Rincón
Arrancamos el día con mis amigas Mimi y Naty, tomando mate al sol. Estamos en Rincón, un pueblito del siglo XVI, cerca de la ciudad de Santa Fe. La mañana está espectacular, el cielo “es una losa celeste”, como dice un verso de Fer Callero. Nombramos mucho a Callero estos días que pasé un poco en Paraná y otro poco acá en Rincón, también lo leemos mañana cuando estemos de nuevo al sol, esperando que el Javi nos traiga la olla de spatzle con goulash de cordero. Pero eso será mañana, domingo. Hoy es sábado y las tres nos asoleamos y los ruidos de la ruta que pasa al lado se pierden entre los cantos de los pájaros y las cotorras que pasan acá arriba de nuestras cabezas.
Cuando ya hemos tomado suficiente mate (se puede llegar a “suficiente”, nunca es demasiado mate), nos metemos por las calles arenosas. Contrastan casas nuevas con casas pobres: una tiene en una ventana a la que le falta un vidrio, el póster de un actor o un músico o un jugador de fútbol, no sé, no llego a distinguir la cara, y me hace acordar a un remiendo así que tenía la casa de mi abuelo Jorge. Las ropas y las sábanas de colores chillones se mueven en los tendederos como acróbatas del aire (¿era Kafka eso? También había un acróbata del hambre o sólo era ese…). Todas las mujeres, seguro fueron ellas, aprovecharon para lavar ropa, porque es sábado y porque no puede haber más sol que este, no se le puede pedir más al día. Los perros echados a la orilla de la calle deben pensar lo mismo, con los ojos entrecerrados, los pelos hirviendo.
Cuando llegamos a la principal nos topamos con un caserón que parece un museo o una biblioteca por su tamaño, ocupa media manzana más o menos. La llaman “la casa Beney”, su dueño original era un ingeniero bioquímico de La Forestal. Pasamos por la biblioteca, que está cerrada pero tiene un jardín precioso con aljibe que espiamos desde la vereda y entramos al museo. En la puerta hay un perrito muy simpático, blanco con manchas negras y nos acompaña moviendo la cola. Se asoma una de las trabajadoras del museo y dice que el perro es de ahí y que miremos tranquila, que cualquier cosa ella andará por allá.
La plaza a mediodía está desierta, la gente pasa en sus motitos y bicis rumbo a casa para el almuerzo. Nosotras comemos empanadas de pescado.
Nos pasan a buscar Julieta y Mariela para ir al arroyo Ubajay. Hay un silencio tan grande al borde del agua que casi se escucha el sonido de una isla de camalotes que pasa, rauda, abriendo un pequeño surco en la superficie. Hasta que llega un grupo de tipos que estaban jugando al fútbol y empiezan a hablar a los gritos, queriendo hacerse notar y lográndolo aunque no por las razones que esperan. Subimos de nuevo al auto y tomamos el Camino Real y pasamos por la casa de Fernando Birri, ahora centro cultural.
Va cayendo la tarde y en lo de Birri hacemos el traspaso, se van Juli y Marie, y llega Cele que nos pasea por la playita de Rincón y nos lleva hasta la vieja acería abandonada. Y es de noche y las luces de la barriada pobre que rodea el centro del pueblo titilan como luciérnagas… ya es hora de tomar unos lisos.
Mientras vamos al bar, pasamos por el costado del cementerio. Cele nos cuenta la historia de El Embolsadito, un milagrero cuyos restos inauguraron este cementerio. Un marinero francés que fue asesinado, descuartizado y metido en una bolsa de arpillera, colgada de un árbol a orillas del río Colastiné. Bolsas y miembros nos suena tristemente conocido. Al otro día, el domingo por la tarde, alguien iba a encontrar el cuerpo de una mujer en una bolsa de consorcio en un basural al norte de la ciudad de Santa Fe.