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perfil.com · hace 11 horas · Rosario Ayerdi

Sin PASO no hay paraíso: el PJ mira de lejos cómo se escribe el reglamento electoral

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El peronismo llega a la discusión por las reglas de juego como el equipo que no eligió el árbitro, ni la cancha, ni el horario del partido. La suerte de las PASO –si se eliminan, si se suspenden, si se vuelven optativas– se define en otros despachos.

Cualquiera de las tres variantes que se están cocinando entre el oficialismo y sus aliados complica al espacio. No hay versión cómoda. Y la paradoja es incómoda: la única herramienta que podría ordenar al peronismo hacia una unidad que hoy nadie cree posible por acuerdo de cúpulas es, justamente, la que está en riesgo de desaparecer.

El clima interno peronista es de fractura antes que de síntesis y esta vez, la foto de unidad de las últimas elecciones no se podría repetir por decisión política, sino por la fuerza de una herramienta electoral. Sin PASO, ese mecanismo de último recurso desaparece.

Del lado de Axel Kicillof, la apuesta es agrandar la base antes de que llegue el momento de la definición. Si en simultáneo el kirchnerismo continúa reduciendo el propio, la ecuación de fuerzas queda más despejada para imponerse. Con PASO, Kicillof está dispuesto a competir. Sin ellas, necesita un caudal todavía mayor para no depender de una negociación de escritorio en la que viene estando en desventaja.

El problema es el reloj. El gobernador no puede adelantar los tiempos porque los mandatarios provinciales con los que dialoga y quiere sumar le piden lo mismo: primero resolver las disputas locales, después pensar el tablero nacional. Es la vieja lógica de “primero mi provincia, después el país”, que en este contexto funciona como un freno de mano para cualquier ambición con proyección nacional.

Sus detractores, mientras tanto, leen el fenómeno al revés: no ven ampliación en el Movimiento Derecho al Futuro, sino un espacio que –dicen– termina dejando afuera a una base peronista más amplia que la que logra convocar.

Sergio Massa observa el tablero con la distancia de quien todavía no mueve una ficha en público. Su lectura es que el gobierno nacional apura a la UCR, al PRO y a los gobernadores aliados a definir el mapa electoral con demasiada anticipación. El mensaje de Javier Milei hacia esos aliados es directo: si quieren seguir recibiendo ayuda –aunque mínima–, tienen que subordinarse a su estrategia electoral. Para Massa, ahí hay una encerrona: se atan a un esquema sin saber todavía cómo llega el propio Javier Milei al año que viene.

Sobre la oferta de listas colectoras que circula entre La Libertad Avanza y sus aliados para destrabar la suspensión de las PASO, Massa ironiza: “es un caramelo de madera”. Su pregunta es: ¿en qué se diferencia esa colectora de que cada gobernador presente lista propia y avise que sus diputados van a acompañar a Milei? En los dos casos, explica, no les están regalando nada. Si te dan una colectora y el elector quiere votar a Milei, termina votando diputados y senadores de LLA. ¿Por qué votar otra cosa?

Puertas adentro de su propio espacio, la lectura de Massa es más autocrítica: sin PASO, el desorden interno tiene más chances de derivar en fractura. Y ese desorden puede terminar siendo funcional a Milei si le permite ganar en primera vuelta. Eso sí, el tigrense pone un asterisco a todo pronóstico: depende de si la economía mejora o no. Massa no vuelve todavía a la escena pública ni muestra las cartas, pero recuerda que no le teme a las internas que dio cuando tocó: contra Juan Manuel De la Sota en 2015 con el sello UNA, y contra Juan Grabois en 2023 bajo Unión por la Patria.

Cristina Kirchner tampoco adelanta nombre propio ni estrategia. Y la eliminación de las PASO puede ser, paradójicamente, su mejor aliada: le evita el riesgo de bendecir un candidato que podría perder la interna y deje expuesta, en números, la pérdida de votos del kirchnerismo sin Cristina candidata. La duda de fondo es si peleará por imponer a un ungido o si volverá a mostrar el pragmatismo de siempre y se subirá al candidato mejor posicionado, venga de donde venga.

Ahí aparece el capítulo Kicillof. Si el nombre que mejor llega es el del gobernador, el apoyo de la dos veces presidenta no será automático ni gratuito. Kicillof deberá hacer una tarea que hasta ahora evita: sentarse a saldar la relación con el kirchnerismo puro y duro, no solo administrarla desde la distancia.

Si el camino elegido es que la interna sea optativa, el resultado más probable no es la ampliación de la participación sino lo contrario: solo se movilizan las minorías intensas, las más comprometidas ideológicamente. Y ahí, aunque el kirchnerismo siga perdiendo caudal propio, la ecuación le resulta favorable. Menos volumen, pero más disciplinado, pesa más cuando el que decide ir a votar es el convencido.

En ese terreno incierto también asoman nombres como Sergio Uñac o Miguel Pichetto que se podrían convertir en bendecidos por Cristina si no hay internas. Reclaman que el mecanismo de disputa exista, más allá de cómo termine diseñado.

Y después aparecen figuras como Jorge Brito. El empresario tiene ganas de jugar, pero hasta acá ponía una condición: solo entraba si hay interna y si esa interna es contra el kirchnerismo. En su entorno le recuerdan un dato incómodo: ese sector nunca le dio pelea a nadie. Por las dudas, Brito construye puentes y habla con todos, sin apurar nada.

Sin esta herramienta, todo se vuelve a evaluar ya que Brito solo hasta acá se mostraba dispuesto a competir si tiene chances reales de ganar, y para eso necesita que haya una interna que disputar. Si no la hay quizás no sea su momento. Su horizonte no es solo la elección general, sino también un eventual balotaje, donde lo que no puede permitirse es que la derecha de Mauricio Macri o los restos de Juntos por el Cambio se vuelvan a alinear con Milei. Por eso habla con peronistas pero también con la derecha que está del otro lado.

Hace unos meses, cuando le preguntaban si podía ser candidato, Brito respondía que no. Hoy no responde. Y en política, ese silencio suele traducirse en una sola palabra: sí, hay posibilidades. Lo que no negocia es el todo o nada: no aceptaría una senaduría ni la gobernación de Salta como premio consuelo. Antes de mover una ficha más necesita saber cuáles van a ser, finalmente, las reglas del juego.

Hasta acá en el peronismo cada uno juega su partido. El reglamento final que se está reescribiendo puede mostrar aún más peleas de vestuario. La pregunta es si finalmente saldrán a la cancha todos juntos.

Familia Roman 03072026