El significado de “hermano” en el cristianismo
Jesús “… se hizo el más pequeño y despreciable de los hombres, ´el último de los hombres’ según la idea de Isaías” (nota 16 op. y pág. citados). “Se basa (ya), no (hermano) de modo natural ni por la libre elección de la voluntad y del convencimiento, sino en la común bajeza y miseria”. El más pobre que vino a servir a los demás, y no a ser servido ni a dominar.
Al comienzo de su prédica, Jesús formula la palabra “hermano” en el sentido que le daban los judíos en el Antiguo Testamento. Son recogidas por San Mateo y pueden leerse en su Evangelio (Mt. 5, 21 ss; 5. 23 ss; 7, 3; 18, 15 ss. también en los vers. 21 y 35).
Más adelante, Jesús emplearía la palabra “hermano” en el sentido de “discípulo” o “seguidor” (Lc. 22, 31 ss; Mt. 28,10; Jn. 20,17).
En un tercer sentido, aclara la utilización de la palabra “hermano” que sería un uso ya no con el alcance de la terminología rabínica sino cristiana, al decir: “Quien hiciere la voluntad de Dios, ese es mi hermano” (Mt. 3, 31-35).
Por último, da otro sentido cuando Jesús, en la parábola del Juicio Final (Mt. 25, 31-46), como Rey y Juez declara que las obras practicadas o dejadas de practicar con los necesitados, fueron hechas o negadas a Él mismo, y a los necesitados los llama “hermanos más pequeños” (Mt. 25, 40).
“Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: ‘Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme.’ Entonces los justos le responderán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?’ Y el Rey les dirá: ‘En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.’ Entonces dirá también a los de su izquierda: ‘Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; era forastero, y no me acogisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis.’ Entonces dirán también éstos: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?’ Y Él entonces les responderá: ‘En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo.’ E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna.”
Según la interpretación aceptada de ese texto, el sentido no se limita a los creyentes o seguidores, sino que el mensaje está referido a todos los menesterosos sin distinción (según Marcos 10:45 y J. Schmid cit. por 13 y 14 pág. 44).
Piensa el autor de la obra citada a quien seguimos que hay una cierta ambigüedad en las palabras de Jesús acerca del concepto de la palabra “hermano”, cuando por una parte la emplea por encima de todas las barreras. Serían sus hermanos todos los menesterosos precisamente por razón de su menesterosidad… y por otra, según la cual la futura comunidad de creyentes, en cuanto tal, habría de constituir una nueva hermandad, segregada de los no creyentes. Dando de esta forma un particularismo frente al universalismo (op. cit. pág. 47).
En el examen de esta cuestión, Pedro Laín Entralgo hace una magistral exégesis de la parábola del Samaritano en la que explica por qué debe considerarse prójimo (hermano, en términos del Antiguo Testamento) al caído, malherido, despojado y tirado al costado del camino que va de Jerusalén a Jericó.
En Israel, prójimo (o hermano) significaba “el que está cerca”, “el próximo”, “aquel con el que se comerá el cordero pascual”, “el compatriota”, “el de la misma sangre” (T y R del otro, pág. 366).
En cambio, no lo era el extranjero puro y simple, el nokri, a quien está permitido explotar sin escrúpulos (Deut. 15, 2-3; 23 y 21), y más aún siendo samaritano (pueblo insensato, decían los judíos, al que hay que aborrecer por haberse mezclado con infieles y paganos). En ese contexto, a la humanidad se la dividía en dos fracciones: los israelitas fieles, los amigos de Dios, llamados los prójimos, y los otros (aherim), apóstatas o paganos, todos enemigos de Dios.
No obstante ello, el gran católico y filósofo de la alteridad, citando abundante bibliografía, demuestra que Jesús rechaza la interpretación hebraica. A pesar de que una cita expresa, en los propios libros sapienciales del Antiguo Testamento, avala el alcance del significado que le otorga Jesús al término prójimo o hermano. En efecto, “un texto del Eclesiástico dice así: ‘La misericordia del hombre se ejerce para con el prójimo, pero la misericordia del Señor se extiende a toda carne’ (Eclo. 18, 13)”. Y agrega Laín: “esta divina superación del antiguo precepto es precisamente la que Jesucristo va a proclamar con su palabra y con su ejemplo”.
Según Pablo, la palabra “hermano” designa “al que profesa la misma fe cristiana” y hay un término con el que se designa al “falso hermano”, que refleja al que se dice cristiano, pero no cree en Cristo. También se alude a los “hermanos” como “coherederos de Cristo”. Las consecuencias de llamarse cristiano sin serlo en realidad aparecen en la terminología ética del Apóstol, quien distingue entre “caridad” y “amor fraternal”. Hay que tener caridad para con todos los hombres; pero solo al hermano, al cristiano, se le ha de profesar amor fraternal (Ratzinger, op. cit. pág. 55). En igual sentido se pronuncia San Juan en sus escritos (ídem ant. págs. 55 y 56).
De la lectura de los teólogos, vemos cómo, a través del tiempo, la palabra “hermano” en el cristianismo ha ido ampliando su significado. Así se ha sostenido que es en el momento del bautismo que el cristiano se hace cristiano, donde la Madre es la Iglesia y Dios es el Padre.
También se ha indicado que la fraternidad cristiana se funda últimamente en la fe, la cual nos da la certeza de que somos realmente hijos del Padre “nuestro” y Padre celestial, y hermanos de todos aquellos que comulgan con nosotros en la misma fe (ídem, pág. 71). Desde ese hacernos cristianos, nos hacemos en Cristo y reina el ethos de la igualdad y la fraternidad.
Suprimidos los límites de judío-samaritano, superior-inferior, pudiente-pobre, profesor-analfabeto, etc., ser en Cristo mediante la Eucaristía, a través de la conversión o reconversión, borra las diferencias, nace un hombre nuevo, religado con Cristo, para quien su obligación de caridad se extiende a todos y en primer lugar a los necesitados.
Otro tema es cómo se deben plantear esas relaciones con los otros. En y desde Cristo; con los coherederos de Cristo, con los fieles practicantes; con los “de afuera”; con “los infieles”; con los “cristianos incrédulos” o “cristianos de nombre”; con la comunidad o pueblo y con el pueblo fiel. La actitud de la Iglesia como comunidad —dice la teología moderna— no puede ser incomunicación con la no iglesia, con el no pueblo. Dice algún teólogo:
¿Acaso —se pregunta este cronista— no hay santos paganos? Para la Iglesia, como para el individuo, la elección se vincula con la misión y con la fraternidad universal.
Porque “no es uno solo el Hijo del Padre sino dos, y junto a un hermano está el otro hermano, cuya misión no es condenar al que duda, al que no cree, ni al hermano que yerra, sino salvarlo (parábola de los dos hermanos, Mt. 21, 28-32)”.