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clarin.com · hace 9 horas · Clarin.com - Home

El arte de estar viejo

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Es inútil quejarse. Cualquier otra opción es peor. Vean al pobre Fausto, de tan paradójico nombre. Vean los cadáveres jóvenes y bellos del rock & roll. Pero nos quejamos de envejecer. Porque quejarse es tan inevitable como envejecer.

Encima, de un tiempo a esta parte nos vienen vendiendo que podemos no hacerlo, que podemos evitar ser viejos. Con mala leche y mala uva y peores intenciones. Dicen que si nos untamos con una crema se nos van las arrugas, que si bebemos algo lo que se va es la grasa, y si tomamos determinadas píldoras nuestro ánimo crece. Desconfío.

Pertenezco a una generación que fue de las primeras en ser adolescentes como un estadio dorado. Ese modo especial consistió en convertir esa novedosa edad en un mercado promisorio. Y luego ese mercado trocó en ofrecernos eterna juventud. Íbamos a ser jóvenes por siempre si por siempre nos vestíamos como jóvenes, y escuchábamos el rock & roll de los jóvenes. Hasta que nuestras rock star resultaron inocultablemente viejos. Allí nos dijeron que podíamos ser viejos pero jóvenes.

Pero antes convirtieron a nuestros hijos en niños para siempre, de un modo que haría palidecer a Peter Pan. Porque no eran niños para jugar, sino para que les compren cosas de niños y cosas que los mantenían niños para toda la eternidad. Se comportaron como niños, pensaron y sintieron como niños. En eso estamos, rodeados de niños viejos, aferrados a sus pantallas para abolir el tiempo, el espacio y la sociedad.

Ahora nos susurran que el tiempo puede abolirse, al menos en lo que a nosotros como individuos concierne. Que tal vez podemos mudar nuestras conciencias a máquinas de IA, que vencerán el envejecimiento de nuestras neuronas. Y que los órganos, ah, los órganos que envejecen, siempre pueden reemplazarse. Por otros órganos sintéticos o más jóvenes, en individuos que para eso crecen, según nos avisó Kazuo Ishiguro.

Toda la cuestión se reduce a una: no ser viejo. No lucir como viejo, sino como lo que ya no se es. Y para eso uno tiene que dar dos pasos: consumir cosas que disimulen desde el olor hasta las canas y las arrugas, lo primero. Lo segundo, tener con qué pagar todo lo que le venden.

Y si uno no está dispuesto o no tiene para eso, mejor hacerse invisible, o esperar a que lo internen en algún lugar donde será invisible.

Y la cuestión no es esa. No se es viejo, como uno no es joven o niño. Siempre va siendo. O mejor dicho, va estando. Para eso nuestro bendito castellano diferencia entre ser y estar. Somos seres vivos, pero vamos siendo jóvenes, y luego viejos. No es una esencia, es un estado. Y un estado inestable y efímero, como todo lo vivo.

Tal vez el secreto resida allí. En no atender tanto en cómo consolidarse como roca, sino en cómo va fluyendo la vida en nuestra vida. Cambiando, respirando en el mundo. Que no será eterno, pero sigue siendo un buen lugar donde vivir, o al menos el único atendible que conocemos.

Miguel Gaya

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