El nuevo lenguaje del poder global
Cuando comenzó 2026, los principales análisis de riesgos prospectivos del mundo pronosticaban un año turbulento. Casi seis meses después, los riesgos anticipados no solo se concretaron, sino que se potenciaron entre sí. En la primera mitad del año, el sistema internacional acumuló más eventos disruptivos que en muchos años anteriores, demostrando que nos encontramos ante una transformación sistémica en la lógica misma del orden global.
En esta dinámica, lo que se despliega no es una acumulación de crisis separadas, sino la manifestación simultánea de un mismo fenómeno estructural: el sistema internacional ha ingresado en una fase de policrisis donde la fragmentación geoeconómica, la escalada bélica y la disrupción tecnológica no constituyen fenómenos paralelos, sino vectores convergentes de una misma dinámica matricial.
A partir de lo mencionado, en entornos de alta volatilidad, la diferencia entre adaptación y obsolescencia no está en acumular más información, sino en interpretar sistemas y no episodios. Los factores de inestabilidad interactúan, se refuerzan y se amplifican mutuamente. La incertidumbre dejó de ser coyuntural y pasó a ser constitutiva del funcionamiento del sistema internacional. Los datos lo certifican. El relevamiento del Uppsala Conflict Data Program publicado este mes registró 65 conflictos estatales activos durante 2025, el número más alto desde 1946. Por su parte, Estudio ARG mapeó en su Informe de Riesgos Geopolíticos 2026 diez vectores de riesgo sistémico interconectados. El primer semestre del año ha activado simultáneamente la mayoría de ellos.
Estos vectores se cristalizan en hechos concretos de esta nueva dinámica entrópica. Por ejemplo, el 5 de febrero expiró el Nuevo START sin un tratado sucesor. Por primera vez en más de medio siglo, los dos mayores arsenales nucleares del planeta operan sin un límite jurídicamente vinculante. El anuario del SIPRI publicado en junio completa el cuadro: 12.187 ojivas y un gasto militar global que tocó en 2025 un récord de 2,9 billones de dólares, su undécimo año consecutivo de alza.
Erróneo sería aseverar que se trata únicamente de la percepción de “más riesgos”. Por el contrario, asistimos a una mutación en la lógica misma del sistema. Para tomadores de decisiones de empresas, Gobiernos y organismos, el entorno operativo es hoy menos previsible, más competitivo y crecientemente condicionado por interdependencias, que han pasado de ser activos de valor a ser vulnerabilidades sistémicas. Como resultado, la expectativa de inestabilidad reordena preferencias y conductas, acorta plazos de planificación y transforma la prudencia en norma de supervivencia.
Durante décadas, la arquitectura liberal del orden internacional descansó sobre una premisa que pareció irrefutable: la interdependencia económica genera costos que bloquean o debilitan la aparición de conflictos. Keohane y Nye lo formularon con precisión académica y los arquitectos de la globalización lo tradujeron en política internacional. Por ejemplo, la inserción de China en la OMC, la expansión de cadenas de valor transfronterizas, el SWIFT como infraestructura del comercio planetario respondían a la misma lógica. Se razonaba como premisa que conectar era pacificar.
Esa lógica está siendo desmantelada. La interdependencia no desaparece, sino que cambia de signo. Deja de vivirse como promesa compartida y pasa a percibirse como exposición estratégica. Comercio, tecnología, finanzas y logística dejan de ser una infraestructura neutral del intercambio para convertirse en instrumentos de poder y coerción. Así, la lógica de la eficiencia cede terreno ante la lógica de la seguridad, obligando a los Estados y corporaciones a recalibrar dependencias y asumir costos crecientes como precio de la resiliencia.
La evidencia empírica del primer semestre de 2026 es contundente. El 28 de febrero, Estados Unidos e Israel lanzaron la Operación Epic Fury contra Irán, eliminando al líder supremo Ali Khamenei y desencadenando una guerra regional que ya supera los tres meses de duración. El alto el fuego de los últimos días debe leerse con cautela: no es el primero ni inaugura una paz, sino una tregua más en una rivalidad que las últimas décadas convirtieron en guerra intermitente, hecha de acuerdos que nacen para ser incumplidos. El conflicto acumuló más de 9000 blancos atacados en sus primeras semanas y mantuvo virtualmente cerrado el Estrecho de Ormuz, arteria por la que transita el 20 % del petróleo mundial y cerca de un tercio del comercio global de fertilizantes. Como consecuencia, el Brent superó los 100 dólares el 8 de marzo, trepó hasta 126 en su pico y obligó a la Agencia Internacional de Energía a ejecutar la mayor liberación coordinada de reservas estratégicas de su historia: 400 millones de barriles, que equivalen apenas a cuatro días de consumo global. El ataque al complejo gasífero de Ras Laffan recortó un 17 % la capacidad exportadora de gas natural licuado de Catar, disparó más de un 140 % los precios spot del GNL asiático y prácticamente duplicó la cotización del gas europeo.
Goldman Sachs elevó ya en marzo la probabilidad de recesión para 2026 al 25 %; la OCDE, en su panorama de comienzos de junio, recortó la proyección de crecimiento global al 2,8 %, desde el 3,4 % registrado en 2025. Asimismo, advirtió que una prolongación de la guerra hacia 2027 podría hundirla al 2,1 %.
En el plano interno de los Estados Unidos, la Corte Suprema invalidó los aranceles IEEPA, dejando al sistema comercial estadounidense en estado de indefinición jurídica. México, por su parte, impuso aranceles de hasta el 50 % sobre 1463 productos provenientes de países sin tratado de libre comercio, clausurando cuatro décadas de apertura.
Frente a estos escenarios, entendemos que está en curso una reterritorialización del poder. No necesariamente un retorno a fronteras físicas rígidas, sino la proliferación de fronteras funcionales en sus dimensiones tecnológicas, regulatorias, financieras y logísticas, que segmentan el acceso a capacidades críticas. El control de nodos estratégicos, como puertos, redes, estándares, datos, corredores energéticos e infraestructura submarina, se revaloriza como condición de soberanía práctica en un sentido que las constituciones del siglo XX no anticiparon.
La competencia se expande además hacia dominios que la doctrina estratégica clásica apenas contemplaba. El espacio ultraterrestre, el ciberespacio y los fondos marinos emergen como escenarios donde se proyecta poder y se disputan infraestructuras críticas. La militarización de estos ámbitos amplía el perímetro del conflicto y reduce los umbrales de escalada inadvertida. De este modo, la tecnología opera como multiplicador transversal, en tanto los mercados financieros responden hoy a información sintética generada por inteligencia artificial más rápido que cualquier mecanismo humano de verificación. Así, la desinformación ya no necesita convencer: le basta con mover mercados antes de ser desmentida.
Subyacente a este proceso opera una transformación más profunda: el declive de la autoridad normativa del orden liberal y la ausencia de un principio alternativo capaz de estructurar expectativas estables. El universalismo normativo, la cooperación basada en reglas y la legitimidad multilateral ya no disciplinan las conductas con la eficacia de décadas pasadas. Lo emergente se manifiesta como bloques civilizacionales, lógicas transaccionales, coaliciones instrumentales que aún no logran estabilizarse como principio rector del orden mundial. En ese vacío, proliferan conductas de poder más crudas y una diplomacia que se apoya crecientemente en la coerción antes que en el consenso.
Estados Unidos conserva su superioridad material, pero experimenta una erosión visible en su capacidad para sostener el relato universalista que organizó las expectativas del orden posterior a 1945. La potencia dominante ha reducido su inversión en producción de legitimidad y en sostenimiento de las instituciones que multiplicaban su influencia. El síntoma es mensurable: la ONU ejecuta este año el mayor ajuste de su historia, con su presupuesto regular recortado un 15 %, casi una quinta parte de sus puestos eliminados y atrasos de los Estados miembros por 1600 millones de dólares. Cuando el liderazgo se vuelve más transaccional y menos normativo, el orden no colapsa de inmediato, pero comienza a vaciarse desde dentro y las reglas ya no estructuran la competencia.
El resultado es un sistema donde el riesgo deja de ser proporcional a la magnitud del evento desencadenante y pasa a depender de la vulnerabilidad acumulada del sistema que lo recibe. Cada decisión se adopta bajo presión cruzada y con márgenes de error más estrechos: un shock moderado —una sola arteria logística bloqueada— puede producir efectos desproporcionados si impacta sobre estructuras tensionadas. La no-linealidad se convierte en rasgo constitutivo del escenario estratégico global.
Para el país, este entorno no es una abstracción geopolítica de lectura opcional. La combinación de fragmentación comercial acelerada, el shock energético estructural y la volatilidad financiera redefine las condiciones de acceso a los mercados, el financiamiento y la inserción productiva para una economía con márgenes estrechos y dependencia significativa de la demanda externa de commodities.
Al mismo tiempo, la reconfiguración del mapa de dependencias energéticas y tecnológicas ofrece ventanas de oportunidad. Por ejemplo, la transición hacia energías limpias no elimina vulnerabilidades estratégicas, sino que las reconfigura en torno al control de minerales críticos como el litio, el cobre y las tierras raras, cuya concentración geográfica es tan o más sensible que la del petróleo.
La Argentina cuenta con ciertas ventajas competitivas en este nuevo ordenamiento. Pero aprovecharlas exige precisamente lo que el entorno más demanda y cuya ausencia menos perdona. Esto es, una política exterior con horizonte de largo plazo, previsible para los socios y lo suficientemente versátil para administrar las tensiones entre sus vínculos con las grandes potencias en disputa.
En este sentido, el país debe construir una matriz de decisión que fije la seguridad hemisférica como línea roja; ancle su geopolítica en el acuerdo Mercosur-Unión Europea y abra su comercio hacia Asia en su totalidad. La Argentina cuenta con los activos; le falta decidir si quiere ser dueña de su futuro o rehén de la coyuntura.