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Scaloni 2.0, el hombre que reinventó el liderazgo

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Jugar en Europa, el sueño del pibe. Y hacerlo a lo grande, empezando por España, en el Real Madrid o en el FC Barcelona, como poco, triunfar, hacerse ver y seguir una carrera meteórica en Inglaterra, en alguno de los dos Manchester, el United o el City, o en el Liverpool, y retirarse nadando en petrodólares en Arabia Saudita, jugando “a la pelota” ya sin sufrir más que un sol inclemente reflejado en la arena, sin desafíos, jugando solo por jugar. El sueño del pibe Scaloni. Tal vez.

Pero la vida no siempre es como los sueños. Ni es ni lo parece, porque en muchos casos, la mayoría, y de verdad, guarda el secreto inesperado de que a veces es mucho mejor, y vale la pena contar una historia que tan pocos conocen en estos mares del Sur, la historia de los mares de gélidas aguas del Noroeste de España.

Con apenas 19 años, en 1998, todavía un niño sin apenas pelos en la barba, Scaloni llegó a la entonces llamada “Liga de las Estrellas”, pero no en un jet privado de lujo, como tantos otros, sino a bordo del barco sin brújula, desvencijado y ruinoso, y en medio de la tormenta de espumas y naufragios, de uno de los clubes más antiguos (1905), pero también más modestos del fútbol español, el Real Club Deportivo de La Coruña, el Dépor, como lo llaman.

No llegó a un PSG que le regalara los días de semana sin partido el caminar fascinante por el incomparable escenario de la “Ciudad de la Luz” de París, ni a la AS Roma del paseo admirado cotidiano por las ruinas vivas de la “Ciudad Eterna”, ni al multimillonario Chelsea londinense, esa prodigiosa ciudad mezcla de lo antiguo y lo más vanguardista que los lugareños llaman “The Big Smoke” por su niebla inclemente, ni tan siquiera al FC Porto de la “Ciudad Invicta” y sus encantadoras y pintorescas bodegas de buen vino a ambos lados de ese estuario donde viene a desembocar el río Duero, nacido en España 900 km antes, y con una melancólica languidez que no podía sino hacerse fado.

No, Scaloni llegó a la ciudad de La Coruña, A Coruña, en gallego, “en galego”, de tan solo 250 mil habitantes, casi un pueblo grande más que una gran ciudad chica, mirando con pasión, temor y reverencia el Atlántico indómito de los naufragios sin fin de pequeñas barcas de pescadores en la cercana Costa da Morte, donde siempre, siempre, siempre llueve y el sol no es un astro, sino tan solo un rumor, o un fantasma, como el calor del verano. Y llegó como uno de los refuerzos que ese club modesto buscó, pidiendo prestado a tasas usurarias el dinero que no tenía, en este sur del mundo para tratar de remediar lo que todos daban ya por irremediablemente definitivo, un destino aciago, un karma inapelable, volver a la B, la Segunda División, aunque todavía faltase media rueda por delante.

Su primer día allí, llegado desde Estudiantes de La Plata con toda su familia, fue en un hotel. En el lobby, una foto del majestuoso faro de la ciudad, la Torre de Hércules, construido por los romanos para alejar a los navegantes de aquellas costas rocosas de mar embravecido. Y bajo la foto, el eslogan turístico de la ciudad: “La Coruña, el lugar donde nadie es forastero”. Y Lionel supo en ese preciso y mínimo instante que nunca iba a serlo.

A las 17h de la muy fría y tormentosa tarde del domingo 4 de enero de 1998 Scaloni debutó en el estadio de Riazor, frente a la playa de arena dura y siempre oscurecida por la humedad. El Dépor, ya con sus nuevos fichajes, comenzada la segunda vuelta del torneo jugando de local contra un rival directo por la permanencia, el Sporting de Gijón, casi un “clásico” entre los clubes de dos ciudades separadas por tan solo 280 kilómetros.

Apenas corría el minuto 3 cuando, tras un clamoroso error del defensa marroquí Naybet, el arquero deportivista Jacques Songo’o, titular indiscutible de la selección de Camerún, se vio obligado a cometer penal sobre el delantero ruso Dmitriy Cheryshev sabiendo que no había más sentencia posible que la justa: tarjeta roja y expulsión. Nadie protestó. Y el técnico deportivista, sabiendo también a lo que lo destinaba esa sentencia, se vio obligado a sacar a un jugador de campo para dar entrada al arquero suplente, el nigeriano Peter Rufai, que terminaría haciendo el partido de su vida. Y eligió a Lionel.

Sin brillos, sin fuegos de artificio, sin música de fondo, sin grandes titulares en la prensa al día siguiente o comentarios de los aficionados en el postpartido. No, a todas luces su ansiado debut fue un clamoroso fracaso: sustituido en el minuto 3 con esas lágrimas a las que suele condenarnos la impotencia, con su familia también llorando conmovida y decepcionada en la tribuna, y con el público tratando de animarlo con un tímido y leve aplauso sorprendido, así fue el humilde debut de Scaloni en España y en el humilde club que ponía proa sin freno con ese penal a los infiernos de la agonía, al parecer de manera irreversible, irredimible.

Con Scaloni sentado en al banco de suplentes, y mientras sus nuevos compañeros trataban de animarlo, el gijonés Álex Fernández no perdonó. Apenas minuto 6 pero ya un 0-1 que parecía llenar la tarde de algo imposible e irremontable, otra vez la roca de Sísifo, y otra vez más lluvia, más frío. Pero ahora en el corazón derrotado del alma. Un año más, la tristeza sin fin del fracaso sin redención.

Sin embargo, y aunque lloraba todavía como solo pueden llorar los niños sin consuelo, con hipo y el pecho estremecido, transcurridos unos minutos Lionel dejó de llorar, se secó las lágrimas con el buzo, se paró y comenzó a alentar a su equipo mirando a la cancha. A los gritos. Y a darse vuelta y a arengar a la tribuna. Pero el Gijón defendía como si en ello le fuera la vida. Y la muerte. Hasta que en el minuto 70 el propio Naybet enmendó su error empatando el partido con una carambola de remate. Y hasta que… Y hasta que, como no podía ser de otro modo, sufriendo hasta el último instante para que del desastre empezara a nacer una esperanza, en el minuto 94 el 9 local recibió la pelota de espaldas al arco entre el área grande y la chica, hizo valer la desmesurada envergadura de sus brazos para fabricarse un espacio imposible, y en la fracción de una baldosa y el espacio de un segundo (¿o es al revés?) se giró y la clavó al ángulo.

La barra brava local enloqueció, los “Riazor Blues”, que de bravos no tienen más que una dosis corporal de cerveza en el minuto 10 tres veces superior a la de cualquier vikingo en momentos de la más infernal y despiadada de las batallas, y que los lleva a reírse sin saber muy bien de qué, pero nunca a pelear. Y es que no podían sino enloquecer. Aquel flaco alto y desgarbado del 2-1 del tiempo de alargue que muy pocos instantes después el árbitro Daudén Ibáñez daría por terminado no era sino el “Loco” Abreu, otro de los refuerzos de los mares del Sur que dio por oficialmente inaugurada la larga travesía hacia el cielo de los sueños que de pronto parecían posibles: la permanencia.

El Sporting de Gijón terminó yéndose a la B, pero el Dépor de Scaloni no solo se salvó cómodamente del descenso sino que, además, fue el club que más puntos obtuvo en la segunda rueda, Abreu el máximo goleador de esa parte final del torneo y se dio el lujo de golear al todopoderoso FC Barcelona y de mostrar la nueva moral de quien ahora sí cree con esperanza que no todo está perdido cuando, en la mismísima cancha del Real Madrid, empató un encuentro que parecía de un resultado inamovible de 2-0 en el minuto 92.

Así fue el comienzo de la carrera deportiva de Scaloni en España, la historia que pocos conocen de un casi todavía niño de 19 años que, procedente de Estudiantes de La Plata, en muy poco tiempo transformó con su desenfadado liderazgo y su entusiasmo contagioso a un club moralmente hundido y al borde del descenso en un grande de España y Europa. Abreu hizo los goles y ese joven-niño revolucionó por completo la moral destruida del vestuario. Y de la hinchada. La mítica “furia española” era ahora argentina y venía de Pujato, un pequeño pueblo de la provincia de Santa Fe, donde tienen el mérito de amar a Lio casi tanto como en A Coruña. Casi tanto.

Pero hay más, mucho más. Eso solo fue el comienzo esperanzado y lleno de futuro. Liderado indiscutiblemente por Scaloni, que jugó por 7 temporadas en esa ciudad gallega antes de emigrar al West Ham inglés (sin él quererlo), de 1998 a 2005, el Dépor obtuvo en tan solo cuatro años -1998-2002- más y más importantes títulos que los que había obtenido en sus por ese entonces nueve décadas de historia.

Con Scaloni como titular, valorado en la cancha por su bravura y coraje contagiosos, casi temeridad, y admirado y querido fuera de ella por su carisma de hombre sensible y siempre humilde y de buen humor, afable, como hoy, encadenó con su juego una serie de éxitos que la ciudad jamás hubiera podido ni soñar: la Liga (2000), una segunda Copa del Rey (2002) y dos Supercopas de España (2000 y 2002), el torneo que disputan a doble partido el campeón de la Liga y el de la Copa del Rey.

Pero de todos esos títulos la Copa del Rey de 2002 fue el más glorioso, un trofeo que Scaloni festejó más que nadie, y bien a la argentina, subiéndose al arco al final del partido y cortando la red. En 2002 el Real Madrid celebraba 100 años de historia y la Federación Española de Fútbol decidió sumarse al homenaje eligiendo el estadio madridista, el Santiago Bernabéu, como sede de la final.

Llegó a esa instancia el Madrid, como era de esperar, sufriendo de visitante en las eliminatorias, pero arrasando como local. Y la fiesta esperaba que tuviera lugar alguno de los grandes clásicos, o con el Barcelona o con el Atlético de Madrid.

Sin embargo, fue el humilde Dépor de Scaloni el que entró por la ventana, pidiendo permiso, el que llegó, menospreciado en los días previos a la final por los grandes diarios deportivos de la capital española, AS y Marca, y bien fiel a su estilo, sufriendo en las eliminatorias previas tanto de visitante como de local, incluso contra equipos de categorías inferiores. En resumen: el inevitable perdedor. Otra vez la tragedia en el aire, el sino, la “moira” de los griegos.

Contra todo pronóstico, y destrozando a las casas de apuestas todavía no ‘on line’, y ante 80.000 hinchas “merengues” enmudecidos y desconcertados, el humilde y modesto Dépor ganó 1-2 aquel 6 de marzo, y ganó como los grandes: dando una lección de estrategia, “jogo bonito” y dominio absoluto ante el que se rindieron todos los medios españoles hasta bautizar lo sucedido como el “Centenariazo”. Todavía hoy se lo recuerda con ese nombre.

La batuta mágica del técnico vasco Javier “Jabo” Irureta, un grandísimo motivador, y ese otro hombre capaz de revolucionar la moral de cualquier vestuario, Lionel Scaloni, lo hicieron posible. Solo eso puede explicar que un club modesto, formado mayoritariamente por descartes de otros equipos que aquí sí brillaban, de nombres y apellidos desconocidos todos ellos, fuese capaz de doblegar -y en su propia cancha- al “dream team”, compuesto nada más ni nada menos que por el brasilero Roberto Carlos, el portugués Luis Figo, los franceses Claude Makélélé y Zinedine Zidane y el histórico 9 de España, Raúl González. Del once titular del Dépor solo eran conocidos internacionalmente el propio Scaloni y el mundialista brasilero Mauro Silva. Y con el sueldo anual de Zidane se podía pagar a todo el plantel coruñés.

Después vinieron los impensados e increíbles años de gloria en Europa. Con 20 veces menos presupuesto que el Real Madrid o el Barcelona, el Dépor de Scaloni fue el primer club en la larga historia del fútbol español en doblegar en Múnich al mismísimo Bayern, 2-3; en Londres al Arsenal, 0-2, y de remontar con un 4-0 épico -que nadie se atrevía ni a soñar- la derrota en Italia de 4-1 frente al AC Milán, hasta llegar en 2004 a la semifinal de la Champions ante el Oporto del por entonces muy joven José Mourinho. Nunca un equipo tan modesto había logrado tanto. Ni en España ni el mundo. Nunca un equipo tan modesto había tenido tanto a Scaloni.

Lionel nunca quiso irse del Dépor, uno de sus grandes amores. O quizás el más grande antes de la Selección. Y tal vez hubiese querido culminar ahí su carrera como jugador. De hecho, su marcha inesperada e intempestiva al West Ham inglés en 2006 -otro equipo modesto- no fue el resultado de un fichaje sino de una insólita “cesión a préstamo” porque al nuevo técnico deportivista, Joaquín Caparrós, no le “gustaban los jugadores argentinos”. Desde esa marcha, el Dépor no volvió a ganar ningún título. Ninguno. Y recién en la segunda parte de 2026 volverá a la A, tras deambular casi una década como un fantasma triste y melancólico incluso en categorías como la RFEF 1, el equivalente a nuestro Torneo Federal.

El hombre que inventó la decisiva diferencia entre “liderar a” y “liderar en”

Dicen que todo lo verdaderamente grande nace pequeño y humilde. Y así se fue fraguando no solo Scaloni como líder sino Scaloni como un modo radicalmente nuevo de liderar con respecto a todo lo conocido en esta práctica, la invención superadora de esos dos estilos de liderazgo que los manuales canónicos sobre el tema plantean como únicos posibles y, además, irreconciliables, y que él ha sido -y sigue siendo- capaz de conciliar de manera entrañable y prodigiosa: no poder vs. humildad, sino el poder de la humildad.

Frente a los líderes ostentosos más conocidos a los que estamos resignada y penosamente acostumbrados, en la Argentina y en el resto del mundo, cerca y lejos, políticos pero también líderes sociales, empresariales, sindicales, culturales, educativos, tecnológicos, comunitarios; frente a quienes se conciben a sí mismos como “lideres de” y que, por lo tanto, “lideran a” del único modo posible según esas premisas, es decir, por medio de la gestión, de la administración de recursos, Scaloni comenzó a aprender aquella fría tarde de enero coruñés lo que desde hace ya un buen tiempo ha convertido en un arte consumado y a él en un verdadero artista: no quien es líder “del” equipo y lidera “al” equipo, sino quien ya desde sus tiempos de España lidera “en” el equipo, es decir, “desde” el equipo y, como resultado feliz y que hace la diferencia, “con” el equipo y “para” el equipo.

Lionel no lidera desde afuera y en la distancia, sino desde adentro y cerca, muy adentro y muy cerca, porque Lionel ni asocia ni asoció nunca el liderazgo al poder que domina, sino al servicio que cuida, o al invencible poder superador del servicio que cuida, tal vez porque Lionel nunca trabajó, ni hizo trabajar al equipo, para estar arriba y ser admirados, una lógica de la exclusión, sino para estar en el centro y ser considerados, lógica (y poesía) inclusiva pura.

No es cierto que uno de los más graves problemas del mundo sea la proliferación, al parecer viral e incontrolada, de líderes excesivamente personalistas: el problema es que no lo sean lo suficiente, que no lideren desde una mirada más profunda de lo que significa ser persona, un alguien, el “personalismo” de un quien al que cabe regalar aquel verso del poeta griego Píndaro: “llega a ser el que eres”.

Sea cual sea el resultado contra Egipto, gane o no Argentina este Mundial 2026, y desde antes de Qatar 2022, Scaloni ya ha cumplido su cometido, su misión, su tarea, su trabajo, su promesa: convencer a esos futbolistas “con” quienes lidera y “para quienes” lidera de que en cada uno de ellos ya vive su mejor versión, de que cada cual es su propio y mejor presagio, su augurio más cierto. Y de que nada de esa novedad puede darse a luz sin ser humilde.

La mayor parte del mundo occidental, y la Argentina de hoy de manera especialmente intensa, vive sumido en una cultura economicista y materialista que solo parece reconocer como valores los de la eficacia, eficiencia, rendimiento, productividad y rentabilidad, una cultura en la que nacen aquellos líderes marcados por el exitismo: ser líder es obtener resultados exitosos.

Los resultados son importantes, desde luego, pero ojalá quienes lideramos, aunque tan solo sea a nosotros mismos, y aun así a muy duras penas, aprendamos que el liderazgo Scaloni 2.0 es el de quien ha descubierto -y hasta inventado- que el resultado más profundo de liderar y ser liderados no está en el final del proceso, sino en el mientras tanto: liderar y ser liderado YA es el resultado de liderar y ser liderado.

Yo, como extranjero que vive en este país desde hace un buen tiempo, un español que lo ama y ama a sus gentes y con sus gentes, tuve la fortuna, tal vez el privilegio, mejor la gracia, de estar muriéndome de frío y con la lluvia hasta en los huesos aquel 4 de enero de 1998. Vi “jugar” a Scaloni… solo 3 minutos, en los que ni tocó la pelota. Lo vi correr hacia el banco con los ojos arrasados en lágrimas por un debut con el que no había soñado. Correr, pues no había que perder tiempo. Lo vi arengar a la tribuna, y vi las tantísimas veces en las que el árbitro suplente le pedía que se sentase. Lo vi. Y vi como no le hacía ni caso. Así que no hay ningún mérito por mi parte en (creo) haber comprendido qué era aquello que nacía humilde hace 28 años.

Para los que no tuvieron esa dicha, pero también aman este país, a sus gentes y con sus gentes, extranjeros o no, o sea, a ustedes, nuestros líderes en todos los ámbitos, que esta historia tan poco conocida nos lleve a actuar juntos y no a caer en aquella trampa mortal sobre las que nos alertaba el pensador francés Georges Bernanos: “a los hombres se nos ha dado un poder terrible, caminar junto a los volcanes del gozo y no darnos cuenta”.

Carlos Alvarez Teijeiro

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