Alimentos, el rol histórico, que sigue generando la mayor parte de nuestras divisas. Nos falta el cuarto —los semiconductores—, donde no tenemos cartas, salvo el talento de una industria de software que conviene no subestimar.
Por eso no sorprende que el Gobierno haya decidido, hace pocos días, adherir a la Pax Silica, la coalición que lidera Estados Unidos para asegurar las cadenas de suministro de la era de la inteligencia artificial por fuera de China. Es una decisión coherente con el alineamiento de los últimos años: en un mundo que premia la seguridad de abastecimiento, ser proveedor confiable de insumos críticos es un activo valioso.
Pero acá empieza lo importante, y es donde conviene no festejar antes de tiempo. Porque una cosa es entrar al juego y otra muy distinta es en qué escalón se entra.
El riesgo no es quedar afuera. Es entrar como cantera: exportar la piedra y comprar la tecnología.
La letra chica de estas alianzas asigna roles. A los países que aportan diseño, fabricación y capital los integra como socios. A los que aportan materia prima los incorpora como proveedores. Y la Argentina ingresa, por ahora, en el segundo grupo: como cantera, no como desarrolladora de baterías, cátodos o chips. Es el mismo patrón que nos definió con el cuero, el trigo, el petróleo y la soja: exportar lo que se extrae e importar lo que tiene valor agregado. Llamémoslo por su nombre: raquitismo industrial.
Que ese sea el punto de partida no es una condena, pero sí una advertencia. El salto que importa no es vender más toneladas de carbonato de litio: es procesarlo, transformarlo, agregarle ingeniería. Y hay una jugada de síntesis al alcance de la mano: usar el gas de Vaca Muerta para escalar los fertilizantes nitrogenados —que hoy producimos, pero no en el volumen que el campo necesita, lo que genera una fuerte dependencia del mercado internacionales— y dejar de ser importador para volvernos exportador neto, conectando de un saque nuestra fortaleza energética con la alimentaria.
Los biocombustibles, buen ejemplo, reforzamos el eslabón industrial de la soja, el maíz y la caña de azúcar, y dejamos de exportar solo producción primaria. Esa es la clase de decisión que separa a un proveedor de materias primas de un socio que captura valor.
Nada de esto ocurre solo. Requiere tres cosas que no se compran con un acuerdo: infraestructura y logística —puertos, ductos, corredores— para sacar la producción; estabilidad macroeconómica y reglas creíbles para atraer el capital de largo plazo que estos proyectos exigen; y una política que articule Estado, ciencia e industria en lugar de dejar todo librado a la extracción. Sin eso, los grandes regímenes de incentivos serán un estímulo para cavar más hondo, no para subir más alto.
Y hay un costo que conviene mirar de frente. Elegir el carril occidental implica tensionar la relación con China, que es uno de nuestros principales socios comerciales, gran comprador de nuestra soja y dueña de inversiones importantes en el litio argentino.
No hay alineamiento gratis. La diplomacia de los próximos años tendrá que administrar esa fricción con inteligencia, no con épica. Inteligencia para reconocer los márgenes de maniobra de relacionamiento que habilita cada sector: que en materia de minerales la brújula apunte a este acuerdo, sin dejar por eso de identificar oportunidades de relacionamiento e inversión allí donde aparezcan.
La buena noticia es que el mundo, por primera vez en mucho tiempo, necesita lo que la Argentina tiene. La mala sería desperdiciar esa ventana repitiendo el viejo libreto. El siglo de los insumos nos ofrece una oportunidad histórica; pero las oportunidades históricas, cuando se administran mal, se vuelven la enésima frustración.
La pregunta, entonces, no es si la Argentina entra en el nuevo orden. Ya entró. La pregunta es si entra como el lugar de donde se saca la piedra o como el lugar donde la piedra se convierte en algo más. No alcanza con tener el subsuelo: hay que decidir, de una vez, qué vamos a hacer con él.w
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