Las invasiones británicas
Hace más de dos siglos, una Buenos Aires invernal se vio sorpresivamente invadida por tropas de uno de los más poderosos imperios de la época: el británico.
Habían desembarcado en la costa de Quilmes y avanzaron sobre la ciudad, mientras el virrey Sobremonte subía a su carreta y escapaba. Desde los textos escolares y luego en las investigaciones, las Invasiones Inglesas quedaron como un capítulo fundamental en nuestra historia.
Curiosamente, en los últimos días resurgió el tema cuando el abogado y novelista José Salem presentó “Cuarenta y nueve días en la niebla” y, en el Teatro San Martín, Elena Roger lleva adelante el musical con melodías de Charly.
La obra de Salem muestra el conflicto desde la perspectiva de “la gente común” del Buenos Aires de aquel momento e intenta cerrar algunos mitos como el del aceite hirviendo (“Sí le tiraron algunos piedrazos a los ingleses, pero nada más”). Salem, entrevistado por Clarín, considera que aquellas invasiones -1806, 1807- fueron la “génesis de la identidad nacional”.
Y sostiene: “Lo que me interesó, básicamente, es que la primera invasión duró apenas 49 días. Me pareció fascinante ver cómo en un lapso tan corto se concentró todo un conflicto bélico: la llegada de los ingleses, la convivencia y luego la reconquista por parte de las tropas locales. Me gustaba ver cómo vivía la gente común esos cambios. En un período muy corto, ese pueblo se sintió invadido por primera vez, porque la conquista española había sido mucho tiempo atrás y, de golpe, vivir esas tres etapas hacía que me preguntara ¿qué siente una persona común al ser invadida por una fuerza extranjera con costumbres, lenguas y filosofía distintas? ¿Cómo se convive con ellos y qué expectativas genera? Pero, sobre todo, lo que más me interesó fue ver qué movilizó en una sociedad que todavía no tenía identidad de país porque éramos parte del Virreinato, no teníamos aún esa identidad territorial. ¿Cómo movilizó esta invasión al porteño –digo porteño porque la Argentina no existía- para ir adelante, expulsar a los ingleses y sembrar el germen de lo que después sería la independencia. Todo eso pasó en un suspiro de tiempo”.
Uno de los estudiosos que abordó el tema fue Klaus Gallo, historiador de la Universidad Di Tella, quien publicó su ensayo “Las invasiones inglesas” hace dos décadas. La tesis de Gallo –quien también considera que estos episodios fueron “fundacionales” para nuestra independencia- es que las invasiones se consideraban una aventura casi “extraoficial” de algunos jefes militares británicos, tal vez con alguna venia de la corona pero sin documentación que los avale. Y, de hecho, el “cerebro” de esas invasiones, el comodoro Home Riggs Popham, luego fue juzgado en Londres por actuar sin autorización, aunque lo absolvieron.
“Esas expediciones –escribe Gallo- no respondían a un plan sistemático del gobierno británico, sino a la búsqueda de nuevos mercados debido al bloque continental impuesto por Napoleón (…) Resulta bastante anómala la manera en que Gran Bretaña queda envuelta en el conflicto bélico. Las invasiones al Río de la Plata fueron autorizadas por el comandante David Baird, destacado en el Cabo de Buena Esperanza y no por el rey Jorge III ni por el gobernante de ese país, quienes tres meses después se anoticiaron de que un ejército de ‘Su Majestad Británica’ había conquistado –y perdido- la posesión de un territorio perteneciente al Imperio español”.
Según la investigación de Gallo, la corona ordenó la conquista del Cabo de Buena Esperanza (colonia holandesa) como clave para el pasaje del Atlántico al Indico. Pero Popham, establecido en Ciudad del Cabo, fue más allá y propuso seguir hacia el Atlántico Sur. Tenía informe de espías, entre ellos el estadounidense Wiliam Porter White, acerca de “defensas débiles y una fortuna atesorada en el fuerte de Buenos Aires”.
Así que reclutaron 1.600 soldados y una buena suma de dinero para un jefe recién llegado, el coronel William Carr Beresford, para que se dirigiera a nuestra región”. Agrega: “Las fuerzas británicas decantarían en una expedición a Buenos Aires por dos motivos. El primero, netamente económico, que era apoderarse del tesoro en el fuerte. Y el segundo, de índole táctico-militar. Dado que Buenos Aires era una ciudad abierta, sin muros, fácil de penetrar, la idea era someter la zona del Río de la Plata y desde allí dominar la región”.
La imagen que tenemos de William Carr Beresford es la de su rendición del 12 de agosto de 1806 ante las tropas de Liniers en el fuerte de Buenos Aires. Prisionero, fue enviado al norte pero, a la altura de Luján y en un episodio nunca aclarado –algunos contactos locales le ayudaron- escapó y pasó a Montevideo, donde ya se encontraba la nueva avanzada invasora, al mando de Whitelocke. Beresford cumplió con su palabra (“no volver a empuñar las armas contra los defensores de Buenos Aires”) y regresó a su país.
De familia de la nobleza –era hijo del marqués de Waterford- Beresford nació en la región de Kent y desde chico desarrolló la carrera militar. Una carrera que lo llevó a protagonizar los conflictos más importantes de la época: estuvo al servicio de la corona frente a los independentistas de EE.UU., combatió en la India (donde conoció al Duque de Wellington, que sería su protector y referente toda la vida) y enfrentó a las tropas de Napoleón en Egipto.
A su regreso de la frustrada invasión a nuestras costas, Beresford quedó al servicio de la corona de Portugal por más de una década, alcanzando el grado de mariscal. Y junto a los españoles, volvió a combatir a las tropas napoleónicas alcanzando la mayor fama de su época. “Es el hombre más capaz que he conocido en el Ejército”, lo elogió Wellington, después que Beresford ganara una de sus más importantes batallas en Albufera, en 1811.
Uno de los oficiales del ejército español que allí se encontraba a sus órdenes se llamaba José de San Martín… Curiosamente, Beresford no estuvo en la más importante batalla de aquellos tiempos, Waterloo, cuando Wellington terminó con el imperio napoleónico: el rey de Portugal prefería a Beresford a su lado y lo envió a “pacificar” Brasil.
De retorno a su tierra, desde hace ya dos siglos y hasta su muerte en Kent (en 1854, a los 85 años), fue funcionario público, gobernador y parlamentario.
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