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infobae.com · hace 9 horas · Federico Vacalebre

El consumo bate récords, pero no se siente como un boom

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Hay una aparente contradicción en el corazón de la economía argentina que vale la pena desentrañar. Según las Cuentas Nacionales del primer trimestre, el consumo privado no solo sigue creciendo, sino que superó el récord previo alcanzado a fines de 2017 y acumuló una mejora superior al 10% desde el inicio de la actual gestión. El producto, por su parte, encadenó siete trimestres consecutivos de avance y tocó un nuevo máximo. Los datos agregados, en definitiva, describen una economía en recuperación. Y sin embargo, en la calle esa mejora no se percibe como un boom. La pregunta que ordena todo el análisis es por qué existe esa brecha entre lo que dicen las estadísticas y lo que siente la gente.

Para responder conviene partir de una identidad económica sencilla. El producto de una economía equivale a su demanda agregada, que se compone del consumo privado, la inversión, el gasto público y las exportaciones netas, es decir, las exportaciones menos las importaciones. Dado que el sector público argentino se encuentra hoy prácticamente en equilibrio, podemos dejarlo momentáneamente de lado y concentrarnos en los demás componentes. El punto clave aparece cuando desagregamos el consumo privado, porque no todo lo que consumen los argentinos se produce dentro del país.

El consumo privado puede dividirse en tres partes. Por un lado, el consumo de bienes y servicios producidos localmente. Por otro, el consumo de bienes importados. Y finalmente, el consumo de servicios adquiridos en el exterior por residentes argentinos, una categoría que incluye los viajes, el turismo y los gastos con tarjeta fuera del país. La conclusión que se desprende de esta descomposición es determinante. Cuanto mayor sea el gasto en bienes importados y en servicios del exterior, menor será la porción del consumo que se destina a lo que se produce dentro de las fronteras, que es justamente lo que sostiene el empleo y la actividad local. Conviene tener presente que alrededor del 70% del gasto de los residentes argentinos se dirige a bienes y servicios producidos localmente, de modo que los cambios en el 30% restante tienen un efecto amplificado sobre el entramado productivo.

Aquí aparece la primera razón de la brecha. La mayor apertura de la economía, que es una corrección necesaria luego de años de cierre, combinada con un tipo de cambio real apreciado, estimula el gasto en bienes y servicios del exterior y reduce la demanda dirigida a la producción nacional. Los datos son elocuentes en este sentido. Mientras el consumo privado total superó su pico previo, algunos rubros específicos se dispararon muy por encima de ese promedio. El turismo emisivo, es decir el gasto de los argentinos que viajan al exterior, se ubica más de un 23% por encima del récord anterior, y las cantidades importadas de bienes de consumo treparon alrededor de un 78%. En otras palabras, una parte sustancial de la mejora del consumo se está filtrando hacia afuera del país.

Ese fenómeno tiene una contracara en el tejido productivo local. Entre noviembre de 2023 y marzo de 2026 se registró una reducción neta de más de 26.000 empresas en el país, con Buenos Aires, Córdoba y la Ciudad de Buenos Aires encabezando las bajas. En el mismo período, el empleo asalariado formal del sector privado acumuló una pérdida cercana a los 216.000 puestos. Estos cierres y esta destrucción de empleo reflejan, en parte, el impacto de abrir la economía con un tipo de cambio apreciado, que expone a la producción local a una competencia importada frente a la cual, por ahora, pierde terreno. El tipo de cambio actual funciona para sectores como la minería y la energía, pero presiona con fuerza al resto del entramado productivo.

La segunda razón de la brecha tiene que ver con un cambio en los precios relativos. El aumento de las tarifas de luz, gas, transporte, prepagas y otros servicios elevó de manera notable el peso de los gastos obligados dentro del presupuesto familiar. Y este es un punto central para entender la percepción social. Aun cuando el consumo privado agregado suba y supere su récord, si una porción mayor del ingreso se destina a pagos inevitables, queda menos margen para el consumo voluntario, que es precisamente el que más se percibe en la vida cotidiana. Las salidas, los electrodomésticos, los autos, la ropa y otros bienes durables son los rubros que la gente asocia con el bienestar, y son también los que quedan comprimidos cuando los servicios básicos se llevan una tajada más grande del ingreso.

Un ejercicio simple ayuda a visualizar el mecanismo. Imaginemos una familia con un ingreso mensual de tres millones de pesos, que destina un millón a comida, otro millón a consumos voluntarios como salidas, ropa y durables, setecientos mil pesos a luz, gas, transporte y prepaga, y ahorra los trescientos mil restantes. Supongamos ahora que, para reducir el gasto público en subsidios, las tarifas de esos servicios aumentan un 40% en relación con el resto de los bienes. El gasto en servicios básicos pasa de setecientos mil a novecientos ochenta mil pesos, y el ahorro se derrumba de trescientos mil a apenas veinte mil. En un primer momento, la suba de tarifas comprime el ahorro. Pero si el encarecimiento persiste y los ingresos no acompañan, termina afectando el consumo. Para sostener los alimentos y pagar las nuevas tarifas, la familia se ve obligada a recortar los consumos más visibles, esos mismos que forman la percepción de bienestar en la calle.

Al desagregar los distintos rubros, el contraste se vuelve nítido. Por debajo de su pico previo se ubican la venta de autos, con una caída superior al 45%, la masa salarial privada formal en términos reales, con un retroceso de casi 25%, las ventas en supermercados, con una baja cercana al 20%, las ventas en shoppings y los electrodomésticos. Por encima del pico, en cambio, aparecen el consumo de energía eléctrica, el turismo emisivo y las importaciones de bienes de consumo. La foto es clara. Sube lo que se paga por obligación o se consume en el exterior, y baja lo que representa el gasto discrecional dentro del país.

Vale la pena detenerse en un antecedente internacional que ilumina lo que está en juego. Cuando China ingresó a la Organización Mundial del Comercio en 2001, las importaciones estadounidenses provenientes de ese país se multiplicaron, pasando de unos 102.000 millones de dólares a casi 400.000 millones en una década. El ajuste del empleo manufacturero en los Estados Unidos fue mucho más lento y costoso de lo que se esperaba. El empleo industrial cayó de 17,2 a 11,4 millones de trabajadores entre 1999 y 2011, y distintas estimaciones atribuyeron a la competencia china una pérdida neta de entre 2 y 2,4 millones de empleos. Muchas regiones industriales sufrieron cierres de fábricas y un deterioro social que persistió durante casi dos décadas. La lección para la Argentina es que abrir la economía y ordenar la macro es imprescindible, pero salir del modelo anterior implica un cambio de régimen con ganadores, perdedores y sectores desplazados, y que reasignar recursos y personas lleva tiempo.

En definitiva, cuando en la calle se dice que no hay demanda, esa percepción refleja en buena medida un fenómeno real. Suben los gastos obligados en tarifas y prepagas, y queda menos ingreso disponible para el consumo voluntario. A la vez, parte de ese consumo se desvía hacia bienes importados y servicios del exterior. Sostener el superávit fiscal primario resulta necesario para financiar el programa y afrontar el pago de intereses de la deuda, de modo que no puede frenarse la corrección de tarifas. El cambio de rumbo implica, entonces, una transición dolorosa, con empresas que cierran por perder competitividad frente a la competencia externa y con un consumo doméstico que se retrae aún cuando las cifras agregadas mejoran. Entender esa brecha entre la macro y la micro es la clave para leer con honestidad el momento que atraviesa la economía argentina.

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