← Volver
perfil.com · hace 8 horas

Con el corazón en la mano

Lionel Messi, es levantado por sus compañeros de equipo mientras celebran la victoria en el partido de octavos de final del Mundial de 2026 entre Argentina y Egipto

Hay ciertos partidos que deben ser jugados como lo jugó ayer la Selección Argentina. Porque el fútbol es todo: juego, marca, habilidad, físico, corazón, garra, toque. Una mezcla perfecta hecha deporte. Argentina jugó con la mezcla de todo eso ante Egipto. No podía irse derrotada como estaba. No podía irse Messi como se fueron Modric, Cristiano o Neymar. Él no. Y al rescate fueron sus compañeros.

Argentina es una Selección que tiene la mezcla perfecta. Que puede perder también, claro, pero que venderá cara su derrota. Ayer lo demostró otra vez. Estaba 0/2 en el minuto 79. Ya había errado un penal Messi. Ya estaban disfrutando todos su derrota. Messi sabía que no estaba en “su” partido. Que no había estado bien. Pero todos sabíamos que alguna iba a tener…

Apareció Messi y mostrando que no estaba fino tuvo que tirar el centro dos veces hasta encontrar solito y solo a Cuti Romero. Y adentro 1/2. Nacía otro partido. Uno de 15/20 minutos. Y el estadio se le vino encima a Egipto. La sensación inmediata en Atlanta fue que Argentina lo empataba. Y fue.

Y lo empató. Y fue Messi. El que había errado el penal. “Where is Messi?” (Dónde está Messi) decían árabes y mexicanos en Qatar… El que se acordó de eso sabe bien que Messi está. Siempre. Y el segundo gol lo hizo con el alma. La suya y la de todos los argentinos. Un bombazo épico para el 2/2.

Y otra vez la sensación en el Atlanta Stadium fue inmediata: ahora lo iba a ganar Argentina. Y robó Julián Álvarez, sí, el centrodelantero, recuperó la pelota en la puerta de su área y desde la izquierda mandó el pelotazo a Lautaro Martínez. El otro 9 corrió y aguantó la llegada de sus compañeros. Y ahí fue Enzo Fernández. Con el último aliento de energía que le quedaba. Fue y fue, y saltó y se mantuvo en el aire para “tac” darle un cabezazo seco y perfecto para el 3/2 y el descontrol total con brote de lágrimas incluidas.

Fue una locura. Una ráfaga de algo más de 20 minutos que cambiaron la historia que ya veían los egipcios y los millones de agazapados. Esos que multiplican pavadas. Que piden cualquier cosa en jugadas polémicas dejando claro que esos reclamos son proporcionales a la envidia y el miedo que genera esta selección.

Hay una última imagen de todos los jugadores en el campo de juego con Messi lanzado por los aires. Evidentemente Messi vive días demasiado intensos. La salud de su papá, la capitanía, la referencia permanente de récords vencidos y por vencer y las comparaciones con pibes como Mbappé, Haaland o Yamal a sus casi 40 años son un montón.

Y entonces, al verlo llorando desconsolado con una mezcla de emoción y de alegría cuando el árbitro francés dio el final del partido, fueron y lo abrazaron. Y así como en el tercer gol fueron a su rescate, en el festejo final le dijeron “vos llorá que acá estamos”. Y lo levantaron en andas. Lo tiraron por el aire. Lo tocaron. Se rieron con él. Disfrutaron porque no le fallaron. Porque lo admiran. Y lo cuidan. Lo idolatran. Y ya a esta altura todos saben que si el juego a veces no alcanza tienen que andar a pura garra para mostrar de qué están hechos. Y lo hacen.

Ya pasaron los brujos de Cabo Verde y las pestes de Egipto. Ahora que venga Suiza. Argentina tiene una fórmula y el resto se preocupa: Messi y 10 más. Y esos 10 juegan con el corazón en la mano. Es un montón.

Milei