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perfil.com · hace 18 horas · Pablo Gutkin*

Manuel Adorni no se fue

Manuel Adorni, en una de sus visitas al Congreso.

A pesar de haber presentado su renuncia al cargo de Jefe de Gabinete, la interminable crisis que desató Manuel Adorni sigue golpeando al gobierno de los hermanos Milei y, según distintas encuestas de opinión pública, todavía está lejos de cerrarse.

Ni el Mundial de fútbol, ni el video de Jésica Cirio y Martín Insaurralde, ni la tardía designación del "Colorado" Diego Santilli lograron detener la sangría de imagen positiva.

El gobierno intentó desplazar el foco, pero el tema continúa ocupando el centro de la escena.

La razón parece ser más profunda que el destino político de un funcionario. Si el ritual de rituales de la modernidad —esa nave del olvido social que todo lo borra y que los argentinos conocemos demasiado bien, al menos desde el Mundial de 1978— no consiguió apagar el incendio, es porque la crisis tocó una fibra central de la identidad política del oficialismo.

Ni el Mundial de fútbol, ni el video de Jésica Cirio y Martín Insaurralde, ni la tardía designación del "Colorado" Diego Santilli lograron detener la sangría de imagen positiva"

El proyecto libertario construyó buena parte de su legitimidad sobre una promesa sencilla y poderosa: terminar con la casta política. No era solamente una propuesta de gobierno; era una identidad moral.

Por eso tampoco funcionó la estrategia de desempolvar viejos videos de antiguos funcionarios y vedettes pasadas de moda. Revolcarse en el barro rara vez constituye la mejor manera de limpiarse.

Lejos de disipar el escándalo, aquella maniobra mantuvo el tema de la corrupción en el centro del debate y terminó reforzando una percepción especialmente peligrosa para el oficialismo: la idea de que el gobierno libertario empieza a parecerse demasiado a aquello que prometió reemplazar: el kichnerismo.

En ese contexto llegó la designación de Diego Santilli. Resta saber si alcanzará para clausurar la discusión. Todo indica que no.

Más allá de sus indudables capacidades políticas y de su victoria electoral en la provincia de Buenos Aires, Santilli representa justamente uno de los perfiles que el discurso libertario prometía dejar atrás. Su extensa trayectoria, atravesando distintas fuerzas políticas —del peronismo al PRO y luego al oficialismo libertario— difícilmente pueda presentarse como la expresión de una renovación. Más bien parece confirmar la incorporación plena de dirigentes tradicionales al corazón del proyecto libertario. Alta casta.

Es cierto que Santilli aporta experiencia, volumen político y capacidad electoral. Pero también es un dirigente con liderazgo propio, intereses propios y un proyecto personal que, conforme se acerque 2027, no necesariamente coincidirá con los objetivos de la Casa Rosada.

Por eso Manuel Adorni no se fue. No porque siga ocupando un despacho oficial, sino porque el problema nunca fue solamente Adorni.

Los funcionarios pasan, los voceros cambian y las agendas mediáticas se renuevan. Pero cuando la promesa que sostuvo a un gobierno comienza a resquebrajarse, ningún reemplazo alcanza para apagar el incendio. Porque, después de todo, las personas pueden irse; los símbolos, en cambio, suelen quedarse mucho más tiempo.

El Adorni, simbólico, su soberbia, su pedantería, su desprecio por los discapacitados, por los jubilados, por los docentes, por los trabajadores, por las mujeres, por lo popular, por el Estado, no se fue. Permanece en nuestra memoria colectiva, nuestro corazón común.

Milei