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clarin.com · hace 22 horas · Clarin.com - Home

El sueño (o pesadilla) de erradicar la política y gobernar sin interferencias

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"Si la política no interfiere, en diez años seremos distintos”. Hace tiempo que me preguntaba qué pensaría Santiago Caputo, desde que supe que lo llaman el «Mago del Kremlin»: el misterio intriga, el silencio atrae. Ahora sé que no había mucho que saber.

El problema, nos dice, es la política. Sin política, se vuela. Milei había matado a Maquiavelo; él los mata a todos de Aristóteles por acá. ¿Por qué no? Uno de sus ídolos, el fundador de Palantir, enterró hasta a Bacon. Los historiadores lo consideramos un pionero de la modernidad occidental; para Pieter Thiel fue la mente de un proyecto sacrílego contra Dios.

El sueño de erradicar la política y gobernar sin «interferencias» es tan antiguo como el hombre y se llama tiranía: teocrática en nombre de Dios, tecnocrática en nombre de la técnica, populista en nombre del pueblo. Al desterrar la política, el tirano se sustrae al escrutinio público, a la democracia.

Así pensaban los milenaristas religiosos: la política divide lo que Dios unió. Así los positivistas del siglo XIX: ¡sin política, orden y progreso! Así, un siglo después, las dictaduras militares. A los marxistas le cae como anillo al dedo, siempre soñaron con sacrificar la política en el altar de la administración.

A los turbocapitalistas también: basta de política, el mercado lo regula todo. La antipolítica inspira toda ideología holística y en las ideologías holísticas reside el corazón del pensamiento totalitario.

Muchos se encogen de hombros: «Centrémonos en los hechos», dicen, «no en las palabras»; y los hechos son que la democracia funciona. Los Caputo que inundan el mundo gritan, pero no hacen daño. Puede ser. Pero las ideas importan, en la historia, las palabras pesan.

Las que hoy nos parecen absurdas podrían volverse normales mañana; las prohibidas, legítimas; las inadmisibles, aceptadas. Así fue como un pintor se erigió en führer. Reducidas a vulgata, protegidas por el anonimato, las elucubraciones eruditas de los famosos tecnócratas se traducen en las redes sociales mileistas en violencia, vulgaridad, odio, homofobia, racismo, clasismo.

¿Son solo palabras? ¿O anuncian hechos, señalan un cambio? Antes de cada giro histórico siempre hay una «batalla cultural». Y después una ola antipolítica y elitista.

El riachuelo surgido hace treinta años en Silicon Valley es hoy un río desbordado. Desde la Casa Blanca hasta la Casa Rosada, es moneda corriente la idea de que la democracia es un vestigio incompatible con la libertad y la eficiencia. ¿La igualdad? ¡Homologación y conformismo! ¿La democracia? ¡Mediocridad y masificación!

Parecen cosas nuevas, pero las hemos escuchado antes; estaban de moda hace un siglo y anunciaron guerra y totalitarismo, supremacía étnica y autoritarismo político. Thiel, como Caputo, no inventa nada: la salvación no admite «interferencia política», piensa; solo puede provenir de un poder centralizado y totalizador, de un gobierno mundial despótico ejercido por una élite con poder casi divino.

¿Salvación de qué? ¿Salvación de quién? ¿Quién la pidió? No sé ustedes, pero a mí, un ciudadano común, me surgen algunas preguntas: ¿quiénes formarían parte de esa élite? ¿Quién los elegirá? ¿Cómo? ¿Estaremos más libres y seguros bajo el liderazgo de los Trump y Milei, los Vance y Caputo, los Thiel y Musk?

Prefiero un político mediocre elegido por mí que un profeta iluminado escogido por ellos; prefiero el torpe autogobierno de nosotros, los humanos, a la ingeniería social de sus máquinas. Deberíamos dejar de pensar que la democracia es ausencia de dictadura. ¿El Parlamento está abierto? ¿Los militares en los cuarteles? Todo está bien. ¡Para nada! La tiranía tecnocrática, al igual que la tiranía populista, no combate a la democracia desde afuera, la vacía día tras día desde adentro.

No es casualidad que los pomposos tecno-filósofos de nuestro tiempo redescubran la noción circular del tiempo: quieren llevar la historia de vuelta a la era pre-democrática, a las sociedades de castas en las que la élite mandaba y la masa obedecía, cada uno en su lugar, cada uno su función en la jerarquía natural mandada por Dios.

Pero hemos volado demasiado alto; desde el empíreo de la teología, es hora de regresar a los bajos fondos de la historia, a la trinchera de la vida cotidiana. Traducida, la frase de Caputo es brutal y banal: si las cosas van bien, es mérito del gobierno; si van mal, es culpa de la política: dirigentes, partidos, instituciones, prensa. Más simple, imposible. Aún improbable como Milei, el profeta no admite límites políticos: ¡tiene un pueblo que salvar!

Construirse un aura sagrada a costa de la política es fácil y popular: siempre habrá una casta a la que evirar, un chivo expiatorio al que culpar. Pero solo funciona hasta que la «anticasta» no se convierte en casta a su vez, el «antipolítico» en político a cargo. Humillada y desacreditada, no será la política la que entonces lo salve del declive. Traicionado en su fe, el pueblo lo culpará de todo e invocará a un nuevo redentor: quien con la antipolítica hiere, de la antipolítica perece.

La nueva ola ya se está gestando. No sé quién la liderará ni qué forma tomará. Pero sé que dentro de diez años Argentina será “un país distinto” si habrá comprendido que la “interferencia política” se llama democracia.

Loris Zanatta

Historiador italiano, profesor de la Universidad de Bolonia. Especial para Clarín.

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