Punta del Este, y el mar que ya no duerme
Me crié en la ciudad más linda de Uruguay, el mejor lugar del mundo. De veranos muy movidos e inviernos demasiado calmos. De temporadas glamorosas que salvaban el año. Un balneario por entonces de muchas casas y pocos edificios.
Me acostumbre a convivir con argentinos en su mayoría que llegaban de vacaciones para disfrutar del calor, las playas, la noche. Y de uruguayos que la miraban con cierto recelo.
Hoy tengo 46 años y mi ciudad cambió. Punta del Este es ahora un movimiento constante y me encanta. Es que cautiva a propios y extraños.
Ya no hiberna, convive con las estaciones del año que en su hermosa geografía resaltan su particular encanto. Hoy tiene vida propia. Nadie espera con ansiedad el esplendor de una zafra, todos disfrutan de un sitio que se acostumbró a recibir nuevos habitantes todo el año.
Lejos en el tiempo quedaron los edificios apagados, los restaurantes cerrados, las calles vacías. El silencio de Gorlero o el desierto de La Barra en julio. La soledad como compañía. Se respiraban otros tiempos.
Punta del Este o la vieja Villa Ituzaingó, vive constantemente una transformación urbanística, también comercial y principalmente social. De pueblo a cosmopolita. Idiomas y culturas de diferentes partes del mundo armonizan en este maravilloso rincón del mundo. Argentinos, brasileños, europeos, norteamericanos lideran un cambio de época revelador.
Vivir con la compañía del mar es inigualable. El que te reta en la brava y te abraza en la mansa. El que energiza y calma.
También lo es contemplar un amanecer o disfrutar de un atardecer. Postales que nos regala a diario este oasis sofisticado de andar sencillo y respetuoso.
Hoy conviven varios puntos neurálgicos dentro de lo que es el territorio esteño. La península, Solanas, La Barra, Manantiales, José Ignacio tienen vida propia.
A no dormirse. Su crecimiento incesante necesita de gente capacitada que lidere su transformación. Planificación, estrategia y visión de futuro marcarán sus próximos años. Nada la detiene, pero a todos nos ocupa.
Punta del Este se reinventa continuamente sin perder su identidad. Son 119 años de una rica historia, de un presente maravilloso, de un futuro esperanzador.