El espacio centrista, una aspiración vigente
Descreo de las profecías políticas. Suponer que estamos condenados al éxito es una desmesura como suponer que estamos condenados al fracaso. Recelo de los dogmas de fe. Religiosos o laicos. Las dictaduras, las autocracias, las satrapías se han nutrido de esos embelecos.
La humanidad ha pagado un precio muy alto por someterse al imperativo de un principio excluyente. Podemos permitirnos dialogar con el pasado e imaginar el futuro, pero nuestra realidad es el tiempo presente. Nuestras desdichas y satisfacciones ocurren aquí y ahora.Y si nuestros hijos y nietos por alguna resolución misteriosa deciden reclamarnos una rendición de cuentas, lo harán por lo que hicimos o dejamos de hacer aquí y ahora.
En estos menesteres una advertencia importa. La pronunció Winston Churchill en un tiempo en que el becerro de oro de las promesas redentoras absolutas fascinaban a las multitudes. “Yo no sacrificaría a mi propia generación a un principio por más elevado que sea o a una verdad por más grande que sea”. Frase no muy diferente a la que se permitió elaborar lord John Maynard Keynes cuando pretendían incomodarlo en nombre de los objetivos extendidos hacia un largo plazo. “En el largo plazo todos estaremos muertos”, respondió con su helada flema británica.
Nos repetimos con demasiada frecuencia que caminamos al borde del abismo. Para expresarnos somos trágicos, dramáticos y en más de una ocasión, cínicos. Por extraños designios de la retórica preferimos los adjetivos a los verbos. Y nos resulta indiferentes que las consecuencias de esas preferencias no sean retóricas.
Si algún confidente del pasado nos demostrara que las generaciones pasadas también tropezaron con la misma piedra nos asombraríamos o sencillamente no le creeríamos. Nos cuesta aceptar a la Argentina tal como es. Hace más de un siglo el mismo dilema lo expresó Mitre como un sugestivo deseo: “Debemos tomar a la República Argentina tal cual la han hecho Dios y los hombres, hasta que los hombres, con la ayuda de Dios, la vayan mejorando”.
Más de un humorista habló de nuestro destino paradójico excepcional. Dotados de recursos naturales y humanos nos hemos empecinado en “desdesarrollarnos”. Se dice que individualmente somos exitosos, pero como sociedad somos un deplorable fracaso. Puede que la premisa sea algo desmesurada, pero no tanto.
Hace menos de un siglo disponíamos de las mejores carreteras y las más extendidas vías ferroviarias de América latina. También de la mejor educación pública, un excelente sistema sanitario y la legislación social más avanzada de América latina.
Tal vez estas ausencias expliquen que nuestros sentimientos dominantes sea la nostalgia teñida de melancolía. Puede que a veces se exagere, pero a todos nos asiste la certeza o la presunción de que por esos extraños avatares del destino nos hemos enredado en las discordias con la alucinada certeza de quienes creen que todos los errores le están permitidos.
En 1985, un año antes de marchar al silencio, Jorge Luis Borges publicó un texto que tituló “Los conjurados”. Nos anuncia que en el centro de Europa están conspirando, y nos advierte que esto ocurre en el año 1291. Después informa: “Se trata de hombres de diversas estirpes, que profesan diversas religiones y que hablan en diversos idiomas. Han tomado la extraña resolución de ser razonables. Han resuelto olvidar sus diferencias y acentuar sus afinidades”. Esto ocurrió hace casi mil años, pero Borges nos recuerda el carácter extraño, casi excepcional de esa iniciativa: ser razonables.
¿Seremos accesibles nosotros para decidirnos a dar ese paso? ¿Nos atreveremos a tanto? No estoy en condiciones de dar una respuesta terminante, pero sí creo que después de tantos fracasos, de tantas ilusiones marchitas, de tantos tropiezos, no nos queda otra alternativa que la de ser razonables. ¿Acaso no lo somos?
Creo que en nuestra vida cotidiana, por debajo de los estruendos, los retiemblos y las desazones de la política, millones de argentinos se proponen ser razonables. Pero por una curiosa disposición de la historia, pareciera que la predicada razonabilidad nos resulta esquiva a la hora de las decisiones políticas.
Las antinomias irreductibles, las contradicciones antagónicas, las grietas en definitiva, son una consecuencia del hábito a renunciar a ser razonables, esa racionalidad que traducida a la política encuentra en el “centro” su espacio preferido, un “centro” que no preexiste, que no reniega de las aspiraciones de futuro y tampoco renuncia a las lecciones del pasado.
Un “centro” que prefiere la continuidad a las rupturas, las reformas a las revoluciones, la tolerancia a la intransigencia porque, como dijera Raymond Aron, “la civilización se teje con un hilo muy delgado para arriesgar su textura con utopías regeneracionistas o irredentas”.
Un “centro” que como ejercicio político y práctica social prefiere “lo familiar a lo desconocido, lo experimentado a lo no experimentado, el hecho al misterio, lo efectivo a lo posible, lo limitado a lo ilimitado, lo cercano a lo distante, lo suficiente a lo excesivo, lo conveniente a lo perfecto, la risa presente a la felicidad utópica”, como escribió Michael Oakeshott.
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