Universidad: ¿qué significa ser reformista hoy?
¿Qué significa ser reformista hoy, a más de un siglo de la Reforma Universitaria? En un contexto de regresión e involución general, que excede la discusión presupuestaria, la pregunta es más pertinente que nunca.
Los estudiantes de 1918 no fueron meros destinatarios de la educación superior. Se constituyeron en sujetos activos de transformación institucional. Cuestionaron un modelo universitario, propusieron otro y participaron de su construcción. Comprendieron que la universidad era un problema político, cultural, social, y no solamente un ámbito de formación profesional. El cogobierno fue la expresión institucional de una convicción más profunda: quienes habitan la universidad tienen la responsabilidad de transformarla.
Hoy enfrentamos una paradoja. Por un lado, vivimos en una época mucho más compleja y dinámica que la de entonces, con transformaciones tecnológicas, culturales y productivas más aceleradas, sistemas de protección social en crisis, indefensión sanitaria y un desgarro del tejido comunitario. Sin embargo, estos procesos no encuentran al estudiantado constituido como sujeto colectivo capaz de intervenir activamente en su orientación y significado.
La universidad ya no opera como aquel nido de maestros y usina cultural, intelectual, política y, sobre todo, crítica, que caracterizó a buena parte del siglo pasado. Lo que está en juego es la capacidad de formar generaciones comprometidas con los problemas de su tiempo y no sólo profesionales competentes para desempeñarse en un mercado laboral cada vez más incierto.
Recuperemos el sentir de Deodoro Roca, principal referente de la Reforma, quien afirmara: “Pienso que en las universidades está el secreto de las grandes transformaciones. Ir a nuestras universidades a vivir, no a pasar por ellas”. Formar implica transmitir conocimientos y competencias profesionales y educar supone cultivar pensamiento crítico, responsabilidad ética y compromiso social. Una universidad que se limita a expedir títulos puede producir especialistas altamente capacitados, pero a la vez indiferentes a las necesidades concretas de la Nación de la que forman parte.
Repensar la universidad exige articular producción de conocimiento con gobernanza, planificación estratégica y gestión. Algo de lo que ya diera cuenta Jorge Sábato en su famoso triángulo donde ponderaba las interrelaciones entre ciencia-universidad, Estado-gobierno y estructura productiva. Es necesario construir capacidades de conducción, coordinación y aprendizaje colectivo que permitan orientar la acción en contextos cambiantes.
En este sentido, destaquemos que conocer es organizar los datos de la realidad y darles un sentido, lo cual significa construir una lógica, pero no la lógica de los textos, sino la lógica de la acción. Porque organizar es estructurar: es decir, hacer inferencias y establecer relaciones a partir de la experiencia.
La vigencia del espíritu reformista no reside en repetir respuestas elaboradas hace más de un siglo, sino en recuperar la capacidad de formular las preguntas que exige cada época. Si en 1918 aquellos estudiantes transformaron la universidad para intervenir sobre la sociedad, el desafío actual consiste en reconstruir las condiciones para que los estudiantes de hoy puedan reconocerse como protagonistas (y no víctimas pasivas) de su propio tiempo. Tal vez allí resida la herencia más profunda de la Reforma: no en el recuerdo de una transformación pasada, sino en la convicción de que toda generación tiene la responsabilidad de protagonizar la suya.
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