Desde Córdoba y Santa Fe, tres "startups" buscan nuevos desarrollos en la industria de los fármacos
¿La nueva división internacional del trabajo vuelve a atrapar a la Argentina en su histórico rol de exportador de materias primas? La respuesta luce evidente en los datos de actividad económica. Sin embargo, nuestro país también parece capaz de seguir exportando propiedad intelectual e innovación, a pesar de la dramática coyuntura que atraviesa el sistema científico.
“Los desarrollos de nuevos fármacos conforman una oportunidad bien marcada para nuestra región. Presentan una gran necesidad de inversión, ligada a los riesgos elevados, los prolongados tiempos de desarrollo y los complejos procesos regulatorios que deben atravesar. Pero suelen venir acompañados de grandes retornos, cuando son exitosas. Por ello, el capital emprendedor mira este vertical”, explicó Nicolás Tognalli, socio gerente del fondo de inversión CITES.
El desafío, desde esta perspectiva, pasa por transformar parte del conocimiento construido gracias a la inversión del país en la formación de científicos, con el fin de atraer inversiones que permitan generar productos de impacto regional o global.
En esa tarea se encuentran, por ejemplo, los fundadores de SingleStrand Biotech, una startup que desarrolla medicamentos para promover la regeneración de tejidos, desde su sede en la Facultad de Bioquímica y Ciencias Biológicas de la Universidad Nacional del Litoral, en la ciudad de Santa Fe.
Los investigadores del CONICET, Alejandro Montaner, doctor en Bioquímica, y Eduardo Mufarrege, doctor en Biología, crearon la compañía en septiembre del año pasado, luego de recibir una inversión de 250.000 dólares por parte de CITES.
Montaner lleva más de veinte años de trabajo en el desarrollo de fármacos inmunomoduladores, a partir de entender cómo pequeñas secuencias de ADN sintético pueden influir sobre procesos inflamatorios y de reparación tisular. Como inmunólogo, la experiencia de Mufarrege está concentrada en los mecanismos que regulan el sistema inmune y en cómo determinadas señales biológicas pueden modificar el comportamiento de células involucradas en inflamación crónica.
“La industria farmacéutica se enfocó en bloquear moléculas inflamatorias específicas, lo que cambió la vida de millones de pacientes. Pero también mostró limitaciones en enfermedades crónicas. Nosotros nos hicimos una pregunta diferente: ¿qué ocurriría si, en lugar de bloquear una única vía inflamatoria, pudiéramos ayudar al sistema inmune a recuperar su equilibrio natural?”, ilustró Montaner.
En busca de respuestas, los científicos se propusieron reprogramar células del sistema inmune para que pasaran de estado proinflamatorio a uno antiinflamatorio, y así favorecer el control de la inflamación crónica y la reparación del tejido dañado. “Allí creemos que reside el principal elemento diferenciador de nuestra plataforma”, continuó el investigador.
A escala mundial, se estima que más de 10 millones de personas viven con enfermedad inflamatoria intestinal. Las estimaciones epidemiológicas disponibles para la Argentina sugieren unos 50.000 pacientes. Se trata de un ejemplo de necesidad médica no resuelta en el campo de las enfermedades inflamatorias crónicas. “El problema crítico es que 40% de los pacientes pierde respuesta a las terapias, incluido el tratamiento biológico de referencia, llamado adalimumab”, indicó.
Por ahora, el experto califica de muy alentadores los resultados obtenidos. “En estudios realizados en animales de laboratorio observamos un 80% de reducción de la inflamación intestinal, además de una recuperación del tejido dañado hasta niveles comparables con los de animales sanos”, aseguró.
Sin embargo esos resultados aún deben validarse en estudios de seguridad y, posteriormente, en ensayos clínicos con humanos. De hecho la compañía trabaja para ingresar en la etapa de validación regulatoria que incluye estudios toxicológicos y farmacológicos bajo estándares internacionales. “Tenemos una ronda de inversión abierta por 1 millón de dólares que busca financiar las actividades necesarias”, precisó.
Su objetivo inmediato es generar valor mediante hitos científicos, regulatorios y de propiedad intelectual que reduzcan el riesgo tecnológico del proyecto. “A partir de allí existen distintos caminos posibles. Uno es generar evidencia clínica temprana, contratando servicios de empresas de desarrollo especializadas. Otro es establecer acuerdos de licencia o alianzas estratégicas con farmacéuticas locales o globales. Estas opciones no son excluyentes”, completó Montaner.
El diagnóstico de Matías Peire, socio gerente del fondo GRIDX, sobre las oportunidades para este tipo de startups biotecnológicas es elocuente. “La salud global enfrenta grandes desafíos, crecimiento de enfermedades crónicas, una población envejecida y la necesidad de coberturas más amplias y profundas. El conocimiento científico producido en la Argentina y en América latina presenta un gran potencial para transformar estas problemáticas”, opinó.
Por ejemplo, la resistencia antimicrobiana ya significa una crisis de salud pública global. La Organización Mundial de la Salud advierte que, si la tendencia continúa, hacia 2050 podría causar más de 10 millones de muertes anuales, convirtiéndose en la principal causa de decesos, por encima del cáncer, además de poner en riesgo cirugías, trasplantes y tratamientos oncológicos, dependientes de antibióticos eficaces para prevenir infecciones.
Los biofilms, que actúan como barreras capaces de bloquear la acción de antibióticos, están asociados a infecciones relacionadas con dispositivos médicos implantables, heridas crónicas, e infecciones respiratorias persistentes. Paula Isaac, doctora en Ciencias Biológicas, y Laura Breser, doctora en Ciencias Químicas -ambas investigadoras del CONICET en el Instituto Multidisciplinario de Investigación y Transferencia Agroalimentaria y Biotecnológica, de la Universidad Nacional de Villa María, Córdoba-, estudian hace varios años el fenómeno.
“Nuestras investigaciones abordan dos estrategias complementarias. Por un lado, los mecanismos genéticos que vuelven a las bacterias resistentes a los antibióticos. Por otro, cómo esas bacterias se protegen formando biofilms, que actúan como un escudo frente a los tratamientos”, indicó Isaac.
La combinación de ambos enfoques abrió una nueva posibilidad: en vez de crear nuevos antibióticos, de lo que se trata es de rediseñar las terapias antimicrobianas existentes. Con ese propósito crearon la startup Resistia, junto con Ignacio Massone, exgerente de Marketing de la farmacéutica GSK, luego de una inversión de 250.000 dólares por parte de GRIDX concretada en septiembre del año pasado.
“Los biofilms son comunidades estructuradas que funcionan como fortalezas y que vuelven a las bacterias hasta mil veces más difíciles de eliminar. Están detrás de casi el 80% de las infecciones crónicas que no responden a los tratamientos disponibles. Ahí identificamos la oportunidad: para enfrentar la resistencia, hay que desarmar las estructuras que protegen a las bacterias”, explicó.
La tecnología se inspira en un fenómeno natural en los tejidos sanos. “Estudiamos cómo ciertas bacterias beneficiosas compiten con microorganismos potencialmente patógenos e identificamos compuestos capaces de interferir con la formación y estabilidad de los biofilms. A diferencia de otras estrategias que logran rupturas parciales, nuestra combinación apunta a desarmar la estructura completa y potenciar la acción de antibióticos que hoy se consideran obsoletos”, sostuvo Breser.
Como resultados, la investigadora confirma: “Contamos con una prueba de concepto in vivo en un modelo de infección animal, en el que nuestra combinación incrementó tres veces la efectividad del antibiótico convencional. Por otro lado, tenemos ensayos in vitro contra Pseudomonas aeruginosa multirresistente, una de las bacterias más problemáticas, aislada de pacientes reales. En ese contexto, nuestra solución logró eliminar más del 90% del biofilm y reducir significativamente las concentraciones de antibióticos necesarias”.
La iniciativa todavía se encuentra en una etapa previa a los estudios preclínicos formales. Su objetivo, sin embargo, no consiste en desarrollar un nuevo antibiótico. “Pensamos a Resistia como una plataforma tecnológica. Avanzamos con nuestros primeros candidatos terapéuticos, pero la misma base podría generar múltiples aplicaciones para distintas infecciones asociadas a biofilms. Esa flexibilidad nos permite evaluar dos caminos complementarios para el modelo de negocio: licenciar tecnologías o candidatos en etapas de validación a farmacéuticas, o continuar el desarrollo propio hasta etapas más avanzadas de la cadena de valor”, subrayó Massone.
Otro ejemplo del interés del venture capital por las soluciones biotecnológicas orientadas a la salud y desarrolladas en nuestro país lo ofrece BioClé, creada en julio del año pasado y que ya levantó 500.000 dólares de los fondos GRIDX y Big Idea Ventures. Sus fundadoras son Daniela Albanesi y Albertina Scattolini, doctoras en Ciencias Biológicas e investigadoras del CONICET en el Instituto de Biología Molecular y Celular de Rosario, junto con el abogado Juan Cassini.
BioClé nació, de esta manera, de la combinación de años de trayectoria científica junto con las experiencias personales de las investigadoras con enfermedades intestinales, que lograron superar mediante cambios alimentarios. “La oportunidad surgió de una pregunta concreta: ¿cómo lograr que compuestos beneficiosos para la salud intestinal lleguen realmente a las células donde deben actuar?”, subrayó Albanesi.
Uno de los principales desafíos de las industrias de suplementos, nutracéuticos y alimentos funcionales consiste en lograr que los compuestos beneficiosos lleguen a las células donde deben actuar. “Muchos ingredientes se degradan durante el tránsito gastrointestinal, se absorben antes de alcanzar su sitio de acción o presentan baja biodisponibilidad”, continuó la investigadora.
En busca de una alternativa, identificaron el potencial de las vesículas extra celulares bacterianas -nanoestructuras producidas naturalmente por las bacterias que evolucionaron para transportar moléculas e intercambiar señales entre células- como plataformas capaces de mejorar la entrega y eficacia de compuestos benéficos para la salud intestinal. También hicieron lo propio con una cepa bacteriana de gran capacidad para producir estas vesículas.
“Si bien es un área de investigación en crecimiento a escala mundial, la mayoría de los desarrollos está orientado a aplicaciones farmacéuticas. Además, uno de los principales desafíos que enfrenta el campo es que las bacterias producen estas vesículas en cantidades relativamente bajas, lo que dificulta su escalado y aplicación industrial”, agregó Albanesi.
En ese sentido, la propuesta de la startup combina tres elementos: el uso de vesículas extracelulares bacterianas derivadas de bacterias beneficiosas para la salud como nanotransportadores biológicos; la capacidad de incorporarles compuestos específicos para potenciar su llegada al sitio de acción, y una tecnología propia que permite producirlas en cantidades significativamente superiores.
“Ya conseguimos resultados muy alentadores en la prueba de concepto de nuestra plataforma. Usamos butirato, un metabolito producido por la microbiota intestinal y asociado con funciones clave para la integridad de la barrera intestinal, la regulación de la inflamación, el metabolismo de la glucosa y la comunicación entre el intestino y el cerebro. Por eso, existe interés en desarrollar formas efectivas de suplementarlo”, indicó Scattolini.
“El problema es que, cuando se administra por vía oral, gran parte del butirato se absorbe o degrada antes de alcanzar el colon. Nuestras pruebas mostraron una mejora significativa en la eficacia del compuesto, lo que sugiere una mayor biodisponibilidad y eficacia de su entrega, al comparar el efecto biológico del butirato administrado de forma convencional con el del asociado a nuestras vesículas extracelulares bacterianas, mediante un modelo animal”, añadió.
Cassini, socio de la iniciativa, aclaró que si bien los resultados “son prometedores” aún quedan etapas por recorrer antes de llegar a la administración en personas: “Entre los principales desafíos se encuentran el escalado industrial de la producción, la validación preclínica en modelos más complejos, la definición del marco regulatorio aplicable y, eventualmente, la realización de estudios clínicos que permitan demostrar seguridad y eficacia en humanos”.
El modelo de negocio planeado se enfoca en colaborar con empresas de suplementos, alimentos funcionales y salud que quieran potenciar sus productos. “Vemos a BioClé como una plataforma capaz de habilitar una nueva generación de compuestos bioactivos que hoy no alcanzan su potencial, debido a problemas de biodisponibilidad, estabilidad o eficacia”, completó Cassini.
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